The South Carolina Modern
Language Review
Volume 2, Number 1
Los demonios de la
nostalgia:
La mitificación de los
orígenes en El amor en los tiempos del
cólera
y Los años con Laura Díaz
Cuando Mario Vargas Llosa publicó su libro titulado García Márquez: Historia de un deicidio en 1971 sobre el papel de los demonios del escritor en la creación literaria en general, y en la de Gabriel García Márquez en particular, se refirió a los demonios que él detectaba en la obra de García Márquez hasta la publicación de Cien años de soledad en 1967. Desde entonces el Nobel ha publicado más cuentos, reportajes y novelas. En este trabajo usaré su novela El amor en los tiempos del cólera, de 1985, para detectar demonios más recientes que acechan al escritor colombiano a medida que envejece. Paralelamente, abordaré también la reciente novela de Carlos Fuentes, Los años con Laura Díaz, de 1999, para referirme a demonios similares que también acechan al escritor mexicano. García Márquez y Fuentes son ya escritores septuagenarios que, asediados por la nostalgia, han vuelto a sus orígenes en estas novelas.
El hecho de volver a los
orígenes parecería ser sólo un aspecto biográfico. Sin embargo, ambos autores
en ambas novelas han convertido sus orígenes en mitos y, al hacerlo, han ido
más allá de lo biográfico para entrar en el ámbito de la creación literaria. En
este proceso mitificador han recreado lugares predilectos, sagas familiares, y
tipos humanos para describir nostálgicamente sus orígenes revelando así
obsesiones queridas o demonios personales asociados con la nostalgia del pasado.
Estos aparecen articulados en forma de mitos. “For the myth,” en las palabras
de Thomas Mann, “is the timeless schema, the . . . formula into which life
flows when it reproduces its traits out of the unconscious” (371). Más
específicamente, como en este caso se trata de mitos literarios, este trabajo
se conforma a la idea de André Dabezies, según el cual, “In literary creation the
myth has a role in the relationship of writers to their own time and audience:
writers express their experience . . . through symbolic images, which may echo
a myth that is . . . recognized by
their audience . . .” (962).
En ambos autores, el proceso mitificador comienza con lugares íntimamente ligados a sus vidas o familias y, por lo tanto, recordados con afecto. En el caso de García Márquez en El amor en los tiempos del cólera, el locus es Cartagena de Indias en el Caribe colombiano. Aunque ésta no es la ciudad natal del escritor, es una de las ciudades más antiguas y legendarias de Colombia. En ella, él perteneció por primera vez a un grupo intelectual (antes del Grupo de Barranquilla), allí dio sus primeros pasos como periodista, y allí tuvo al mentor que más iría a influenciar su prosa, Clemente Manuel Zabala (Saldívar 197, 199). En el caso de Fuentes en Los años con Laura Díaz, el lugar no es Panamá, donde el autor en realidad nació, sino la hacienda familiar de Catemaco, cerca de Xalapa, y Veracruz, en México, lugares donde sus bisabuelos y abuelos sentaron reales e hicieron fortuna cultivando café (599, 600).
García Márquez inicia el proceso mitificador indirectamente. Sitúa a Cartagena en el pasado, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, y se vale de las festividades que habían sido organizadas para celebrar la llegada del nuevo siglo. Entre las grandes atracciones estaba el globo aerostático, y el escritor convierte a los principales personajes de la novela, el doctor Juvenal Urbino y Fermina Daza, en los protagonistas de una experiencia extraordinaria, el primer viaje en globo. A través de ellos y del narrador omnisciente, los lectores comparten el panorama que los pasajeros contemplan desde el globo. Éste es nada menos que una visión surrealista y mítica de Cartagena. Según el narrador, los pasajeros
Desde el cielo . . . vieron las ruinas de la muy antigua y heroica ciudad de Cartagena de Indias, la más bella del mundo, abandonada de sus pobladores por el pánico del cólera, después de haber resistido a toda clase de asedios de ingleses y tropelías de bucaneros durante tres siglos. Vieron las murallas intactas, la maleza de las calles, las fortificaciones devoradas por las trinitarias, los palacios de mármoles y altares de oro con sus virreyes podridos de peste dentro de las armaduras. (310)
A esta ciudad, agrega el
narrador, “no le había ocurrido nada en cuatro siglos, salvo el envejecer
despacio entre laureles marchitos . . .” (28).
Carlos Fuentes, por su parte, usa a Laura Díaz, el personaje central de su novela, para comenzar el proceso mitificador de La Peregrina, la hacienda cafetera de los Kelsen, sus bisabuelos ancestrales. La época es también el fin del siglo XIX y comienzos del XX, y el acontecimiento extraordinario es la muerte de la matriarca Cósima Reiter, esposa de Felipe Kelsen. El proceso mitificador comienza con una visión surrealista de Leticia, hija de Cósima y madre de Laura, quien ve un cuervo blanco sobre la tumba abierta de la matriarca. Inmediatamente, Laura, una niña entonces, “como si obedeciera una orden de su abuela materna,” cuenta el narrador, “salió corriendo siguiendo al pájaro blanco, sintiendo que ella misma podía volar” (47), y agrega el narrador: “Es el día en que la niña se dio cuenta de dónde estaba, de dónde venía . . .” (48), es decir, de sus orígenes. A medida que corría, Laura se internaba en la hacienda y en la selva por donde la niña “siguió al cuervo blanco más allá de los límites conocidos . . .” (48) hasta que, de pronto, se vio enfrente de una estatua emblemática, totémica: “Cubierta de lana, una gigantesca figura femenina miraba a la eternidad, aderezada con cinturones de caracol y serpiente, tocada con una corona teñida de verde por la selva mimética. Adornada de collares y anillos y aretes . . .” (48, 49). El nexo que el narrador establece entre esta estatua y los orígenes de Laura Díaz provee un contexto etnogónico americano a la saga familiar de los Kelsen alemanes.
En ambos casos, tanto García
Márquez como Fuentes añaden elementos creativos a la realidad objetiva para
mitificarla. García Márquez reconstruye las murallas de Cartagena, despoja a la
ciudad de sus habitantes, y la puebla con virreyes muertos. Fuentes, por su
parte, mitifica su herencia al decir que la niña Laura entendió “dónde estaba,
de dónde venía . . .” (48) cuando descubrió la estatua enjoyada en medio de la
selva en La Peregrina.
Otro paso del proceso
mitificador consiste en la transformación de la casa familiar. Si consideramos
la ciudad de Cartagena o la hacienda La Peregrina como el macrocosmos
habitable, entonces la casa familiar es el microcosmos. Como tal, ésta está muy
íntimamente vinculada a los orígenes. A ella también llega el proceso de
transformación mítica.
García Márquez se vale del prototipo residencial tradicional de la familia de clase alta del Caribe colombiano a fines del siglo XIX y comienzos del XX. El doctor Urbino y Fermina construyen su casa en el barrio de La Manga que por aquella época era el nuevo suburbio de Cartagena. Según el narrador, era una de esas “casas . . . escondidas entre jardines frondosos, con terrazas de mosaicos . . .” (316). La importancia de esta casa en la novela aparece clara en las continuas referencias a ella y en el lujo de detalles en los que el narrador se detiene con placer. A tal punto llega la descripción de la casa que para el lector es imposible entender a los personajes principales separados de ella. Así, la casa
era grande y fresca, de una sola planta, con un pórtico de columnas dóricas en la terraza exterior. . . El piso estaba cubierto de baldosas ajedrezadas, blancas y negras, desde la puerta de entrada hasta la cocina . . . La sala era amplia, de cielos muy altos como toda la casa, con seis ventanas de cuerpo entero sobre la calle, y estaba separada del comedor por una puerta vidriera, enorme e historiada, con ramazones de vides y racimos y doncellas seducidas por caramillos de faunos de una floresta de bronce. Los muebles de recibo, hasta el reloj de péndulo de la sala que tenía la presencia de un sentinela vivo, eran todos originales ingleses . . . y las lámparas colgadas eran de lágrimas de cristal de roca, y había por todas partes jarrones y floreros de Sevres y estatuillas de idilios paganos en alabastro . . . En los dormitorios, además de las camas, había espléndidas hamacas . . . con el nombre del dueño bordado en letras góticas con hilos de seda y flecos de colores en las orillas. (30, 31)
Como si estos detalles no bastaran, se lee que había, además, una sala
de música, alfombras turcas, la biblioteca, y un piano (31). La biblioteca era
un espacio solemne que servía de santuario al doctor Urbino; en ella había un
escritorio de nogal, poltronas de cuero, anaqueles de vidrio, y “tres mil
libros idénticos empastados en piel de becerro y con . . . iniciales doradas .
. .” (32). Según el narrador, en esta casa el reloj de péndulo es como “un
sentinela vivo” (30) que vigila la casa desde la sala, especialmente a los
faunos que tocan sus flautas mágicas para seducir doncellas en medio de vides y
ramas de bronce, floreros y jarrones, y estatuas paganas. Al mismo tiempo, las
hamacas han dejado de ser la cama campesina y ostentan letras góticas bordadas
con hilos de seda. La biblioteca, a su vez, no contiene simplemente libros sino
tres mil volúmenes idénticos, forrados de cuero y marcados con letras de oro.
Ésta, entonces, no es una casa ordinaria, sino que ha sido transformada en un
espacio extraordinario con un ambiente mítico.
Carlos Fuentes también convierte la casa ancestral de los Kelsen en un punto focal de la novela al comienzo y al fin de ésta. Se trata de la típica casa colonial española de clima templado, “con sus cuatro costados enjalbejados alrededor del patio central” (582, 583). El recrea el patio interior “cuajado de macetones y geranios” (80) y los diferentes espacios de la casa a su alrededor, desde la sala y el comedor hasta las alcobas y la cocina y la puerta cochera. Cuarenta años después, al final de la novela, cuando Laura Díaz vuelve a la hacienda, encuentra la casa mitificada. Como en un sueño, la mesa siempre está puesta, con su mantel blanco, la mejor vajilla, y los cubiertos y servilletas. Todo está listo para un banquete perpetuo, presidido por el puesto de mesa de la abuela Cósima sobre cuyo plato descansan sus joyas, “una banda de oro, un anillo de zafiro y un anular de perlas . . .” (585). Después de cuarenta años de ausencia, la cama de Laura continúa en orden y hasta la querida muñeca de su infancia reposa eternamente en la almohada. En este espacio mitificado, Laura Díaz encuentra la estabilidad y armonía que no había tenido en sus últimos cincuenta años.
Además de los lugares de sus
afectos, García Márquez y Carlos Fuentes mitifican a dos tipos humanos, el
negro y el mulato, valiéndose de las características que la imaginación popular
les ha atribuido. Según Luis Cencillo, ésta es “la colectivización tradicional
e inconsciente del mito” (14) el cual se nutre de las “imágenes aportadas por
las tradiciones de la etnia” o de las imágenes existentes en la zona geográfica
donde se estableció la etnia (18). En cuanto a El amor en los tiempos del cólera, la zona geográfica es el Caribe
colombiano, y en cuanto a Los años con
Laura Díaz, el Golfo de México.
García Márquez se vale del
legendario encanto erótico de las mulatas. Crea entonces el personaje de
Bárbara Lynch, una mulata de veintiocho años ( 331) que, según el narrador, “es
de una belleza interminable” (332), tiene un “vaho de floresta yacente” (337),
“un sexo más definido que el del resto de los humanos” (330), “muslos de
sirena” (332), y su “piel a fuego lento” (332) es “del mismo color y la misma
naturaleza tierna de la melaza . . .” (330).
Los poderes eróticos de Bárbara son tales que son los únicos que
consiguen desbaratar el mundo ordenado y rutinario del muy atildado y
conservador doctor Juvenal Urbino después de “treinta años de paz conyugal . .
.” (339). Bárbara Lynch termina seduciéndolo, transtornándolo, y volteándolo al
derecho y al revés. Su relación con ella es la culpable de la ruptura temporal
de su matrimonio ejemplar con Fermina
por “casi dos años” (323).
Fuentes, a su vez, crea el personaje del negro
Zampayita y lo caracteriza como el servidor perpetuo y fiel de la familia
Kelsen. Además de ser el criado de confianza, Zampayita nunca tiene problemas,
es la alegría de la casa, trabaja cantando (209), y baila hasta con la escoba
(206). Nada le molesta, nunca se enferma, y vive feliz con su suerte. El abre
el portón (99) y el zaguán (206), riega “las macetas en los corredores” (63), lleva
la comida (105), e inventa bailes y canciones (165). Su lealtad es tan
acendrada que obedece sin protestar a las hermanas Kelsen cuando éstas,
cansadas ya de vivir, deciden suicidarse juntas y le piden que las interne en
la selva y las abandone allá (245). El
único percance que Zampayita padece le ocurre sólo al final de su vida cuando
lo matan a cuchilladas en un prostíbulo (245).
Sin embargo, es posible dudar que éste sea realmente el fin de su vida.
Se puede decir que, más adelante en la novela,
Fuentes continúa el proceso mitificador de Zampayita al reencarnarlo en
otro negro bailador llamado Matías Matadamas a quien el narrador describe como
un “viejecillo color azul polvo” (581) que baila el danzón con quien quiera
bailar en la plaza de Veracruz (580, 581). Con él, Laura Díaz baila por última
vez.
En un marco de referencia más amplio, cabe mencionar
que los procesos mitificadores que se observan en estas novelas son sólo los
ejemplos más recientes de estos dos grandes escritores. Anteriormente, García
Márquez había creado todo un macrocosmos mítico americano en Cien años de soledad que, por su
envergadura, no se presta para detallarlo aquí. Un caso más asequible y
doméstico aparece en Crónica de una
muerte anunciada en donde el escritor se valió del recurso narrativo de la
enumeración para mitificar una bala que se disparó en la casa del padre de
Santiago Nasar (12). A medida que la bala avanzaba, García Márquez fue
cambiando su naturaleza al añadirle, enumerándolas, propiedades que, en
combinación, la mitificaron. Ésta no sólo destruyó un armario sino que atravesó
después una pared, pasó por la casa vecina, cruzó la plaza del pueblo, y
terminó entrando en la iglesia principal, destruyendo un santo en el altar
mayor. Durante su trayectoria, la bala se transformó en un objeto mítico
Antes de Los años con Laura Díaz, Carlos Fuentes
también había expresado su predilección por los mitos. En Terra nostra había creado ya un vasto macrocosmos mítico imbuido de
la épica ibera, americana e iberoamericana, imposible de comentar en pocas
palabras. Un caso más específico aparece en su libro de cuentos, Los días enmascarados, en el cual
Fuentes se valió también del recurso narrativo de la enumeración para
mitificar. Lo usó en el cuento “Chac Mool” (9-19) cuya estatua el autor
transformó, irónicamente, en Filiberto, su dueño, dando así vida al propio
mito. En un proceso de enumeración sostenido a lo largo del cuento, Chac fue
adquiriendo poco a poco la piel, los ojos, la sonrisa y los lamentos humanos
hasta suplantar, al final, a su dueño, poniéndose su ropa y tomando posesión de
su casa.
En conclusión, en El amor en los tiempos del cólera y Los años con Laura Díaz García Márquez y Fuentes han decidido usar
sus mejores recursos, la creación novelística, para recrear sus orígenes y
eternizarlos en forma de mitos. En
estas dos novelas, los lugares ancestrales, Cartagena y la hacienda La
Peregrina, con su carga histórica y legendaria, sirven como macrocosmos para
enmarcar el microcosmos doméstico, las casas familiares. Además, ambos
escritores se valen también de estereotipos mitificados por la imaginación
colectiva, los del negro y del mulato.
En este proceso mitificador, García Márquez se remontó al locus donde comenzó su vida como
periodista, y Fuentes al locus donde
comenzó su saga familiar. Al añadir los recursos novelísticos a los hechos
históricos, ambos escritores han enmarcado sus orígenes en el ámbito mítico.
Obras citadas
Cencillo, Luis. Los
mitos, sus mundos y su verdad.
Madrid: BAC, 1998.
Dabezies, André. “From Primitive Myths to Literary
Myths.” Ed. Pierre Brunel. Companion
to Literary Myths, Heroes and Archetypes. London: Routledge, 1988.
Fuentes,
Carlos. Los años con Laura Díaz.
México, D. F.: Alfaguara, 1999.
Fuentes,
Carlos. Los días enmascarados.
Madrid: Mondadori España, S. A., 1990.
Fuentes,
Carlos. Terra nostra. México, D. F.:
Editorial Joaquín Mortiz, S. A., 1975.
García
Márquez, Gabriel. Cien años de soledad.
Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1967.
García Márquez, Gabriel. Crónica de una muerte anunciada. Bogotá: Editorial La Oveja Negra, 1981.
Mann, Thomas. “Freud and the Future.” Ed. Henry A.
Murray. Myth and Mythmaking. Boston: Beacon Press, 1960.
Saldívar, Dasso.
García Márquez: El viaje a la semilla. Buenos Aires: Alfaguara, 1997.
Vargas Llosa, Mario. García Márquez: Historia de un deicidio. Barcelona-Caracas: Monte Ávila Editores, C. A., 1971.