The South Carolina Modern Language Review


Volume 3, Number 1

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El discurso feminista de Ángeles Mastretta en Mal de amores

 

by Carlos M. Coria-Sánchez

The University of North Carolina at Charlotte

 

 

 

            Ya se ha mencionado antes, en estudios críticos sobre la obra de Ángeles Mastretta, que no es posible dejar de percibir que la mayoría de sus personajes femeninos son mujeres situadas durante las épocas revolucionarias y posrevolucionarias en México.  Mujeres que han roto las barreras sociales impuestas por el orden patriarcal, y que han luchado por encontrarse y ser quienes decidan su propio destino.  Como lo hiciera antes con Arráncame la vida, la autora, nuevamente, crea un diálogo entre su penúltima obra, Mal de amores (1996), y el movimiento feminista de los setenta y ochenta en México.  La revista feminista FEM y su discurso de liberación de la mujer, durante la década de los setenta, principalmente, son un estímulo para articular el diálogo que existe entre la revsita y Ángeles Mastretta.  Este análisis se encargará de mostrar la forma en que la autora lleva a cabo dicho diálogo.

            La década de los setenta es de una intensa actividad social y política para las mujeres mexicanas.  La crisis económica que arrastraba el país desde la década anterior provocó que se diera una "insurgencia sindical" donde las mujeres fueron protagonistas.  La huelga de "Medalla de oro", fábrica de ropa, en 1971; la de Spicer (empresa transnacional), en 1975; la de trabajadores universitarios en 1977; la huelga de muebles de acero DM Nacional en 1978; y la huelga nacional de operadoras en 1979, fueron algunas de las que más trascendencia alcanzaron en el país (Trabajo y democracia hoy 66-76).

            Asimismo, la presencia de las mujeres en movimientos sociales y políticos siempre fue vital.  El Movimiento Urbano Popular en 1973 en la ciudad de Monterrey; el de las vendedoras ambulantes de 1973 en el D.F.; la lucha por reformas al artículo 123 de la Constitución en 1974; la lucha de las trabajadoras del sindicato de la UNAM en 1976; el de las mujeres telefonistas también en 1976; y la lucha de las mujeres por democracia en el Hospital General en 1978, son movimientos en los que las mujeres participaron activamente (Trabajo y democracia hoy 68-74).

            Es, en gran parte, bajo esta febril actividad que nace FEM en 1976, y en la que toman parte un gran número de mujeres comprometidas con la lucha por mejoras económicas, políticas y sociales para la mujer mexicana en general y sus familias.  FEM reúne a un numeroso grupo de mujeres profesionales y escritoras que se dan a la tarea de contextualizar los problemas -pasados y presentes- que afectan a la mujer mexicana.  Gracias a muchas de estas mujeres, Ángeles Mastretta entre ellas, FEM llegaría a ser la revista feminista más importante durante la década de 1976 a 1987.  FEM es de importancia vital en el contexto de este estudio, pues su discurso feminista encuentra eco en la narrativa de Ángeles Mastretta quien, como veremos, señala y refleja en Mal de amores situaciones de opresión que vive la mujer mexicana. 

            De esta forma, el movimiento feminista que resurge en México en los setenta y ochenta, contextualiza y proyecta, a través de FEM, la problemática de la mujer.  La revista problematiza estructuras institucionalizadas opresoras tales como la educación: FEM denuncia sus deficiencias y la falta de capacitación de la mujer, que conlleva a una manipulación y condicionamiento social de ésta.   Esta situación que se ha visto a través de la historia, no brinda verdaderas oportunidades a las mujeres para participar en la vida del país.  El discurso feminista señala que la falta de educación precipita la inmigración de mujeres campesinas pobres a las ciudades en busca de trabajo.  También, se critica la pobreza en que está sumida la mujer campesina quien es vista con desprecio y quien sufre de abusos físicos y mentales, pues es cierto que la inmigración de estas mujeres, a los grandes centros urbanos, no garantiza que su situación económica mejorará.  Considerando que su preparación escolar es muy baja y por esta razón tiene que realizar trabajos mal remunerados, la mujer campesina pobre enfrenta situaciones de miseria desesperante en los grandes municipios adyacentes a las grandes ciudades, como el D.F. en este caso.  Otras de esas estructuras institucionalizadas de gran importancia que denuncia abiertamente FEM, son la falta de educación y la represión sexual, junto con problemas como el matrimonio y la maternidad, a fin de crear una concientización entre mujeres y hombres por igual, que luchen por erradicar el sentido opresivo que se les han asignado a través de la historia.

            Ángeles Mastretta es parte vigorosa de la actividad feminista que se da en México durante los setenta y ochenta, y no sería absurdo suponer que su siguiente comentario pudiera aplicarse también a su obra en general.   Mastretta admite que tal vez, como miembro del Consejo Editorial de FEM,  “las tesis de la revista y de quienes en ella trabajaban pesaron en mi ánimo al escribir no sólo la novela [Arráncame la vida ] sino los artículos de opinión que hacía a diario para un periódico... (Coria-Sánchez, 102).  Así, tenemos que Ángeles Mastretta no puede escapar al signo de los tiempos, los cuales son de una ardua actividad del movimiento feminista en México, y la autora va a señalar, más tarde, dentro de su narrativa, todos estos temas que sufre la mujer mexicana y que denuncia el pensamiento feminista mexicano.  Lo hace de una forma tradicional, es decir, el mismo discurso asume una posición problematizadora de las dificultades a que se enfrenta la mujer y finalmente Mastretta, a través de sus personajes, contextualiza las situaciones opresivas de la mujer mexicana a la vez que brinda una subversión de estas.

FEM, pues, a través de su discurso, problematiza asuntos institucionalizados tales como la violencia, el trabajo, la salud, la represión sexual, etc, que no se denunciaban, que se mantenían ocultos.  Desde el principio, FEM se declara feminista y denuncia el sistema patriarcal opresor bajo el que ha vivido la mujer mexicana a través de la historia y que la ha mantenido subyugada, inactiva y callada en la vida del país.  Ya desde el primer número en 1976 la revista anunciaba que:

 

FEM se propone señalar desde diferentes ángulos lo que puede y debe cambiar en la condición social de las mujeres; invita al análisis y la reflexión. No queremos disociar la investigación de la lucha y consideramos importante apoyarnos en datos verificados y racionales y en argumentos que no sean sólo emotivos. FEM pretende ir reconstruyendo una historia del feminismo, para muchas desconocida, e informar sobre lo que en este campo sucede hoy en el mundo y, particularmente, sobre lo que pasa en México y en América Latina. (3)

 

            FEM nace desde un inico como una tribuna pública para la mujer oprimida y abre sus páginas a todas las mujeres que deseen escribir, denunciar y participar en el cambio de la situación de las mujeres mexicanas.  Como parte de su nueva base estructural, FEM estudia y analiza los movimientos feministas anteriores para que sirvieran como ejemplos y se evitaran errores y estructuras caducas.  FEM, con lo anterior, hace exactamente lo que Rosario Castellanos pone en boca de Elvira, uno de sus personajes en Álbum de familia: "con las nuevas generaciones [...] es conveniente que se acerquen a sus antepasados para que, al menos, sepan cuál es la herencia que van a recibir" (101).  FEM se convierte en un foro desde el cual la voz de la mujer se escucha y exige su libertad y el respeto a sus derechos civiles, socio-económicos y políticos, así como la abolición de aquellos problemas institucionalizados para que sus condiciones de vida mejoren y se dé un paso hacia la igualdad con el hombre. Francesca Gargallo apunta con respecto a FEM que:

 

El colectivo de FEM pretendía publicar información y ensayo (entendido como sinónimo de "teoría" como laboratorio de asimilación-devolución) y dar cabida a la creación literaria de las mujeres que escribían con sentido feminista, contribuyendo con su obra al reconocimiento de ese nuevo ser libre, independiente, productivo, tal y como empieza a manifestarse la mujer de hoy y será sin duda la mujer de mañana. (88)

 

            FEM, al declararse feminista, expresaba que las mujeres no deseaban apropiarse del discurso masculino en cuanto a opresor, sino luchar por un cambio en la actitud de los hombres que se reflejara en respeto a los derechos de las mujeres.  En algún momento la revista fue acusada de elitista, pues era leída en su mayoría por mujeres de clase media con estudios universitarios, pero como Elena Urrutia misma lo explicó, "sin embargo, la revista ha logrado despertar conciencia de su situación marginada en mujeres que vivían un malestar, una inconformidad, sin tener una idea clara de cuáles podían ser sus causas" (11).  Y aunque no ha sido ni la primera ni la única, FEM sí se convertía en un espacio público de vital importancia para el desarrollo del feminismo en México.  Francesca Gargallo, nuevamente, señala a este propósito: “FEM no fue el primer espacio en que las mujeres mexicanas pudieron publicar sus investigaciones, pero sí en el que pudieron expresar sus ensayos de autopercepción... FEM adquirió su renombre, su prestigio como instrumento de concientización y aprendizaje, porque se ofreció a todas las reflexiones femeninas...” (90).   Como mencioné antes, FEM, durante los años 1976-1987, problematiza y contextualiza la situación de la mujer mexicana y proyecta el discurso del movimiento feminista en México que se refleja, años después, en la obra de Ángeles Mastretta.        

            Mal de amores es el cuarto libro y segunda novela de Mastretta, la cual la hizo merecedora del premio Rómulo Gallegos en 1997.  Esta es la primera vez, en la historia del premio, que ha sido otorgado a una mujer. Anteriormente lo habían obtenido escritores como Fernando del Paso, Javier Marías, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, entre otros.  En esta novela la historia se refiere a una mujer enamorada de dos hombres, hecho que a partir de este momento, ya subvierte la concepción que se tiene de que esto solamente le sucede a los hombres.  Con Mal de amores, indica acertadamente María Elena de Valdés, Mastretta "continues her development of women in Mexico's recent past as centers of consciousness, as subversive of the social codes and fiercely independent" (235).

            Es decir, como mencionaba Mastretta en su entrevista con Mauricio Carrera, si esta historia le sucediera a un hombre no sería de interés para nadie pues hasta cierto punto resulta más común encontrar situaciones, reales o ficticias, en las que un hombre ama a dos mujeres (3).  Y en efecto, en este caso, vemos que la personaje principal, Emilia Sauri, lucha sutilmente contra unas reglas sociales que la atan y la obligan a vivir sin trasponer lo establecido por la sociedad y así lo asegura la misma autora: “Sí, la actitud de Emilia en Mal de amores es subversiva” (Coria-Sánchez, 102).   Esta actitud de amar a dos hombres es una subversión que Emilia asume, desde su propia óptica, no para confrontar a nadie abiertamente, sino para estar bien consigo misma. Emilia, dice Mastretta a Carrera, busca la forma de ser leal con ella misma pero se siente aprisionada, atormentada, por no poder elegir entre estos dos amores distintos a la vez que liberadores (3).  Como se ha señalado antes, y al igual que en su primera novela Arráncame la vida, las mujeres de Mal de amores están ubicadas en el pasado, son mujeres anacrónicas de gran fortaleza anímica.  Barbara Mujica señala que en Mal de amores “the female protagonists -Josefa and Milagros Veytia and Emilia Sauri-are extraordinarily strong and independent women who are lucky enough to live surrounded by men who understand and accept them” (38).

            Es posible asegurar, entonces, que de la obra de Mastretta se desprende una clara evolución en su tratamiento de la problemática feminista; de la reflexión teórica ensayística, a la creación de personajes que, cada una en su medida, buscan una liberación personal.  Las mujeres en la obra de Mastretta tienen reflexiones políticas y sociales que están ligadas a los mismos problemas que enfrentan las mujeres en el presente.  Tal vez esta actitud feminista sea más reconocible en algunos textos que en otros y en este sentido adquieren especial relevancia las siguientes palabras de la autora con respecto a su obra en general: “Los personajes de mis libros pueden parecer anacrónicos, pueden parecer mujeres feministas de los años setenta y ochenta trasladadas a un contexto revolucionario y posrevolucionario... son en realidad mujeres pioneras, fundadoras, precursoras” (Coria-Sánchez, 102).

            Según han destacado los estudios feministas, la opresión de la mujer se da de formas distintas, pero bajo una constante: la mujer es reprimida, condicionada y manipulada desde pequeña.  La educación que reciben las mujeres es un problema de vital importancia para el discurso feminista de FEM lo mismo que para Ángeles Mastretta.  Alba Guzmán señalaba en 1978, problematizando esta situación, que "es la escuela la encargada de legitimizar ciertos aprendizajes establecidos como válidos para cierto tipo de reconocimiento social" (7). 

            Mastretta, en su obra, es tajante en su posición en contra de este tipo de educación condicionante y enajenante.  Así, Diego Sauri, al observar el embarazo de Josefa, su esposa, “afirmó siempre que dentro guardaba los ambiciosos sueños de una niña”, y le dice a Josefa, al hablarle sobre la educación que recibirá su hija, que: “la criatura sería una niña y la llamarían Emilia para honrar a Rousseau y hacerla una mujer inteligente” (20).  Al continuar sobre el tipo de educación libre y natural que Diego desea para la niña, dice sobre la escuela a la que asistirá Emilia: "Todo menos meter a la niña con las monjas.  Ahí lo único que le enseñarían son rezos y de lo que se trata es de formar una criatura que se entienda con las antinomias del mundo moderno" (58).  Precisamente porque la gente alrededor de Emilia se preocupa porque ésta reciba una educación libre de condicionamientos sociales, es que Milagros, su tía, la conmina a buscar respuestas inteligentes a sus reacciones: 

 

-Ay tía –contestó Emilia encogiéndose de hombros

-Ay tía. ¿Qué respuesta es esa? Nunca des respuestas así. Es mejor callarse cuando no sabe uno qué decir (81).

 

La autora refleja de este modo el pensamiento que FEM, en su momento, denunció como una manipulación que el sistema usa para mantener las estructuras opresivas en la mujer.  Pues como señala con acierto Alba Guzmán, "será en la casa, escuela, calle, donde el niño y la niña aprenderán a tener un comportamiento de acuerdo al que exige la sociedad," es decir, "la niña aprenderá a ser pasiva y el niño activo" (7).    Mastretta, en un ensayo para la revista NEXOS en 1987, se declara abiertamente en contra de la educación enajenante que reciben las mujeres.  Señalaba sobre lo que podría representar un verdadero triunfo para ellas: "Triunfo sería educar a nuestras hijas de otro modo, respetándoles la frescura, las emociones, el valor, la fantasías, la certidumbre primera de que no son distintas ni mucho menos inferiores a los hombres" (7).

            El discurso feminista señala, a través de María Jesús Izquierdo, que dentro de nuestra cultura y debido a presiones sociales de todo tipo, aprendemos [las mujeres] que al asignarnos un sexo debemos comportarnos y tomar el lugar que corresponde a dicho sexo de acuerdo a los cánones establecidos por la sociedad que ha creado los valores culturales (6-10). 

            Mastretta opta por la presentación tangible, y acentúa y contextualiza esta manipulación y represión social que tenazmente enseña a la mujer a tomar su lugar en la sociedad.  La autora, a través de Milagros Vieyra, subvierte la idea del conocimiento ingénito en las mujeres para las labores del hogar: "Detestaba los trabajos que la costumbre les había dado a las mujeres, le parecían suertes menores en las que miles de talentos mayores dejaban el ímpetu que debía ponerse en cosas más útiles" (70).   Al discutir con Josefa sobre estas tareas del hogar, la misma Milagros señala, "lo que no me parece es que Emilia vea tu actitud como algo ineludible y natural" (71).  A la misma Milagros “no le gustaban los desmayos ni transigía con las mujeres que palidecen y se atontan “ (138), ante ciertas situaciones.  Más adelante, vemos que "Milagros nunca aprendió a litigar con la cocina y le parecía ridículo fingir que a su edad podría interesarse por algo que consideraba tan etéreo" (216).  Así mismo, otros de los personajes en la obra de Mastretta se salen de los parámetros condicionantes, que les dicta la sociedad, de diferentes maneras.  Diego Sauri desea que su hija Emilia viaje y sea independiente.  Josefa le acusa: "La estamos haciendo una niña rara [...] soy como las demás responde Emilia, sólo que ustedes son más raros que otros padres" (69).

            Sin lugar a dudas, dentro de las distintas maneras de opresión social que sufre la mujer, la de tipo sexual se acentúa fuertemente.  FEM había ya destacado que las diferencias entre un niño y una niña se marcan desde temprano, siendo las de tipo sexual las que más atención reciben, pues es cierto que desde pequeños a todos se les prohibe tocarse o divertirse con sus partes privadas.  Los padres, al tener el papel más importante aquí, reaccionan en forma negativa al impulso natural de los niños que, al descubrirlos, se tocan y juegan con sus órganos genitales.  Más tarde, la relación entre madres e hijas se convierte en una de falta de comunicación, donde tradicionalmente el diálogo y la educación sexual no existen.  Como fruto de esta relación observamos que en realidad las madres actúan con sus hijas en la misma forma en que las suyas actuaron con ellas, creando así un círculo de opresión del que es difícil de escapar.  Arcelia Vilchis secunda esta idea y añade que efectivamente, las madres reprimen a sus hijas en sus deseos por aprender, por convivir con hombres, por explotar sus capacidades intelectuales y su sexualidad.  Las manipulan y con el pretexto de "tener más experiencia", las guian por el camino que ellas quieren, les niegan su propio espacio e independencia y las oprimen en el hogar (31-2).

            Mastretta machaca, en forma irónica, la ignorancia sexual de la mujer como producto de esta falta de educación.  Así, en una conversación entre Milagros y la madre de Sol, que incia esta última, observamos:

 

-Sol está feliz.

-Está ignorante. ¿Hiciste el favor de explicarle como son las cosas o se va a pegar la sorpresa de su vida? 

-Por supuesto que le expliqué como debe portarse con su familia política.  Sabe disponer como una reina, es elegante y discreta, no habla de más ni pregunta lo que no debe.

-Ni te importa que sea infeliz en la cama [...] pobre criatura. (172)

 

            Más tarde la misma Sol, en una conversación con Emilia, mostraría esta falta de comunicación educativa entre su madre y ella: “Mi madre dice que el matrimonio no es ingrato, pero que hay momentos en que lo mejor es cerrar los ojos y rezar un Ave María. ¿Tú entiendes eso? (173).

            La falta de educación sexual provoca, entonces, que la mujer nunca aprenda a encontrar su propia sexualidad dentro de una relación sexual, pues se le enseña a ser pasiva ya que lleva imbuida la idea de que debe buscar, ante todo, el orgasmo masculino aunque ella quede insatisfecha.  Berta Hiriart y Adriana Ortega apoyan lo anterior al señalar que "el modelo de relación sexual que nos habían enseñado se basaba en la búsqueda del orgasmo masculino y dejaba insatisfechas a la mayoría de las mujeres" (3).  Mastretta rechaza, en Mal de amores, esta concepción sobre la pasividad sexual de la mujer y la contextualiza y la subvierte, a través de la búsqueda por la satisfacción íntima de sus personajes, la cual va más allá de los límites impuestos por el matrimonio.  Emilia disfruta ampliamente de su relación sexual con su pareja: “Emilia hundió su lengua en la boca de Daniel [...] acarició su espalda [...] luego buscó su pecho y del pecho bajó al camino hacia adentro que abría un pantalón colgado al cuerpo enflaquecido de su dueño. Sintió su grupa fuerte y su piel” (211).  Emilia goza plenamente al estar con Daniel, el cual "metía sus dedos en la tibieza del pubis que dormía con Emilia y se lo acariciaba hasta despertarle completo el cuerpo y hacer que de su garganta brotaran como luces las más extraordinarias onomatopeyas" (326).  Pero no solamente Emilia, como mujer, disfruta de su relación con Daniel, del mismo modo Mastretta insiste en que todas las mujeres disfruten de este derecho.  Así, observamos que Diego y Josefa no se inhiben ante el embarazo de esta última para tener relaciones sexuales: “Has estado entrando y saliendo por el camino de la criatura sin ningún respeto durante todo este tiempo... tienes razón, es un paraíso” (21), dice Josefa.

            Al continuar con el problema de la falta de educación sexual para la mujer, Marta Lamas señalaba en FEM que, "lo ‘femenino’, lo ‘normal’, lo socialmente aceptado, lo moral, fue una sexualidad pasiva y sólo dentro del matrimonio" (1977: 7).  Ante esto, el discurso feminista de FEM señala que la dependencia en el matrimonio no le ofrece a las mujeres la oportunidad de vivir solas antes de éste y así perder miedo a la autonomía y a la autoafirmación.  La educación que han recibido las lleva a buscar en el futuro marido la única forma de sobrevivencia económica, emocional y amorosa.   Al hablar sobre esta situación, María Antonieta Torres Arias acusa ya en 1983 que "el contrato matrimonial se constituye de entrada como una matriz productora de una serie de efectos psicológicos, económicos sociales e ideológicos" (4). 

            Marta Lamas, nuevamente, señala con acierto, y con respecto al amor dentro de la institución del matrimonio, que "la palabra amor tiene distinto sentido para uno y otro sexo, de donde surgen los serios inconvenientes que suelen separarlo. Para la mujer el amor es una total sumisión al servicio de su dueño" (1986: 21).  Es entonces, de esta manera, cómo a través de la diferencia que existe en la concepción del amor, que se va a determinar a la mujer como propiedad privada del hombre.  En forma por demás irónica, Mastretta denuncia al matrimonio como un condicionante cuando Emilia señala sobre su amiga Sol: “no creo que haya una novia menos enamorada y más cerca del matrimonio que ella” (122). 

            Esta situación de opresión de la mujer, se convierte en un continuo en la obra de Mastretta.  Así, el que Sol llegara a las 10:15 de la noche a su casa, su padre lo "consideraba un acto de libertinaje que manchaba la honra de su apellido y ponía en riesgo su condición de mujer decente.  Soledad es mi hija y yo mando en ella" (99 subrayado mío), dice categóricamente.  La madre de Sol también decide el destino de su hija, como parte de su propiedad.  Observamos como Mastretta refleja esta situación a través de una conversación entre Emilia y Sol cuando esta última recién acaba de conocer a Salvador Cuenca:

 

-Entonces, ¿qué crees que me pareció?

-El hombre ideal –dijo Emilia.

-Casi –dijo Sol-. Por suerte, tardará tanto en regresar que para entonces estaré casada.

-¿Con quién? –preguntó Emila.

-Con alguno –contestó Sol en el tono que usaba para hablar sobre los inabordable designios de su madre.

-Eso si tu quieres –dijo Milagros Veytia.

-Voy a querer –le contestó Sol, como si adivinara su futuro. (98)

 

Ángeles Mastretta se muestra abiertamente en contra del matrimonio como una institución de opresión de la mujer, y a través de Milagros Vieyra la subvierte.  Vemos que Milagros advierte que Emilia será “una mujer dueña de sí misma” (24) que no dependerá de la presencia de un hombre para sobrevivir.  La misma Milagros  es una mujer emancipada que:  "prefirió negarse al matrimonio antes que abandonar lo que juzgaba el privilegio de vivir como los hombres" (35).  Por su parte, Diego, al discutir con Josefa sobre la actitud liberal de su hija Emilia en cuanto al amor, le dice: "¿Quieres que te diga que tienes razón, que no debimos permitirle a Emilia que quisiera a Daniel sin más trámites?  Este país va a arder en una guerra y la virginidad de las niñas no le preocupará ni a Nuestra Señora de Guadalupe" (157).

            Al continuar más adelante, sobre esta misma situación, el mismo Diego insiste en que "estos son otros tiempos. ¿Qué más podemos pedir para nuestra hija?  Le ha tocado el amor, qué importa si no le tocan el orden y las ceremonias" (148).  El salirse de los cánones establecidos por la sociedad no perturban la vida de Emilia y sus dos amores: "Sólo en ráfagas le había llegado un remordimiento que espantaba en cuanto iba a convertirse en algo parecido a un dolor.  Ninguna razón, ninguna culpa, ningún recuerdo se atrevió a modificar su presente" (369).  El amor verdadero, sin egoismos, ni ataduras, se observa plenamente cuando Rivadeneira paga por la libertad de Milagros “todas las tierras amparadas bajo el nombre de la Hacienda de San Miguel [...] ¿Ceder a Milagros? ¿Él? Ni aunque le escrituraran el país con todo y sus mares” (168-9).

            En su obra, Mastretta explora otro tema de suma importancia, tanto para ella, como para el movimiento feminista mexicano: el trabajo doméstico y las mujeres campesinas.  FEM denuncia ya en 1977, a través de Teresita de Barbieri, la situación opresivas bajo las que viven miles de mujeres mexicanas: el servicio doméstico.  De Barbieri indica, acertadamente, que "el mercado de trabajo para las mujeres va a depender de su educación y ésta del origen de clase" (1977: 68).  El movimiento feminista se preocupó, en su momento, por hacer pública la situación de opresión bajo la que viven las sirvientas y De Barbieri añade de modo más directo: "Las sirvientas son un sector explotado, subsumido, todo compuesto por gente buena, indefensa, que trabaja por un pésimo salario, para permitir el ocio de las mujeres de la burguesía" (1980: 31).  Lourdes Arizpe señalaba igualmente en las páginas de FEM, y al referirse a la marginación que han sufrido las mujeres del campo, que "de la invisibilidad asignada a las mujeres en la historia, quizá las más invisibles de entre las invisibles han sido las campesinas" (4).  No nos cabe la menor duda de que la altanería, la arrogancia y el desprecio con que se le trata a la mujer campesina, se acrecienta con su llegada a los grandes centros urbanos. 

            Podemos asegurar que generalmente la mujer campesina carece de educación o tiene una muy deficiente, ya que su vida se desarrolla en el campo y requiere, por obvias razones, más de un esfuerzo físico que intelectual.  El efecto de esta situación lo observamos al momento en que inmigran a las ciudades grandes como el Distrito Federal, Monterrey, Guadalajara, etc., donde por lo general, y en forma privativa, tiene sólo acceso a los sectores de empleo peor remunerados.

            Mastretta continúa acusando y reflejando vívidamente la situación de la mujer indígena que sufre de falta de recursos económicos.  Emilia Vieyra socorre a una campesina pobre durante un parto y se da cuenta de que "el otro medio era tan pobre que sus mujeres parían solas, como solas habían nacido y solas se quedaban al rato que un hombre les dejaba el recuerdo encajado entre las piernas" (220).    Meses más tarde, al hablar con otra campesina, Emilia se entera que "esa mujer tenía sólo dos años más que ella y no había visto sino abandono y hambre, infamias y maltrato" (221).  Al pensar más detenidamente sobre la vida de esta mujer, Emilia advierte la vida de miseria que ha llevado: “tener veinte años, cinco partos, tres hijos muertos y dos vivos, ningún cónyuge fijo, ninguna casa [...] no parecía entristecerla más de lo que no la entristecía estar chimuela, medir lo que un niño de once años y acarrear por el mundo el sexto embarazo de un hombre que no la conmovió una sola noche” (221).   Tiempo después, al morir esta misma mujer por falta de atención médica oportuna para dar a luz, Emilia "lloró por la amistad que no tuvieron, por la distancia de sus mundos" (223).  Durante una conversación con Dolores Cienfuegos, otra mujer campesina, Emilia sabe que ésta no podía expresarse con claridad, "no porque le faltara inteligencia, sino porque la pobreza le había negado el refinamiento a su lucidez" (250).

            La inmigración de la gente campesina a la ciudad, el D.F. en este caso, siempre ha sido continua por diversas razones, pero comúnmente lo es por cuestiones político-económicas.  La falta de oportunidades en el campo empuja a los campesinos, y sus familias, a una inmigración obligada a los grandes centros urbanos, la cual no garantiza una mejora en su nivel económico.  Allí, los empleos que tradicionalmente les son asignados, si los hay disponibles,  están relacionados con el servicio doméstico dada su falta de preparación escolar.  Mastretta contextualiza en su obra, durante la época del México revolucionario, esta inmigración en la que los campesinos, y en especial las mujeres, se enfrentan en muchas ocasiones a situaciones de extrema pobreza.  Pobreza inhumana que observamos en Mal de amores. 

            La situación extrema de hambre y miseria que encuentran las mujeres campesinas, en las grandes ciudades, muchas veces las lleva a la muerte.  Ángeles Mastretta problematiza y contextualiza llanamente esta situación, por medio de Emilia Sauri, cuando ésta aconseja a Eulalia que,  “descansar y comer bien la ayudaría a vivir más tiempo del que viviría trabajando hasta que su cuerpo, como el de un animal derrotado, no pudiera moverse.  Le pidió que se dejara ayudar, que se estuviera quieta, que no madrugara para la ordeña, ni fuera con su marido a repartir la leche por la ciudad” (319).

Don Refugio, abuelo de Eulalia, dice que ésta no es más que "una muchacha de quince años, enferma y encinta" (317).  Eulalia, les responde Don Refugio a Emilia y Daniel, "fue junto con otras mujeres a asaltar la panadería" (313), pues el hambre y la pobreza la obligan a ello.  El mismo Don Refugio nos informa sobre la muerte de su hija, campesina también, pues señala que desde tiempo atrás "presintió que su hija moriría de tifo" (316).  Emilia va al pueblo de Mixcoac a auscultar a Eulalia y esta última se empeña en esconder los síntomas de su enfermedad.  Le pide a Emilia que solamente "dijera que así la tenía el hambre, total, había tanta hambre y tanta gente con su aspecto que quién iba a imaginarse algo peor" (317); con el mismo sentido de abnegación de la Eulalia de Arráncame la vida, ésta dice: "Si uno se ha de morir, mejor dar la sorpresa que andar fastidiando desde antes" (317).

            Finalmente, Eulalia va a morir víctima del hambre y la pobreza que la han rodeado desde antes de nacer, con la llegada de su madre y su abuelo a la gran ciudad, el D.F.  Pero esta situación la viven miles de campesinas, quienes desde el momento en que sienten los primeros síntomas de sus enfermedades, actúan de la única forma en que se les ha enseñado que deben hacerlo: sin quejarse ni molestar a nadie.  Mastretta, destaca y denuncia lo arraigado de esta dimensión cultural opresora: Emilia, "se acuclilló junto a la mujer que se quejaba tan quedo como aprenden a hacerlo quienes saben de siempre que su deber es no dar molestias" (300).

            Podemos afirmar, que en general, el discurso feminista mexicano sostiene y denuncia que la mujer ha vivido fuera del poder que el sistema patriarcal posee a todos niveles dentro de la sociedad mexicana.  También, se puede destacar que, en efecto, el feminismo como movimiento social emancipador no lucha contra el hombre en sí, sino que se trata de un proceso que busca que mujeres y hombres asuman la situación de opresión que sufre la mujer.  Así, a partir de esta evolución concientizadora, ambos podrán y deberán crear un proceso liberador en el que juntos combatan en favor de la independencia de la mujer.  Patricia Morales señalaba en FEM, en 1987, que la revista se declaraba en favor de un mundo igual entre hombres y mujeres donde la diferencia biológica no signifique desigualdad, y que el movimiento feminista pretende precisamente la abolición de dicha desigualdad. (12-13)

            Ángeles Mastretta contextualiza en su obra y por medio de experiencias reales, la lucha por la liberación de la mujer entablando un diálogo altamente reivindicativo con el pensamiento feminista mexicano.  Mastretta, a través de sus personajes, deshace el mito sobre la diferencia biológica y sexual que impone modos de comportamiento que limitan la libertad de la mujer. 

            Milagros Vieyra, por ejemplo, busca su independencia, la encuentra y la defiende con fervor: “Tenía su libertad como su pasión primera y su arrojo como vicio mejor [...], era lectora como pocas y erudita como ninguno.  Le gustaba desafiar a los hombres con el acervo de sus conocimientos científicos [...], odiaba el bordado pero era una bruja para diseñar sus vestidos [...], era drástica en sus juicios y exigente con los ajenos” (23).

Los personajes de Mastretta son mujeres que se liberan de los roles sexuales impuestos por la sociedad.  Tanto las mujeres como los hombres asumen la situación de opresión que viven las primeras y la abolición de los cánones establecidos es el producto final de una toma de conciencia de ambos.  Los hombres, al abandonar su papel opresor y convertirse en partícipes activos por la liberación de la mujer, las respetan y no las detienen en sus deseos de libertad; Diego “era uno de esos extraños hombres que respetan sin preguntas los designios de la autoridad divina emanada en su mujer” (17), y él mismo “ratificó su certidumbre de que las mujeres eran lo mejor que había en el mundo  (55).   El mismo Diego le dice a Josefa, al hablar sobre Emilia: "Nosotros no tenemos la culpa de que ella quiera un destino y se lo busque" (150).  Daniel sabe que "Emilia era más fuerte que él, más audaz que él, menos ostentosa que él, más necesaria en el mundo que él con todas sus teorías y todas sus batallas" (288).  El mismo Daniel no sabe que hacer ante una Emilia fuerte y decidida, a las puertas de una pulquería: "No te metas Emilia [...] las cantinas no son para mujeres. Claro que me meto" (243), resuelve ésta enérgicamente.  Más tarde, la misma Emilia, consciente de su libertad decide perderlo "antes que seguirlo sin más hasta convertirse en una sombra" (341).   De la misma manera Rivadeneira es “el único que le había dado [a Milagros] la medida a su ambición de libertad” (165).

            Emilia es una mujer libre, "una mujer del siglo XX [que] sabrá que hacer" (226), y que ha contado con el apoyo de los hombres a su alrededor.  Desde su padre, Diego Sauri, quien dice estar "orgulloso de ti. Las mujeres como tú van a cambiar este país" (89); pasando por Daniel, quién explica a Josefa: "no creo en la supuesta inferioridad de las mujeres y tengo veneración por ésta" (151); y hasta Zavalza, quien en lugar de arrebatar a Emilia su libertad, decide compartirla y vivir con ella, pues "como ningún otro fue capaz de comprender la riqueza de alguien que sin remedio y sin pausa tiene fuerzas para dos amores al mismo tiempo" (373).  Josefa, al mencionar precisamente a Zavalza, decía que es “un hombre inteligente y bueno de esos que [...] no abundan en el mundo” (204).  De esta manera podemos observar que la perspectiva feminista, la contextualización y el diálogo que sostiene Ángeles Mastretta con el discurso feminista de FEM, crean, de verdad, un discurso profundamente reivindicativo.  Las pasiones que viven Emilia Sauri y los demás personajes femeninos en Mal de amores, van en contra de la opresión y el condicionamiento social que sufren las mujeres en general.  Así, Mastretta libera a la mujer de los cánones establecidos y se declara en favor de un mundo libre e igual, entre hombres y mujeres, donde ambos gocen de los mismos derechos y donde haya un deseo por compartirlo todo, erradicando completamente cualquier vestigio de opresión.

            Hemos podido observar, de forma esquemática, cómo el pensamiento feminista de las décadas de los setenta y principio de los ochenta, es de una fuerza fundamental que deja su marca en las nuevas direcciones que adquiere en nuestros días el movimiento de liberación de la mujer y, especialmente, en la literatura que se produce a partir de la segunda mitad de la década de los ochenta.  Un ejemplo de esta literatura es Mal de amores de Ángeles Mastretta quien, como destacamos en las páginas precedentes, articula con fuerza esta nueva actitud.

            La contextualización progresiva de la obra de Ángeles Mastretta, con la temática del movimiento feminista mexicano de los años setenta y ochenta, que da inicio con su primera novela Arráncame la vida, es el resultado del proceso de transición que ha seguido la literatura escrita por mujeres.  Las premisas bajo las cuales la mujer mexicana ha sido marginada socialmente, a través de los siglos, ha exigido una lucha continua que ha tenido que desenvolverse en un diálogo permanente con las posibilidades precisas de cada época. 

            La historia de opresión y marginación de la mujer no ha mejorado en mucho, pues los problemas sociales y políticos a los que se enfrenta siguen estando muy relacionados con los del pasado.  Aún así, sí observamos un cambio radical en la literatura que se crea a partir de la década de los años ochenta.  Lo que sucede, como producto de todo el proceso de desarrollo por el cual ha pasado la lucha de la mujer, es que el movimiento feminista que resurge durante los años setenta, va a permitir que un grupo de nuevas escritoras, Ángeles Mastretta entre ellas, asuma la lucha de liberación de la mujer, a través de sus obras, en forma diferente.   Judy Maloof en su artículo “Mal de amores: un bildungsroman femenino” señala que “Mastretta privilegia la experiencia cotidiana y da valor a las vidas privadas y eróticas de sus personajes femeninos; con esta estrategia desde el margen, ella consigue desplazar el foco de la trama de los grandes eventos políticos...” (37).   Al continuar con su análisis, Maloof sostiene que “Mastretta presenta una perspectiva desde los márgenes de la cultura oficial” (37).

            Es posible estar acuerdo con Maloof en su acercamiento a Mal de amores, sin embargo, creo que sería más práctico, para un acercamiento feminista, situar la novela en el contexto histórico en que la autora vive, no tanto los personajes.  Ángeles Mastretta, contrario a la “perspectiva desde los márgenes” que señala Maloof, se ha liberado y ha creado su propio centro.  Mastretta, como hemos desarrollado en este estudio, sin necesidad de asumir una actitud de confrontación en defensa de ninguna tesis o teoría feminista en específico, abandona la periferia, los márgenes, en que históricamente se ha colocado a la mujer.  Mastretta deja de considerarse "lo otro"; la escritora crea su propio centro y desde él articula su discurso con el que denuncia, contextualiza y subvierte las estructuras patriarcales que hacen posible la marginación de la mujer en la sociedad mexicana.  Y es, en efecto, desde lo antes considerado como la periferia que Mastretta asume una posición liberadora de la mujer oprimida que logra tener control de su destino.  Hacer, partiendo desde su propia realidad femenina, un centro. 

            La perspectiva feminista, y la contextualización que elabora Ángeles Mastretta en su obra construyen, de verdad, un puente de comunicación con el movimiento feminista de FEM donde se escucha un discurso profundamente reivindicativo.  Las pasiones y deseos que viven Emilia Sauri y los demás personajes femeninos en Mal de amores van en contra de los condicionantes sociales establecidos por la sociedad patriarcal mexicana que denuncia FEM.  Así, Mastretta libera a la mujer de los cánones impuestos y se declara en favor de un mundo libre e igual, donde hombres y mujeres gocen de los mismos derechos borrando cualquier vestigio de opresión.  Hemos observado, pues, de forma global y esquemática, la forma en que el pensamiento feminista mexicano, a través de FEM, durante las décadas de los setenta y principio de los ochenta, es de una fuerza gravitante que marca las nuevas vertientes que adquiere en nuestros días el movimiento de liberación de la mujer.   Especialmente, en la literatura que se produce a partir de la segunda mitad de la década de los ochenta. 

            Mastretta, por medio de Mal de amores, transforma y eleva, a otra esfera, la capacidad de la mujer por ser independiente, creadora y partícipe activa de su propia vida.  Mastretta libera a la mujer, en su obra, y a través de sus personajes, de una sociedad que la despoja de su creatividad, de su cuerpo y mente, de su sexualidad, de sus posibilidades de crear un mundo que parta de su propia visión, y asume una actitud emancipadora en la que hombres y mujeres, por igual, comparten el mundo en que viven gozando ambos de los mismos derechos y obligaciones. 


 

                                                          Obres citadas

 

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