The South Carolina Modern Language Review |
Volume 3, Number 1 |
El discurso feminista de
Ángeles Mastretta en Mal de amores
by Carlos M. Coria-Sánchez
The University of North
Carolina at Charlotte
Ya
se ha mencionado antes, en estudios críticos sobre la obra de Ángeles
Mastretta, que no es posible dejar de percibir que la mayoría de sus personajes
femeninos son mujeres situadas durante las épocas revolucionarias y
posrevolucionarias en México. Mujeres
que han roto las barreras sociales impuestas por el orden patriarcal, y que han
luchado por encontrarse y ser quienes decidan su propio destino. Como lo hiciera antes con Arráncame la
vida, la autora, nuevamente, crea un diálogo entre su penúltima obra, Mal
de amores (1996), y el movimiento feminista de los setenta y ochenta en
México. La revista feminista FEM
y su discurso de liberación de la mujer, durante la década de los setenta,
principalmente, son un estímulo para articular el diálogo que existe entre la
revsita y Ángeles Mastretta. Este
análisis se encargará de mostrar la forma en que la autora lleva a cabo dicho
diálogo.
La
década de los setenta es de una intensa actividad social y política para las
mujeres mexicanas. La crisis económica
que arrastraba el país desde la década anterior provocó que se diera una
"insurgencia sindical" donde las mujeres fueron protagonistas. La huelga de "Medalla de oro",
fábrica de ropa, en 1971; la de Spicer (empresa transnacional), en 1975; la de
trabajadores universitarios en 1977; la huelga de muebles de acero DM Nacional
en 1978; y la huelga nacional de operadoras en 1979, fueron algunas de las que
más trascendencia alcanzaron en el país (Trabajo y democracia hoy
66-76).
Asimismo,
la presencia de las mujeres en movimientos sociales y políticos siempre fue
vital. El Movimiento Urbano Popular en
1973 en la ciudad de Monterrey; el de las vendedoras ambulantes de 1973 en el
D.F.; la lucha por reformas al artículo 123 de la Constitución en 1974; la
lucha de las trabajadoras del sindicato de la UNAM en 1976; el de las mujeres
telefonistas también en 1976; y la lucha de las mujeres por democracia en el
Hospital General en 1978, son movimientos en los que las mujeres participaron
activamente (Trabajo y democracia hoy 68-74).
Es,
en gran parte, bajo esta febril actividad que nace FEM en 1976, y en la
que toman parte un gran número de mujeres comprometidas con la lucha por
mejoras económicas, políticas y sociales para la mujer mexicana en general y
sus familias. FEM reúne a un
numeroso grupo de mujeres profesionales y escritoras que se dan a la tarea de
contextualizar los problemas -pasados y presentes- que afectan a la mujer
mexicana. Gracias a muchas de estas
mujeres, Ángeles Mastretta entre ellas, FEM llegaría a ser la revista
feminista más importante durante la década de 1976 a 1987. FEM es de importancia vital en el
contexto de este estudio, pues su discurso feminista encuentra eco en la
narrativa de Ángeles Mastretta quien, como veremos, señala y refleja en Mal
de amores situaciones de opresión que vive la mujer mexicana.
De
esta forma, el movimiento feminista que resurge en México en los setenta y
ochenta, contextualiza y proyecta, a través de FEM, la problemática de
la mujer. La revista problematiza
estructuras institucionalizadas opresoras tales como la educación: FEM
denuncia sus deficiencias y la falta de capacitación de la mujer, que conlleva
a una manipulación y condicionamiento social de ésta. Esta situación que se ha visto a través de la historia, no
brinda verdaderas oportunidades a las mujeres para participar en la vida del
país. El discurso feminista señala que
la falta de educación precipita la inmigración de mujeres campesinas pobres a
las ciudades en busca de trabajo.
También, se critica la pobreza en que está sumida la mujer campesina
quien es vista con desprecio y quien sufre de abusos físicos y mentales, pues
es cierto que la inmigración de estas mujeres, a los grandes centros urbanos,
no garantiza que su situación económica mejorará. Considerando que su preparación escolar es muy baja y por esta
razón tiene que realizar trabajos mal remunerados, la mujer campesina pobre
enfrenta situaciones de miseria desesperante en los grandes municipios
adyacentes a las grandes ciudades, como el D.F. en este caso. Otras de esas estructuras
institucionalizadas de gran importancia que denuncia abiertamente FEM,
son la falta de educación y la represión sexual, junto con problemas como el
matrimonio y la maternidad, a fin de crear una concientización entre mujeres y
hombres por igual, que luchen por erradicar el sentido opresivo que se les han
asignado a través de la historia.
Ángeles
Mastretta es parte vigorosa de la actividad feminista que se da en México
durante los setenta y ochenta, y no sería absurdo suponer que su siguiente
comentario pudiera aplicarse también a su obra en general. Mastretta admite que tal vez, como miembro
del Consejo Editorial de FEM,
“las tesis de la revista y de quienes en ella trabajaban pesaron en mi
ánimo al escribir no sólo la novela [Arráncame la vida ] sino los
artículos de opinión que hacía a diario para un periódico... (Coria-Sánchez,
102). Así, tenemos que Ángeles
Mastretta no puede escapar al signo de los tiempos, los cuales son de una ardua
actividad del movimiento feminista en México, y la autora va a señalar, más
tarde, dentro de su narrativa, todos estos temas que sufre la mujer mexicana y
que denuncia el pensamiento feminista mexicano. Lo hace de una forma tradicional, es decir, el mismo discurso
asume una posición problematizadora de las dificultades a que se enfrenta la
mujer y finalmente Mastretta, a través de sus personajes, contextualiza las
situaciones opresivas de la mujer mexicana a la vez que brinda una subversión
de estas.
FEM, pues, a través de su discurso, problematiza
asuntos institucionalizados tales como la violencia, el trabajo, la salud, la
represión sexual, etc, que no se denunciaban, que se mantenían ocultos. Desde el principio, FEM se declara
feminista y denuncia el sistema patriarcal opresor bajo el que ha vivido la
mujer mexicana a través de la historia y que la ha mantenido subyugada,
inactiva y callada en la vida del país.
Ya desde el primer número en 1976 la revista anunciaba que:
FEM se propone señalar desde
diferentes ángulos lo que puede y debe cambiar en la condición social de las
mujeres; invita al análisis y la reflexión. No queremos disociar la
investigación de la lucha y consideramos importante apoyarnos en datos
verificados y racionales y en argumentos que no sean sólo emotivos. FEM
pretende ir reconstruyendo una historia del feminismo, para muchas desconocida,
e informar sobre lo que en este campo sucede hoy en el mundo y,
particularmente, sobre lo que pasa en México y en América Latina. (3)
FEM
nace desde un inico como una tribuna pública para la mujer oprimida y abre sus
páginas a todas las mujeres que deseen escribir, denunciar y participar en el
cambio de la situación de las mujeres mexicanas. Como parte de su nueva base estructural, FEM estudia y
analiza los movimientos feministas anteriores para que sirvieran como ejemplos
y se evitaran errores y estructuras caducas.
FEM, con lo anterior, hace exactamente lo que Rosario Castellanos
pone en boca de Elvira, uno de sus personajes en Álbum de familia:
"con las nuevas generaciones [...] es conveniente que se acerquen a sus
antepasados para que, al menos, sepan cuál es la herencia que van a recibir"
(101). FEM se convierte en un
foro desde el cual la voz de la mujer se escucha y exige su libertad y el
respeto a sus derechos civiles, socio-económicos y políticos, así como la
abolición de aquellos problemas institucionalizados para que sus condiciones de
vida mejoren y se dé un paso hacia la igualdad con el hombre. Francesca
Gargallo apunta con respecto a FEM que:
El
colectivo de FEM pretendía publicar información y ensayo (entendido como
sinónimo de "teoría" como laboratorio de asimilación-devolución) y
dar cabida a la creación literaria de las mujeres que escribían con sentido
feminista, contribuyendo con su obra al reconocimiento de ese nuevo ser libre,
independiente, productivo, tal y como empieza a manifestarse la mujer de hoy y
será sin duda la mujer de mañana. (88)
FEM,
al declararse feminista, expresaba que las mujeres no deseaban apropiarse del
discurso masculino en cuanto a opresor, sino luchar por un cambio en la actitud
de los hombres que se reflejara en respeto a los derechos de las mujeres. En algún momento la revista fue acusada de
elitista, pues era leída en su mayoría por mujeres de clase media con estudios
universitarios, pero como Elena Urrutia misma lo explicó, "sin embargo, la
revista ha logrado despertar conciencia de su situación marginada en mujeres
que vivían un malestar, una inconformidad, sin tener una idea clara de cuáles
podían ser sus causas" (11). Y
aunque no ha sido ni la primera ni la única, FEM sí se convertía en un
espacio público de vital importancia para el desarrollo del feminismo en
México. Francesca Gargallo, nuevamente,
señala a este propósito: “FEM no fue el primer espacio en que las
mujeres mexicanas pudieron publicar sus investigaciones, pero sí en el que
pudieron expresar sus ensayos de autopercepción... FEM adquirió su
renombre, su prestigio como instrumento de concientización y aprendizaje,
porque se ofreció a todas las reflexiones femeninas...” (90). Como mencioné antes, FEM, durante
los años 1976-1987, problematiza y contextualiza la situación de la mujer
mexicana y proyecta el discurso del movimiento feminista en México que se
refleja, años después, en la obra de Ángeles Mastretta.
Mal
de amores
es el cuarto libro y segunda novela de Mastretta, la cual la hizo merecedora
del premio Rómulo Gallegos en 1997.
Esta es la primera vez, en la historia del premio, que ha sido otorgado
a una mujer. Anteriormente lo habían obtenido escritores como Fernando del
Paso, Javier Marías, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, entre otros. En esta novela la historia se refiere a una
mujer enamorada de dos hombres, hecho que a partir de este momento, ya
subvierte la concepción que se tiene de que esto solamente le sucede a los
hombres. Con Mal de amores,
indica acertadamente María Elena de Valdés, Mastretta "continues her
development of women in Mexico's recent past as centers of consciousness, as
subversive of the social codes and fiercely independent" (235).
Es
decir, como mencionaba Mastretta en su entrevista con Mauricio Carrera, si esta
historia le sucediera a un hombre no sería de interés para nadie pues hasta
cierto punto resulta más común encontrar situaciones, reales o ficticias, en
las que un hombre ama a dos mujeres (3).
Y en efecto, en este caso, vemos que la personaje principal, Emilia
Sauri, lucha sutilmente contra unas reglas sociales que la atan y la obligan a
vivir sin trasponer lo establecido por la sociedad y así lo asegura la misma
autora: “Sí, la actitud de Emilia en Mal de amores es subversiva”
(Coria-Sánchez, 102). Esta actitud de
amar a dos hombres es una subversión que Emilia asume, desde su propia óptica,
no para confrontar a nadie abiertamente, sino para estar bien consigo misma.
Emilia, dice Mastretta a Carrera, busca la forma de ser leal con ella misma
pero se siente aprisionada, atormentada, por no poder elegir entre estos dos
amores distintos a la vez que liberadores (3).
Como se ha señalado antes, y al igual que en su primera novela Arráncame
la vida, las mujeres de Mal de amores están ubicadas en el pasado,
son mujeres anacrónicas de gran fortaleza anímica. Barbara Mujica señala que en Mal de amores “the female
protagonists -Josefa and Milagros Veytia and Emilia Sauri-are extraordinarily
strong and independent women who are lucky enough to live surrounded by men who
understand and accept them” (38).
Es
posible asegurar, entonces, que de la obra de Mastretta se desprende una clara
evolución en su tratamiento de la problemática feminista; de la reflexión
teórica ensayística, a la creación de personajes que, cada una en su medida,
buscan una liberación personal. Las
mujeres en la obra de Mastretta tienen reflexiones políticas y sociales que
están ligadas a los mismos problemas que enfrentan las mujeres en el presente. Tal vez esta actitud feminista sea más
reconocible en algunos textos que en otros y en este sentido adquieren especial
relevancia las siguientes palabras de la autora con respecto a su obra en
general: “Los personajes de mis libros pueden parecer anacrónicos, pueden
parecer mujeres feministas de los años setenta y ochenta trasladadas a un
contexto revolucionario y posrevolucionario... son en realidad mujeres
pioneras, fundadoras, precursoras” (Coria-Sánchez, 102).
Según
han destacado los estudios feministas, la opresión de la mujer se da de formas
distintas, pero bajo una constante: la mujer es reprimida, condicionada y
manipulada desde pequeña. La educación
que reciben las mujeres es un problema de vital importancia para el discurso
feminista de FEM lo mismo que para Ángeles Mastretta. Alba Guzmán señalaba en 1978,
problematizando esta situación, que "es la escuela la encargada de
legitimizar ciertos aprendizajes establecidos como válidos para cierto tipo de
reconocimiento social" (7).
Mastretta, en su obra, es tajante en su posición en contra de este tipo de educación condicionante y enajenante. Así, Diego Sauri, al observar el embarazo de Josefa, su esposa, “afirmó siempre que dentro guardaba los ambiciosos sueños de una niña”, y le dice a Josefa, al hablarle sobre la educación que recibirá su hija, que: “la criatura sería una niña y la llamarían Emilia para honrar a Rousseau y hacerla una mujer inteligente” (20). Al continuar sobre el tipo de educación libre y natural que Diego desea para la niña, dice sobre la escuela a la que asistirá Emilia: "Todo menos meter a la niña con las monjas. Ahí lo único que le enseñarían son rezos y de lo que se trata es de formar una criatura que se entienda con las antinomias del mundo moderno" (58). Precisamente porque la gente alrededor de Emilia se preocupa porque ésta reciba una educación libre de condicionamientos sociales, es que Milagros, su tía, la conmina a buscar respuestas inteligentes a sus reacciones:
-Ay
tía –contestó Emilia encogiéndose de hombros
-Ay
tía. ¿Qué respuesta es esa? Nunca des respuestas así. Es mejor callarse cuando
no sabe uno qué decir (81).
La autora refleja de este modo el pensamiento que FEM,
en su momento, denunció como una manipulación que el sistema usa para mantener
las estructuras opresivas en la mujer.
Pues como señala con acierto Alba Guzmán, "será en la casa,
escuela, calle, donde el niño y la niña aprenderán a tener un comportamiento de
acuerdo al que exige la sociedad," es decir, "la niña aprenderá a ser
pasiva y el niño activo" (7).
Mastretta, en un ensayo para la revista NEXOS en 1987, se declara
abiertamente en contra de la educación enajenante que reciben las mujeres. Señalaba sobre lo que podría representar un
verdadero triunfo para ellas: "Triunfo sería educar a nuestras hijas de
otro modo, respetándoles la frescura, las emociones, el valor, la fantasías, la
certidumbre primera de que no son distintas ni mucho menos inferiores a los
hombres" (7).
El
discurso feminista señala, a través de María Jesús Izquierdo, que dentro de
nuestra cultura y debido a presiones sociales de todo tipo, aprendemos [las
mujeres] que al asignarnos un sexo debemos comportarnos y tomar el lugar que
corresponde a dicho sexo de acuerdo a los cánones establecidos por la sociedad
que ha creado los valores culturales (6-10).
Mastretta
opta por la presentación tangible, y acentúa y contextualiza esta manipulación
y represión social que tenazmente enseña a la mujer a tomar su lugar en la
sociedad. La autora, a través de
Milagros Vieyra, subvierte la idea del conocimiento ingénito en las mujeres
para las labores del hogar: "Detestaba los trabajos que la costumbre les
había dado a las mujeres, le parecían suertes menores en las que miles de
talentos mayores dejaban el ímpetu que debía ponerse en cosas más útiles"
(70). Al discutir con Josefa sobre
estas tareas del hogar, la misma Milagros señala, "lo que no me parece es
que Emilia vea tu actitud como algo ineludible y natural" (71). A la misma Milagros “no le gustaban los
desmayos ni transigía con las mujeres que palidecen y se atontan “ (138), ante
ciertas situaciones. Más adelante,
vemos que "Milagros nunca aprendió a litigar con la cocina y le parecía
ridículo fingir que a su edad podría interesarse por algo que consideraba tan
etéreo" (216). Así mismo, otros de
los personajes en la obra de Mastretta se salen de los parámetros
condicionantes, que les dicta la sociedad, de diferentes maneras. Diego Sauri desea que su hija Emilia viaje y
sea independiente. Josefa le acusa:
"La estamos haciendo una niña rara [...] soy como las demás responde
Emilia, sólo que ustedes son más raros que otros padres" (69).
Sin
lugar a dudas, dentro de las distintas maneras de opresión social que sufre la
mujer, la de tipo sexual se acentúa fuertemente. FEM había ya destacado que las diferencias entre un niño y
una niña se marcan desde temprano, siendo las de tipo sexual las que más
atención reciben, pues es cierto que desde pequeños a todos se les prohibe
tocarse o divertirse con sus partes privadas.
Los padres, al tener el papel más importante aquí, reaccionan en forma
negativa al impulso natural de los niños que, al descubrirlos, se tocan y
juegan con sus órganos genitales. Más
tarde, la relación entre madres e hijas se convierte en una de falta de
comunicación, donde tradicionalmente el diálogo y la educación sexual no
existen. Como fruto de esta relación
observamos que en realidad las madres actúan con sus hijas en la misma forma en
que las suyas actuaron con ellas, creando así un círculo de opresión del que es
difícil de escapar. Arcelia Vilchis
secunda esta idea y añade que efectivamente, las madres reprimen a sus hijas en
sus deseos por aprender, por convivir con hombres, por explotar sus capacidades
intelectuales y su sexualidad. Las
manipulan y con el pretexto de "tener más experiencia", las guian por
el camino que ellas quieren, les niegan su propio espacio e independencia y las
oprimen en el hogar (31-2).
Mastretta
machaca, en forma irónica, la ignorancia sexual de la mujer como producto de
esta falta de educación. Así, en una
conversación entre Milagros y la madre de Sol, que incia esta última,
observamos:
-Sol
está feliz.
-Está
ignorante. ¿Hiciste el favor de explicarle como son las cosas o se va a pegar
la sorpresa de su vida?
-Por
supuesto que le expliqué como debe portarse con su familia política. Sabe disponer como una reina, es elegante y
discreta, no habla de más ni pregunta lo que no debe.
-Ni
te importa que sea infeliz en la cama [...] pobre criatura. (172)
Más
tarde la misma Sol, en una conversación con Emilia, mostraría esta falta de
comunicación educativa entre su madre y ella: “Mi madre dice que el matrimonio
no es ingrato, pero que hay momentos en que lo mejor es cerrar los ojos y rezar
un Ave María. ¿Tú entiendes eso? (173).
La falta de educación sexual provoca, entonces, que la mujer nunca aprenda a encontrar su propia sexualidad dentro de una relación sexual, pues se le enseña a ser pasiva ya que lleva imbuida la idea de que debe buscar, ante todo, el orgasmo masculino aunque ella quede insatisfecha. Berta Hiriart y Adriana Ortega apoyan lo anterior al señalar que "el modelo de relación sexual que nos habían enseñado se basaba en la búsqueda del orgasmo masculino y dejaba insatisfechas a la mayoría de las mujeres" (3). Mastretta rechaza, en Mal de amores, esta concepción sobre la pasividad sexual de la mujer y la contextualiza y la subvierte, a través de la búsqueda por la satisfacción íntima de sus personajes, la cual va más allá de los límites impuestos por el matrimonio. Emilia disfruta ampliamente de su relación sexual con su pareja: “Emilia hundió su lengua en la boca de Daniel [...] acarició su espalda [...] luego buscó su pecho y del pecho bajó al camino hacia adentro que abría un pantalón colgado al cuerpo enflaquecido de su dueño. Sintió su grupa fuerte y su piel” (211). Emilia goza plenamente al estar con Daniel, el cual "metía sus dedos en la tibieza del pubis que dormía con Emilia y se lo acariciaba hasta despertarle completo el cuerpo y hacer que de su garganta brotaran como luces las más extraordinarias onomatopeyas" (326). Pero no solamente Emilia, como mujer, disfruta de su relación con Daniel, del mismo modo Mastretta insiste en que todas las mujeres disfruten de este derecho. Así, observamos que Diego y Josefa no se inhiben ante el embarazo de esta última para tener relaciones sexuales: “Has estado entrando y saliendo por el camino de la criatura sin ningún respeto durante todo este tiempo... tienes razón, es un paraíso” (21), dice Josefa.
Al
continuar con el problema de la falta de educación sexual para la mujer, Marta
Lamas señalaba en FEM que, "lo ‘femenino’, lo ‘normal’, lo
socialmente aceptado, lo moral, fue una sexualidad pasiva y sólo dentro del
matrimonio" (1977: 7). Ante esto,
el discurso feminista de FEM señala que la dependencia en el matrimonio
no le ofrece a las mujeres la oportunidad de vivir solas antes de éste y así
perder miedo a la autonomía y a la autoafirmación. La educación que han recibido las lleva a buscar en el futuro
marido la única forma de sobrevivencia económica, emocional y amorosa. Al hablar sobre esta situación, María
Antonieta Torres Arias acusa ya en 1983 que "el contrato matrimonial se
constituye de entrada como una matriz productora de una serie de efectos
psicológicos, económicos sociales e ideológicos" (4).
Marta
Lamas, nuevamente, señala con acierto, y con respecto al amor dentro de la
institución del matrimonio, que "la palabra amor tiene distinto sentido
para uno y otro sexo, de donde surgen los serios inconvenientes que suelen
separarlo. Para la mujer el amor es una total sumisión al servicio de su
dueño" (1986: 21). Es entonces, de
esta manera, cómo a través de la diferencia que existe en la concepción del
amor, que se va a determinar a la mujer como propiedad privada del hombre. En forma por demás irónica, Mastretta denuncia
al matrimonio como un condicionante cuando Emilia señala sobre su amiga Sol:
“no creo que haya una novia menos enamorada y más cerca del matrimonio que
ella” (122).
Esta
situación de opresión de la mujer, se convierte en un continuo en la obra de Mastretta. Así, el que Sol llegara a las 10:15 de la
noche a su casa, su padre lo "consideraba un acto de libertinaje que
manchaba la honra de su apellido y ponía en riesgo su condición de mujer
decente. Soledad es mi hija y yo
mando en ella" (99 subrayado mío), dice categóricamente. La madre de Sol también decide el destino de
su hija, como parte de su propiedad.
Observamos como Mastretta refleja esta situación a través de una
conversación entre Emilia y Sol cuando esta última recién acaba de conocer a
Salvador Cuenca:
-Entonces,
¿qué crees que me pareció?
-El
hombre ideal –dijo Emilia.
-Casi
–dijo Sol-. Por suerte, tardará tanto en regresar que para entonces estaré
casada.
-¿Con
quién? –preguntó Emila.
-Con
alguno –contestó Sol en el tono que usaba para hablar sobre los inabordable
designios de su madre.
-Eso
si tu quieres –dijo Milagros Veytia.
-Voy a querer –le contestó Sol, como si adivinara su futuro. (98)
Ángeles Mastretta se muestra abiertamente en contra
del matrimonio como una institución de opresión de la mujer, y a través de
Milagros Vieyra la subvierte. Vemos que
Milagros advierte que Emilia será “una mujer dueña de sí misma” (24) que no
dependerá de la presencia de un hombre para sobrevivir. La misma Milagros es una mujer emancipada que:
"prefirió negarse al matrimonio antes que abandonar lo que juzgaba
el privilegio de vivir como los hombres" (35). Por su parte, Diego, al discutir con Josefa sobre la actitud
liberal de su hija Emilia en cuanto al amor, le dice: "¿Quieres que te
diga que tienes razón, que no debimos permitirle a Emilia que quisiera a Daniel
sin más trámites? Este país va a arder
en una guerra y la virginidad de las niñas no le preocupará ni a Nuestra Señora
de Guadalupe" (157).
Al
continuar más adelante, sobre esta misma situación, el mismo Diego insiste en
que "estos son otros tiempos. ¿Qué más podemos pedir para nuestra
hija? Le ha tocado el amor, qué importa
si no le tocan el orden y las ceremonias" (148). El salirse de los cánones establecidos por la sociedad no perturban
la vida de Emilia y sus dos amores: "Sólo en ráfagas le había llegado un
remordimiento que espantaba en cuanto iba a convertirse en algo parecido a un
dolor. Ninguna razón, ninguna culpa,
ningún recuerdo se atrevió a modificar su presente" (369). El amor verdadero, sin egoismos, ni
ataduras, se observa plenamente cuando Rivadeneira paga por la libertad de
Milagros “todas las tierras amparadas bajo el nombre de la Hacienda de San
Miguel [...] ¿Ceder a Milagros? ¿Él? Ni aunque le escrituraran el país con todo
y sus mares” (168-9).
En
su obra, Mastretta explora otro tema de suma importancia, tanto para ella, como
para el movimiento feminista mexicano: el trabajo doméstico y las mujeres
campesinas. FEM denuncia ya en
1977, a través de Teresita de Barbieri, la situación opresivas bajo las que
viven miles de mujeres mexicanas: el servicio doméstico. De Barbieri indica, acertadamente, que
"el mercado de trabajo para las mujeres va a depender de su educación y
ésta del origen de clase" (1977: 68).
El movimiento feminista se preocupó, en su momento, por hacer pública la
situación de opresión bajo la que viven las sirvientas y De Barbieri añade de
modo más directo: "Las sirvientas son un sector explotado, subsumido, todo
compuesto por gente buena, indefensa, que trabaja por un pésimo salario, para
permitir el ocio de las mujeres de la burguesía" (1980: 31). Lourdes Arizpe señalaba igualmente en las
páginas de FEM, y al referirse a la marginación que han sufrido las
mujeres del campo, que "de la invisibilidad asignada a las mujeres en la
historia, quizá las más invisibles de entre las invisibles han sido las
campesinas" (4). No nos cabe la
menor duda de que la altanería, la arrogancia y el desprecio con que se le
trata a la mujer campesina, se acrecienta con su llegada a los grandes centros
urbanos.
Podemos
asegurar que generalmente la mujer campesina carece de educación o tiene una
muy deficiente, ya que su vida se desarrolla en el campo y requiere, por obvias
razones, más de un esfuerzo físico que intelectual. El efecto de esta situación lo observamos al momento en que
inmigran a las ciudades grandes como el Distrito Federal, Monterrey,
Guadalajara, etc., donde por lo general, y en forma privativa, tiene sólo acceso
a los sectores de empleo peor remunerados.
Mastretta
continúa acusando y reflejando vívidamente la situación de la mujer indígena
que sufre de falta de recursos económicos.
Emilia Vieyra socorre a una campesina pobre durante un parto y se da
cuenta de que "el otro medio era tan pobre que sus mujeres parían solas,
como solas habían nacido y solas se quedaban al rato que un hombre les dejaba
el recuerdo encajado entre las piernas" (220). Meses más tarde, al hablar con otra campesina, Emilia se entera
que "esa mujer tenía sólo dos años más que ella y no había visto sino
abandono y hambre, infamias y maltrato" (221). Al pensar más detenidamente sobre la vida de esta mujer, Emilia
advierte la vida de miseria que ha llevado: “tener veinte años, cinco partos,
tres hijos muertos y dos vivos, ningún cónyuge fijo, ninguna casa [...] no
parecía entristecerla más de lo que no la entristecía estar chimuela, medir lo
que un niño de once años y acarrear por el mundo el sexto embarazo de un hombre
que no la conmovió una sola noche” (221).
Tiempo después, al morir esta misma mujer por falta de atención médica
oportuna para dar a luz, Emilia "lloró por la amistad que no tuvieron, por
la distancia de sus mundos" (223).
Durante una conversación con Dolores Cienfuegos, otra mujer campesina,
Emilia sabe que ésta no podía expresarse con claridad, "no porque le
faltara inteligencia, sino porque la pobreza le había negado el refinamiento a
su lucidez" (250).
La
inmigración de la gente campesina a la ciudad, el D.F. en este caso, siempre ha
sido continua por diversas razones, pero comúnmente lo es por cuestiones
político-económicas. La falta de
oportunidades en el campo empuja a los campesinos, y sus familias, a una
inmigración obligada a los grandes centros urbanos, la cual no garantiza una
mejora en su nivel económico. Allí, los
empleos que tradicionalmente les son asignados, si los hay disponibles, están relacionados con el servicio doméstico
dada su falta de preparación escolar.
Mastretta contextualiza en su obra, durante la época del México
revolucionario, esta inmigración en la que los campesinos, y en especial las
mujeres, se enfrentan en muchas ocasiones a situaciones de extrema
pobreza. Pobreza inhumana que
observamos en Mal de amores.
La
situación extrema de hambre y miseria que encuentran las mujeres campesinas, en
las grandes ciudades, muchas veces las lleva a la muerte. Ángeles Mastretta problematiza y
contextualiza llanamente esta situación, por medio de Emilia Sauri, cuando ésta
aconseja a Eulalia que, “descansar y
comer bien la ayudaría a vivir más tiempo del que viviría trabajando hasta que
su cuerpo, como el de un animal derrotado, no pudiera moverse. Le pidió que se dejara ayudar, que se
estuviera quieta, que no madrugara para la ordeña, ni fuera con su marido a
repartir la leche por la ciudad” (319).
Don Refugio, abuelo de Eulalia, dice que ésta no es
más que "una muchacha de quince años, enferma y encinta" (317). Eulalia, les responde Don Refugio a Emilia y
Daniel, "fue junto con otras mujeres a asaltar la panadería" (313),
pues el hambre y la pobreza la obligan a ello.
El mismo Don Refugio nos informa sobre la muerte de su hija, campesina
también, pues señala que desde tiempo atrás "presintió que su hija moriría
de tifo" (316). Emilia va al
pueblo de Mixcoac a auscultar a Eulalia y esta última se empeña en esconder los
síntomas de su enfermedad. Le pide a
Emilia que solamente "dijera que así la tenía el hambre, total, había
tanta hambre y tanta gente con su aspecto que quién iba a imaginarse algo
peor" (317); con el mismo sentido de abnegación de la Eulalia de Arráncame
la vida, ésta dice: "Si uno se ha de morir, mejor dar la sorpresa que
andar fastidiando desde antes" (317).
Finalmente,
Eulalia va a morir víctima del hambre y la pobreza que la han rodeado desde
antes de nacer, con la llegada de su madre y su abuelo a la gran ciudad, el
D.F. Pero esta situación la viven miles
de campesinas, quienes desde el momento en que sienten los primeros síntomas de
sus enfermedades, actúan de la única forma en que se les ha enseñado que deben hacerlo:
sin quejarse ni molestar a nadie.
Mastretta, destaca y denuncia lo arraigado de esta dimensión cultural
opresora: Emilia, "se acuclilló junto a la mujer que se quejaba tan quedo
como aprenden a hacerlo quienes saben de siempre que su deber es no dar
molestias" (300).
Podemos
afirmar, que en general, el discurso feminista mexicano sostiene y denuncia que
la mujer ha vivido fuera del poder que el sistema patriarcal posee a todos
niveles dentro de la sociedad mexicana.
También, se puede destacar que, en efecto, el feminismo como movimiento
social emancipador no lucha contra el hombre en sí, sino que se trata de un
proceso que busca que mujeres y hombres asuman la situación de opresión que
sufre la mujer. Así, a partir de esta
evolución concientizadora, ambos podrán y deberán crear un proceso liberador en
el que juntos combatan en favor de la independencia de la mujer. Patricia Morales señalaba en FEM, en
1987, que la revista se declaraba en favor de un mundo igual entre hombres y
mujeres donde la diferencia biológica no signifique desigualdad, y que el
movimiento feminista pretende precisamente la abolición de dicha desigualdad.
(12-13)
Ángeles
Mastretta contextualiza en su obra y por medio de experiencias reales, la lucha
por la liberación de la mujer entablando un diálogo altamente reivindicativo
con el pensamiento feminista mexicano.
Mastretta, a través de sus personajes, deshace el mito sobre la
diferencia biológica y sexual que impone modos de comportamiento que limitan la
libertad de la mujer.
Milagros
Vieyra, por ejemplo, busca su independencia, la encuentra y la defiende con
fervor: “Tenía su libertad como su pasión primera y su arrojo como vicio mejor
[...], era lectora como pocas y erudita como ninguno. Le gustaba desafiar a los hombres con el acervo de sus
conocimientos científicos [...], odiaba el bordado pero era una bruja para
diseñar sus vestidos [...], era drástica en sus juicios y exigente con los
ajenos” (23).
Los personajes de Mastretta son mujeres que se
liberan de los roles sexuales impuestos por la sociedad. Tanto las mujeres como los hombres asumen la
situación de opresión que viven las primeras y la abolición de los cánones
establecidos es el producto final de una toma de conciencia de ambos. Los hombres, al abandonar su papel opresor y
convertirse en partícipes activos por la liberación de la mujer, las respetan y
no las detienen en sus deseos de libertad; Diego “era uno de esos extraños
hombres que respetan sin preguntas los designios de la autoridad divina emanada
en su mujer” (17), y él mismo “ratificó su certidumbre de que las mujeres eran
lo mejor que había en el mundo
(55). El mismo Diego le dice a
Josefa, al hablar sobre Emilia: "Nosotros no tenemos la culpa de que ella
quiera un destino y se lo busque" (150).
Daniel sabe que "Emilia era más fuerte que él, más audaz que él,
menos ostentosa que él, más necesaria en el mundo que él con todas sus teorías
y todas sus batallas" (288). El
mismo Daniel no sabe que hacer ante una Emilia fuerte y decidida, a las puertas
de una pulquería: "No te metas Emilia [...] las cantinas no son para
mujeres. Claro que me meto" (243), resuelve ésta enérgicamente. Más tarde, la misma Emilia, consciente de su
libertad decide perderlo "antes que seguirlo sin más hasta convertirse en
una sombra" (341). De la misma
manera Rivadeneira es “el único que le había dado [a Milagros] la medida a su
ambición de libertad” (165).
Emilia
es una mujer libre, "una mujer del siglo XX [que] sabrá que hacer"
(226), y que ha contado con el apoyo de los hombres a su alrededor. Desde su padre, Diego Sauri, quien dice
estar "orgulloso de ti. Las mujeres como tú van a cambiar este país"
(89); pasando por Daniel, quién explica a Josefa: "no creo en la supuesta
inferioridad de las mujeres y tengo veneración por ésta" (151); y hasta
Zavalza, quien en lugar de arrebatar a Emilia su libertad, decide compartirla y
vivir con ella, pues "como ningún otro fue capaz de comprender la riqueza
de alguien que sin remedio y sin pausa tiene fuerzas para dos amores al mismo
tiempo" (373). Josefa, al
mencionar precisamente a Zavalza, decía que es “un hombre inteligente y bueno
de esos que [...] no abundan en el mundo” (204). De esta manera podemos observar que la perspectiva feminista, la
contextualización y el diálogo que sostiene Ángeles Mastretta con el discurso
feminista de FEM, crean, de verdad, un discurso profundamente
reivindicativo. Las pasiones que viven
Emilia Sauri y los demás personajes femeninos en Mal de amores, van en
contra de la opresión y el condicionamiento social que sufren las mujeres en
general. Así, Mastretta libera a la
mujer de los cánones establecidos y se declara en favor de un mundo libre e
igual, entre hombres y mujeres, donde ambos gocen de los mismos derechos y
donde haya un deseo por compartirlo todo, erradicando completamente cualquier
vestigio de opresión.
Hemos
podido observar, de forma esquemática, cómo el pensamiento feminista de las
décadas de los setenta y principio de los ochenta, es de una fuerza fundamental
que deja su marca en las nuevas direcciones que adquiere en nuestros días el
movimiento de liberación de la mujer y, especialmente, en la literatura que se
produce a partir de la segunda mitad de la década de los ochenta. Un ejemplo de esta literatura es Mal de
amores de Ángeles Mastretta quien, como destacamos en las páginas
precedentes, articula con fuerza esta nueva actitud.
La
contextualización progresiva de la obra de Ángeles Mastretta, con la temática
del movimiento feminista mexicano de los años setenta y ochenta, que da inicio
con su primera novela Arráncame la vida, es el resultado del proceso de
transición que ha seguido la literatura escrita por mujeres. Las premisas bajo las cuales la mujer
mexicana ha sido marginada socialmente, a través de los siglos, ha exigido una
lucha continua que ha tenido que desenvolverse en un diálogo permanente con las
posibilidades precisas de cada época.
La
historia de opresión y marginación de la mujer no ha mejorado en mucho, pues
los problemas sociales y políticos a los que se enfrenta siguen estando muy
relacionados con los del pasado. Aún
así, sí observamos un cambio radical en la literatura que se crea a partir de
la década de los años ochenta. Lo que
sucede, como producto de todo el proceso de desarrollo por el cual ha pasado la
lucha de la mujer, es que el movimiento feminista que resurge durante los años
setenta, va a permitir que un grupo de nuevas escritoras, Ángeles Mastretta
entre ellas, asuma la lucha de liberación de la mujer, a través de sus obras,
en forma diferente. Judy Maloof en su
artículo “Mal de amores: un bildungsroman femenino” señala que
“Mastretta privilegia la experiencia cotidiana y da valor a las vidas privadas
y eróticas de sus personajes femeninos; con esta estrategia desde el margen,
ella consigue desplazar el foco de la trama de los grandes eventos
políticos...” (37). Al continuar con
su análisis, Maloof sostiene que “Mastretta presenta una perspectiva desde los
márgenes de la cultura oficial” (37).
Es
posible estar acuerdo con Maloof en su acercamiento a Mal de amores, sin
embargo, creo que sería más práctico, para un acercamiento feminista, situar la
novela en el contexto histórico en que la autora vive, no tanto los
personajes. Ángeles Mastretta,
contrario a la “perspectiva desde los márgenes” que señala Maloof, se ha
liberado y ha creado su propio centro.
Mastretta, como hemos desarrollado en este estudio, sin necesidad de
asumir una actitud de confrontación en defensa de ninguna tesis o teoría
feminista en específico, abandona la periferia, los márgenes, en que
históricamente se ha colocado a la mujer.
Mastretta deja de considerarse "lo otro"; la escritora crea su
propio centro y desde él articula su discurso con el que denuncia,
contextualiza y subvierte las estructuras patriarcales que hacen posible la
marginación de la mujer en la sociedad mexicana. Y es, en efecto, desde lo antes considerado como la periferia que
Mastretta asume una posición liberadora de la mujer oprimida que logra tener
control de su destino. Hacer, partiendo
desde su propia realidad femenina, un centro.
La
perspectiva feminista, y la contextualización que elabora Ángeles Mastretta en
su obra construyen, de verdad, un puente de comunicación con el movimiento
feminista de FEM donde se escucha un discurso profundamente reivindicativo. Las pasiones y deseos que viven Emilia Sauri
y los demás personajes femeninos en Mal de amores van en contra de los
condicionantes sociales establecidos por la sociedad patriarcal mexicana que
denuncia FEM. Así, Mastretta
libera a la mujer de los cánones impuestos y se declara en favor de un mundo
libre e igual, donde hombres y mujeres gocen de los mismos derechos borrando
cualquier vestigio de opresión. Hemos
observado, pues, de forma global y esquemática, la forma en que el pensamiento feminista
mexicano, a través de FEM, durante las décadas de los setenta y
principio de los ochenta, es de una fuerza gravitante que marca las nuevas
vertientes que adquiere en nuestros días el movimiento de liberación de la
mujer. Especialmente, en la literatura
que se produce a partir de la segunda mitad de la década de los ochenta.
Mastretta,
por medio de Mal de amores, transforma y eleva, a otra esfera, la
capacidad de la mujer por ser independiente, creadora y partícipe activa de su
propia vida. Mastretta libera a la
mujer, en su obra, y a través de sus personajes, de una sociedad que la despoja
de su creatividad, de su cuerpo y mente, de su sexualidad, de sus posibilidades
de crear un mundo que parta de su propia visión, y asume una actitud emancipadora
en la que hombres y mujeres, por igual, comparten el mundo en que viven gozando
ambos de los mismos derechos y obligaciones.
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