The South Carolina Modern Language Review |
Volume 3, Number 1 |
De Páginas de vuelta a Los impostores: La literatura como eje de la
narrativa de Santiago Gamboa
by
Germán Torres
Georgia
State University
“Porque la literatura es cosa de todos los
días: sábados, domingos y
feriados. No hay vacaciones, el
escritor nunca descansa”. (Páginas
de vuelta)
En una entrevista con el diario
español El Mundo a raíz de la publicación de Los impostores, el
escritor colombiano Santiago Gamboa declaró que su intención había sido “montar
una trama que tuviese que ver con el mundo de la literatura desde el punto de
vista del escritor frustrado” (Ortega).
En realidad, literatura, libros y escritores frustrados ocupan el lugar
central en varias de sus novelas. Es
más, el valor que Gamboa le asigna a la literatura en su obra le permite
explorar la respuesta a una de sus principales inquietudes: definir la compleja demarcación entre
ficción y realidad, una brecha, a su modo de ver, caprichosa y artificial que
tiende a limitar, si no a confundir, la capacidad creativa del escritor. La narrativa es, por lo tanto, el espacio que
utiliza Santiago Gamboa para reflexionar sobre su estrecha relación con el
quehacer literario.
Con cuatro novelas ya publicadas –Páginas
de vuelta (1995), Perder es cuestión de método (1997),
Vida feliz de un joven llamado Esteban (2000) y Los impostores
(2002)—la obra de Gamboa presenta ciertos rasgos que le dan un sello personal
claro. De inmediato, el lector nota un
contexto urbano específico: con
excepción de Los impostores, es el Bogotá de los años 80, una ciudad en
plena etapa de expansión. Gamboa es
capitalino y el cariño que siente por la ciudad se manifiesta en el
inconfundible sabor bogotano de sus tres primeras novelas. Como Leopold Bloom y Stephen Dedalus en Ulysses,[1]
los personajes de Gamboa se mueven en el bullicio y la energía de las calles,
entre “pasos apurados, vendedores de periódico, pitos, motores que aceleran,
carros de balineras” (Páginas 16), y sus aventuras permiten al lector
hacer una correría por la ciudad, de los cafetines y burdeles del centro a los
teatros y restaurantes de la zona norte, el sector donde el autor pasó sus años
de adolescencia. El mismo entusiasmo
por el ambiente urbano de Bogotá de las dos novelas iniciales, se siente más
tarde por las librerías y cafés de Madrid (Vida feliz), los bulevares de
París y los monumentos históricos de Pekín (Los impostores), una ciudad
que, aunque nueva para Gamboa y hasta cierto punto inaccesible, ha despertado
su curiosidad.
Otro rasgo que sobresale
inmediatamente es el elemento autobiográfico.
Gamboa basa sus novelas en experiencias personales, resultando en una
enmarañada red de referencias intertextuales que entrelaza personajes,
episodios y hasta simples observaciones a lo largo de varias obras. La abundancia de referencias intertextuales
involucra activamente al lector y le permite jugar el papel de detective al
relacionar datos que se repiten en diferentes contextos.[2] El autor, por su parte, ha logrado construir
un universo complejo e independiente, con su propia cohesión y cuya validez
radica precisamente en la posibilidad de corroborar tales detalles.
El fuerte elemento autobiográfico
tiene también otro propósito: explorar
la demarcación entre ficción y realidad.
Como la de muchos de sus personajes, la vida de Gamboa –en su calidad de
lector y escritor—ha transcurrido entre libros. Poder comprender la relación entre ficción y realidad es un paso
esencial para comprenderse a sí mismo y poder definir su propia identidad. A través de las dudas y debilidades de sus
personajes, Gamboa plantea inquietudes que él mismo tiene: ¿cuál es la relación entre el escritor y la
realidad y hasta qué punto son ficticias las peripecias que constituyen el
relleno de una novela? “Los sueños, las
ideas, las elucubraciones a las que se entregan los hombres para sobrellevar la
aridez de la vida, ¿no son acaso reales?”, se pregunta Gisbert Klauss en Los
impostores (48-49), tratando de justificar una vida entera carente de
aventura, dedicada al estudio y a la lectura.
Como se verá más adelante, el autor parece tan ansioso como su personaje
de encontrar una respuesta adecuada a tal pregunta.
En
la obra de Gamboa, la presencia constante de la literatura obedece a haberse
criado en un ambiente en el cual se enfatizaba toda actividad intelectual y ante
todo la lectura, como declaró al diario El País, de Cali: “Empecé desde muy joven a leer mucho y a
apasionarme por la literatura y a entender cómo era el mundo en que quería
vivir” (Villalobos). El mismo interés
lo demuestran sus personajes, casi todos relacionados, directa o
indirectamente, con el mundo de las letras.
En Páginas, dos tienen vínculos con la literatura, Arturo como
lector de “Vida de un sacerdote de provincia” y Jaime como autor de “Ahora el
amor”, las dos novelas intercaladas que constituyen los hilos narrativos
secundarios.[3] Silanpa, protagonista de Perder, es
periodista y gran aficionado a la lectura (13). En Vida feliz la primera frase basta para establecer la
vocación de Esteban: “Me gano la vida
escribiendo [...] Así me dé vergüenza decirlo tengo aspiraciones literarias”
(11). En Los impostores figuran
un periodista y “viejo aspirante a literato”, Suárez Salcedo (305), y dos
profesores universitarios, Nelson Chouchén Otálora, de literatura
latinoamericana y Gisbert Klauss, filólogo con ciertas incursiones al campo de
la crítica literaria.
El mundo que construye Gamboa en
estas novelas tiene como centro los libros y por ello los personajes frecuentan
bibliotecas, librerías –la Buchholz, de Bogotá, se menciona en dos ocasiones en
Páginas; parte de la intriga en Los impostores surge de una
conversación con un bouquiniste de Paris—y cafés estudiantiles en donde la
discusión sobre un autor de moda es tan intensa como cualquier tipo de debate
político. A veces los personajes llegan
a una veneración casi obsesiva por los libros, un culto a la literatura
prácticamente desconocido como objeto de ficción. Son frecuentes, por ejemplo, los detalles sobre ediciones
particulares. Esteban, en Vida feliz,
en el contexto de un comentario sobre
una novela, agrega como detalle de importancia el hecho que era la edición de
Seix Barral (135).[4] En Los impostores también se
mencionan ediciones especiales de obras de André Malaraux (126) y José María
Arguedas (134). En general, tal
información carece de función dramática; son detalles que interesan al autor
precisamente por cuestiones de idiosincracia.
La lectura en sí también se relaciona con placer y bienestar. Klauss, por ejemplo, adopta una postura
especial para leer con mayor comodidad (157, 189). La asociación más curiosa entre literatura y placer la aporta
Suárez Salcedo en un momento de éxtasis sexual, durante el cual finalmente
comprende “la poesía del negro Guillén [...] la prosa juguetona de Cabrera
Infante” (304). No queda duda de la
importancia de las letras para los protagonistas; el autor, por su parte, está
revelándonos ciertos de sus rasgos más íntimos, pues, como ya se ha mencionado,
la vivencia personal es el punto de partida de su obra de ficción.
En Vida feliz, que bien podría
considerarse la autobiografía novelada del desarrollo intelectual de Gamboa, la
literatura aparece íntimamente entrelazada con la vida del protagonista. Su interés despierta en la infancia con los
cuentos que escucha de sus padres, y continúa en sus años de adolescencia en un
contexto saturado de ideas y libros.
Las veladas en casa de los padres de Esteban --ambos académicos, como
los del autor—acaban invariablemente en conversaciones sobre cultura, arte y
música, pero ante todo literatura.
Esteban describe así una sesión típica:
Entonces Federico decía que no, que el mejor
era Onetti, y mamá opinaba que Puig, pues acababa de leer La traición de
Rita Hayworth, y luego Federico polemizaba hablando de Carlos Fuentes y Aura,
que era como un concierto de piano, y Mario decía que sí, pero que había
intentado leer Cambio de piel y no había entendido nada, y entonces papá
decía que lo mejor era La muerte de Artemio Cruz y todos decían que
sí... (99)
En esta ocasión la conversación abarca doce novelas
y cinco personajes, veinte autores, seis pintores, dos directores de cine, ocho
actores y actrices, dos revolucionarios, un presidente de Colombia y una
canción de los Beatles. Es un recuento
excesivo y pedante, sin duda, y más aún si se tiene en cuenta que tal
despliegue ocurre de manera continua a lo largo de la novela: Gamboa, como Esteban, peca de niño sabio y
no pierde oportunidad para lucir su conocimiento. Pero al excederse logra convencer al lector de la verosimilitud
del mundo que ha construido: un espacio
cuyo centro y punto de referencia es la literatura.
Y
en el universo de Gamboa todo significado se revierte a la literatura, toda
duda encuentra respuesta en una obra o en un autor. No es de extrañar, por lo tanto, que El gran Gatsby de F.
Scott Fitzgerald sirva para explicar preocupaciones amorosas (Páginas 19);
o que la respuesta a la obsesión de un personaje por el suicidio se encuentre
en Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato (Vida feliz 116); o
que antes de viajar a Pekín sea conveniente releer La condición humana
de André Malraux (Los impostores 27).
Como don Quijote y sus libros de caballerías, los personajes de Gamboa
acuden a la literatura –valiosísimo reflejo del ingenio humano—para explicar y
aproximarse al mundo a su alrededor.
Pero a diferencia del narrador de El Quijote, cuya intención era
denunciar el efecto nocivo que la lectura había tenido en el hidalgo, Gamboa no
cesa de proclamar la superioridad del mundo creado por la ficción. “La imaginación”, asegura un personaje, “es
el pensamiento en libertad [...] o como dirían los poetas, la inteligencia sin
cadenas” (Páginas 203).
La
lista de autores y títulos que se mencionan en las obras de Gamboa es extensa,
pero es posible identificar la influencia de unos cuantos. Aunque en una entrevista nombra como autores
preferidos a Graham Greene, Somerset Maugham y Joseph Conrad (Méndez), la lista
es en realidad más larga. Se nota, como
ya se mencionó, la influencia de Joyce y Ulysses en el espacio urbano en
que se ambientan las novelas, y en la sensación de constante desplazamiento
geográfico en Páginas, Perder y Los impostores. Se puede reconocer también la complejidad
estructural característica de Vargas Llosa en los múltiples hilos narrativos
que utiliza Gamboa para armar sus novelas.[5] Páginas, por ejemplo, tiene dos
tramas secundarias presentadas como novelas intercaladas a modo de ficción
dentro de la ficción, una de las cuales –Ahora el amor—se entrelaza con
la trama principal. Los impostores
consta de cuatro historias que se entrelazan a lo largo de la narración y que
convegen al final. Otra presencia
importante es la de Edgar Allan Poe en su calidad de maestro del género
policiaco. De las cuatro obras
aparecidas hasta el momento, Perder y Los impostores son
claramente novelas de misterio: la
primera trata de la investigación de un asesinato y la segunda de la búsqueda
de un manuscrito. En las otras dos, sin
embargo, hay varias tramas secundarias que en realidad son aventuras de
detectives.
Por
último es preciso mencionar la presencia traviesa de Borges, el Borges de
falsas pistas y referencias a libros apócrifos. Disimulados entre cientos de nombres de autores y obras, Gamboa
incluye títulos inexistentes que confunden al lector y hasta motivan una
consulta furtiva a fuentes de referencia para acabar con las dudas. Tal sería el caso de los libros citados por
Jaime en Páginas durante sus observaciones sobre el lenguage
“empóriko”. Las referencias a ediciones
especificas en notas a pie de página, en el estilo reglamentario de la academia
norteamericana, apuntan hacia una investigación sólida y bien documentada (121,
123). El lector, sin embargo, poco a
poco se da cuenta de que ha sido objeto de una burla en la cual el autor ha
mezclado obras ficticias (122) con obras verídicas (126). Los juegos y la manipulación de textos
continúa, con ciertas variaciones, en Los impostores. A primera vista se pensaría que el propósito
del truco es, como en Borges, despistar al lector. Pero también es preciso considerar que Gamboa conoce su medio y
que –a pesar de sus dudas sobre el valor literario de su obra, expresadas a
través de sus personajes—bien sabe que sus novelas no tardarán en despertar el
interés de la crítica académica, dispuesta a escarbar en bibliotecas y
bibliografías para resolver el rompecabezas.
Su
conocimiento del mundo académico proviene de haber estudiado formalmente la
literatura, un hecho poco común entre escritores.[6] En sus novelas, por lo tanto, son frecuentes
los estudiantes de letras (Jaime, de Páginas y Esteban, de Vida feliz)
y profesores universitarios. En Gamboa,
sin embargo, se percibe un profundo desengaño con la academia que se manifiesta
de diferentes formas en su obra. La
profesión en sí, como la tipifica Nelson Chouchén Otálora en Los impostores,
se presta a abusos de toda índole:
relaciones sexuales con alumnas (70), amiguismo en invitaciones a
conferencias y en reseñas de publicaciones (58, 59), frecuentes envidias que
acaban tanto en insultos (66-69) como en la división de departamentos en bandos
opuestos que se disputan, con una intensidad y agresividad desmedidas, glorias
y honores de muy poca importancia.
Gamboa también
utiliza el personaje del académico para exponer otra de sus más arraigadas
convicciones: la brecha insuperable que
existe entre el estudio formal de la literatura y la capacidad creativa. Chouchén Otálora, por más que se distinga
como crítico, es un fracaso como escritor creativo, dictamen que se demuestra
por el hecho que su obra literaria había aparecido únicamente en “publicaciones
pagadas por el autor” (58), es decir, por él mismo. Y aun la crítica literaria –principal actividad del medio
académico—no va más allá de ser un análisis totalmente subjetivo y desprovisto
de rigor científico (40, 300).
La
preocupación por la relación entre el estudio de la literatura y el talento
para escribir no es algo nuevo en Gamboa.
En Vida feliz el protagonista expresa inquietudes similares al
asegurar que “querer escribir siendo estudiante de letras es un candoroso
despropósito” (292), pues el estudiante tiende a confundir la literatura con la
teoría literaria. Puesto que el aula no
es el lugar para aprender a escribir, la experiencia universitaria para Esteban
se reduce simplemente a “una lucha por poder” entre profesores (258), empresa
inútil que desanima a quien en realidad tiene capacidad creativa. Es más:
para alcanzar autenticidad en la expresión, el escritor debe deshacerse
de la camisa de fuerza impuesta por la aproximación académica y buscar
estructuras propias que le permitan encontrar su voz natural (310).
Gamboa
rechaza la crítica teórica –de rigueur hoy en día en la academia—pero sí
utiliza sus novelas para llevar a cabo un proceso de auto-crítica y así
reflexionar sobre su propia experiencia y las dificultades que ha tenido como
escritor. Como para todo aquel que se
ha dedicado a las letras, el comienzo no fue fácil, hecho que queda patente en
fuertes dudas sobre el talento personal y el valor de lo que escribe. Dudas y falta de confianza en sí mismos –la
frustración que se menciona en la entrevista al comienzo de este estudio—son el
denominador común de los escritores que figuran en las novelas de Gamboa. Ninguno de ellos ha alcanzado el éxito que
se proponía y todos se sienten cohibidos bajo el peso de la labor que se han impuesto. Las dudas de Jaime en cuanto al valor de su
novela como obra de literatura (Páginas 147) se repiten en Esteban (Vida
feliz 271), en Suárez Salcedo (Los impostores 23) y en Chouchén
Otálora (Los impostores 62).
Todos adolecen de la incertidumbre de quien está acostumbrado a leer los
clásicos, los grandes maestros, y siente hasta vergüenza por aventurarse en
terreno sagrado.
Vida
feliz, y en
particular el capítulo “Madrid, 1985”, podría ser de mucho valor para el
escritor novato que recién comienza a abrirse paso, pues hay secciones enteras
dedicadas a observaciones sobre el proceso de escribir.[7] En ellas Esteban, y a través de él Gamboa,
aborda varios temas. Además de plantear
sus dudas sobre la utilidad de una formación académica para el escritor,
describe la frustración ocasionada por páginas enteras que no captan claramente
lo que se quiere expresar (310), la dificultad de crear personajes convincentes
–no “seres humanos de papel, nacidos en la literatura” (320)—y diálogos que
retengan la vitalidad de la lengua hablada (334). Este capítulo incluye también reflexiones sobre el génesis de su
“proyecto literario”, el manuscrito que habría de ser la primera novela de
Esteban, que poco a poco va perdiendo su carácter juvenil y forzado hasta convertirse
en un relato auténtico, basado en “vivencias personales”, y que, por detalles
sobre los personajes y la trama, corresponde a una versión preliminar de Páginas
de vuelta, la primera novela de Gamboa.
Esteban
toma muy en serio su carrera, como indican la disciplina que se ha impuesto
para trabajar en el manuscrito (320) y los múltiples cambios y correcciones que
hace para pulir el texto. La artimaña
de la ficción, sin embargo, escasamente disimula la voz de Gamboa y el tono que
adquiere el relato confirma la importancia que para él tiene el proyecto
literario. El respeto que siente por la
vocación que ha seguido se siente en las frecuentes aseveraciones sobre la
imposibilidad de alcanzar el nivel de perfección de los autores que lo
inspiraron a dedicarse a las letras. La
ansiedad y frustración que se desprenden de estas secciones de la novela no
pierden autenticidad por haberse escrito bastante después del tiempo de la
acción, y en circunstancias completamente diferentes. Al contrario: a pesar de
ser Vida feliz la tercera novela de Gamboa y de ser hoy en día
considerado como una de las promesas de la narrativa colombiana, se perciben
las dudas que todavía lo empujan a cuestionar su lugar en el campo literario y
el derecho a llamarse a sí mismo escritor.
La
intervención de la literatura en la obra de Gamboa presenta otra variante en la
ficcionalización del proceso histórico y su incorporación al texto literario
como parte del tejido de la trama. Como
ya se indicó, Gamboa estructura sus novelas en base a diferentes hilos
narrativos que se desarrollan de manera paralela a la trama principal. Vida feliz, y Los impostores
incluyen dos sucesos históricos que sirven de trasfondo a cada una
respectivamente: la violencia desatada
a raíz del asesinato en Bogotá de Jorge Eliécer Gaitán, en 1948, y la rebelión
de los bóxer en China, en 1900.
El
gravísimo conflicto que se remonta a la muerte de Gaitán se utiliza en Vida
feliz como el marco social en el cual transcurren la infancia y
adolescencia del protagonista. A pesar
de su relación tangencial con la trama principal y de perder importancia
dramática hacia mediados de la novela, los sucesos del 9 de abril y el
conflicto posterior juegan un papel importante en la obra. Gamboa incorpora el trasfondo histórico a la
narración a través de personajes secundarios, en particular el sacerdote
español Blas Gerardo, quien llegó a Bogotá huyendo de la represión franquista y
que más tarde entablará amistad con la familia de Esteban. La militancia política del sacerdote y su
afinidad con los objetivos del movimiento social que lideraba Gaitán crean el
vínculo inicial entre historia y ficción (33).
En la novela, Gamboa describe la tensión política del momento, la
expectativa popular y los hechos que acompañan el asesinato del caudillo
liberal, sin perder de vista a su personaje, siempre manteniéndolo a corta
distancia de los hechos históricos. Es
así que Blas Gerardo asiste a las “manifestaciones silenciosas” (34, 55), es
testigo de las refriegas callejeras entre liberales y conservadores a raíz de
las elecciones del 46 (36), y brevemente participa en las manifestaciones
populares del 9 de abril (69). ¿Qué
función tiene este elemento de metaficción en una obra muy alejada de lo que se
conoce como novela social? Esteban
ofrece una explicación: aunque reconoce
que su relato no tiene valor testomonial –“yo no lo viví” (65)--, asegura que
contar la historia popular es una forma de hacer justicia y mantener viva la
causa de quienes cayeron luchando por las revindicaciones del pueblo, pues “las
páginas de un libro son también el lugar por el que hablan los que ya no están;
donde se cuelan y gritan las voces del pasado”(69). Como la causa de Gaitán según la interpreta Esteban –un movimiento
social en el cual el pueblo era el protagonista--, la historia de dicha
tragedia debe recordarse, no en la versión oficial, “que tiende a ser injusta”
(69), sino en la memoria popular, a modo de cuento en el cual el pueblo pueda
reconocer su participación y sus héroes.[8] Esteban, al relatar las experiencias de
parientes y conocidos, mantiene vivos una serie de sucesos que de otra manera
carecerían de significado para él, y al hacerlo él mismo reclama su parte en la
historia popular del país. Para Gamboa,
los sucesos del “bogotazo” tienen también una fuerte dimensión personal, pues
ciertos miembros de su familia tuvieron una participación directa en los
hechos, y la versión que aparece en la novela parece estar basada en recuentos
de testigos presenciales.[9]
La
rebelión de los bóxer en China presenta otro caso en el cual Gamboa entrelaza
historia y ficción. En Los
impostores el diario de Pierre Loti, escritor y oficial francés que formó
parte del ejército expedicionario en China, despierta el interés de uno de los
protagonistas, el sinólogo Gisbert Klauss (161). La novela incluye fragmentos del diario, Les derniers jours de
Pékin (1925), en donde Loti describe su trayecto hacia Pekín en septiembre
de 1900. En un comienzo, el narrador de
la novela sigue fielmente los pasos e impresiones de Loti tal y como aparecen
en el diario, citando correctamente el día de su desembarque en el Golfo de
Petchilí y la descripción de las tropas acampadas en la playa. Loti en Les derniers jours describe
así los diferentes ejércitos extranjeros:
Il y a de tout sur cette grève, parmi des sacs de terre qu’ on y avait
amoncelés pour de hâtives défenses. Il
y a des cosaques, des Autrichiens, des Allemands, des midships anglais a côté
de nos matelots en armes; des petits soldats du Japon, étonnants de bonne tenue
militaire dans leurs nouveaux uniformes à l’européenne... (18)
En
la novela, Klauss lee la siguiente cita del diario de Loti sobre el mismo
suceso:
De
todo hay en esta playa [...] entre los sacos de tierra que en ella se habían
amontonado para una precipitadad defensa.
Hay cosacos, austríacos, alemanes, midships al lado de nuestros
marineros armados; soldaditos del Japón, sorprendentes de hermoso aspecto
militar, con sus nuevos uniformes a la europea... (43-44)
Como se puede comprobar, se trata de una traducción
exacta del texto de Loti. Aunque más
adelante hay leves desviaciones del original –un tono anti-alemán que percibe
Klauss en el relato de Loti (45-46) no se nota en el diario-- inicialmente
ambos relatos concuerdan en el recuento del trayecto del oficial francés hacia
Pekín.
Concuerdan también cuando Gamboa
parafrasea varias secciones del diario, ocasionalmente cambiando tiempos
verbales –del pretérito que utiliza Loti al presente del narrador de la novela
(45)-- para así aproximar el hecho histórico al ritmo y tono de la
narración. Llega el momento, sin
embargo, de dar un paso más al alterar el contenido del diario para adaptarlo
al desarrollo dramático de la novela.
Aunque las citas todavía aparecen entre comillas, ya no corresponden a
la crónica histórica de Loti sino a la ficción de Gamboa. “’Todas las copias del famoso libro se
quemaron, pero al parecer, el manuscrito está a salvo. Es lo que dice mi guía, el joven que puso a
mi disposición la Legación Francesa’”, lee Klauss en lo que aparentemente es el
diario (Los impostores 159).
Este fragmento y otro que sigue no son, sin embargo, de la pluma de
Loti; “el famoso libro” y “el manuscrito” pertenecen al campo de la ficción, no
de la historia, y así Pierre Loti, oficial francés, pasa a ser un personaje más
en la novela de Gamboa. Además de tejer
un relato denso y complejo, la inclusión del texto histórico y su asimilación a
la trama llevan al lector a perder de
vista la diferencia entre ambos niveles de narración, puesto que las experiencias
de Loti en China poco a poco van entrelazándose con las peripecias de los
protagonistas de la novela. Una vez
más, Gamboa está manipulando la franja entre ficción y realidad, colocando así
al lector en ese espacio intermedio en el cual ambos estados convergen.
Nelson
Chouchén Otálora, en un momento de cándida introspección, se compara a sí mismo
con un enorme edificio en cuyos salones se dan cita las grandes figuras de la
cultura moderna: “Baudelaire, Martín
Adán, William Burroughs y Porfirio Barba Jacob fumaban marihuana y oían jazz”,
piensa para sus adentros el profesor (279).
Tal edificio bien podría representar la obra de Santiago Gamboa: un espacio literario dedicado al culto a la
literatura, por el cual pasean y conviven los autores y obras que tanto impacto
han tenido en su formación, y en el cual ficción y realidad se funden en un
solo relato. Por ello, la lectura de
las novelas de Gamboa es un ejercicio con un lado íntimo y personal, tanto por
el componente autobiográfico como por el hecho que el autor utiliza la
narrativa para compartir con nosotros su fascinación por el mundo de la
ficción. Son contados los escritores en
los cuales la vocación se siente tan a flor de piel, tornándose en una presencia
constante que se ha incrustado en toda faceta de su vida. En este sentido sí es cierto lo que asegura
uno de sus personajes: de la literatura
nunca se descansa. Ni siquiera durante
el proceso de crearla.
Alape, Arturo. El bogotazo: memorias
del olvido. La Habana: Casa de las Américas, 1983.
Ellmann,
Richard. James Joyce. Oxford:
Oxford University Press, 1983.
Gamboa, Santiago. Páginas de vuelta. Santafé de Bogotá: Editorial Norma, 1995.
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es cuestión de método. Bogotá: Editorial Norma, 1997.
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Zarama, María C. “Entrevista con Santiago Gamboa”. El País [Cali].
Consultado agosto 5, 2002 http://www.javeriana.edu.co/pensar/entre.htm.
[1] . La influencia de la obra de Joyce en Páginas es innegable,
como demuestra uno de los personajes, quien tras la lectura de Ulysses
siente un deseo inmenso de “ser esa novela, como Dedalus, como Bloom, de vivir
en Dublín” (146). El vínculo
especial entre Joyce y su ciudad natal lo enfatiza Ellman en la biografía del
escritor irlandés: “For the main body
of his work Joyce relied chiefly upon his early life in Dublin and the later
visits he had made there” (365). Un caso similar ocurre en
Gamboa, según declaró en una entrevista con El País, de Cali: “[En España] empecé a organizar una especie
de libro que estuviera basado en muchas vivencias personales de Bogotá y
también en cosas ficticias” (Zarama).
[2] . Las referencias intertextuales son constantes y ocurren en
diversos contextos. En cuanto a
personajes, Juan Carlos Elorza y Monsieur Laurent aparecen como compañero de
colegio del protagonista y profesor de francés respectivamente en Páginas
(189, 130) y en Vida feliz (192, 195).
Natalia aparece como enfermera en Páginas; en Vida feliz
figura como “la bella Natalia Romo”, novia de Esteban, y más adelante como
personaje en la novela que el protagonista está escribiendo (307). Las referencias literarias son demasiado
numerosas para explorar en este espacio, pero una resalta por ser un texto poco
conocido, Una jugada de ajedrez, de Stefan Zweig, que se menciona en Páginas
(268) y Vida feliz (265). Un
caso similar ocurre con los autores, pero, nuevamente, uno en particular se
destaca por la forma en que se menciona:
“Thomas Mann y los Buddenbrooks a los veinte años (Vida feliz 99)
y “Fíjese. Los Buddenbrooks a
los veintitrés años” (Los impostores 147). Otros temas que se repiten en diferentes novelas son el interés
de los personajes por la literatura (Páginas 13, 21, 43; Vida feliz
11-13, 99, 192, 211; Los impostores 39, 42); una postura especial para
la lectura (Vida feliz 126, 268; Los impostores 157, 189); la
obsesión por la comida y problemas con la dieta es el tema de uno de los hilos
narrativos secundarios en Perder y surge con frecuencia en Los
impostores (28, 105, 172); la importancia de disciplina para escribir (Páginas
33, Vida feliz 11, Los impostores 27); el divorcio del
protagonista (Vida feliz 347, Los impostores 16); la afición por
el ajedrez se menciona brevemente en Páginas (268) y Los
impostores (344), y adquiere mayor importancia en Vida feliz al
utilizarse como metáfora del interés por la literatura.
[3] . En Páginas Gamboa se desdobla en estos dos
personajes. Cada uno tiene ciertos de
sus rasgos personales y comparte algunos de sus datos biográficos. Jaime es escritor; Arturo asiste a un
colegio en el norte de Bogotá cuya descripción corresponde al Refous, colegio
donde estudió Gamboa.
[4] . Esteban se refiere a Seix Barral como “mi editorial fetiche, la
editorial por excelencia” (268). Los
deseos de Esteban de publicar en Seix Barral finalmente se cumplen a través de
Gamboa, que publica en dicha editorial Los impostores.
[5] . Una arquitectura tan compleja no siempre se maneja con
facilidad. En Vida feliz el
sistema de cajas chinas que constituye la trama se convierte más bien en un
obstáculo para la lectura, hecho que el autor reconoce como “un defecto
argumental de esa novela” (Méndez).
[6] . Gamboa, como Esteban en Vida felix, inició sus estudios de
literatura en la Universidad Javeriana de Bogotá y recibió una licenciatura en
Filología Hispánica de la Universidad Complutense de Madrid. En París, Gamboa cursó estudios de posgrado
en literatura cubana.
[7] . Reflexiones sobre literatura se encuentran ya en Páginas
en los comentarios sobre Ahora el amor, la novela que uno de los
personajes está escribiendo: “La
historia es buena aunque muy trillada [...] No es original [...] Eso ya lo he
leído yo mil veces” (208). La crítica,
obviamente, trasciende la ficción y en realidad es un comentario de Gamboa
sobre su propia novela.
[8] . La función de la historia popular que plantea Gamboa a través de
su protagonista concuerda con lo que propone el escritor colombiano William
Ospina como terapia necesaria para que el país pueda superar la crisis por la
que atraviesa: “Colombia necesita
convertir hoy las agitadas circunstancias de su historia reciente en intensos
relatos y en cantos conmovidos, para que no se olviden los dolores y los
heroismos de esta época tremenda, y para que el relato mismo sea a la vez el
bálsamo y espejo, que nos permita dejar de ser víctimas y empezar a ser los
trasformadores de nuestra realidad” (Ospina).
[9] . La visión de Gaitán que Gamboa, a través de Esteban, presenta en
la novela no parece estar basada directamente en relatos orales de la familia,
sino más bien en declaraciones de Darío Samper –que figura en la obra como
“Darío, nuestro tío abuelo” (47)--, hechas al periodista Arturo Alape y que
aparecen en su libro El bogotazo:
memorias del olvido, una investigación sobre los sucesos del 9 de
abril. En varias ocasiones, las
declaraciones en el texto de Alape y la versión ficcionlizada de la novela
tienen estructuras y detalles tan similares que no podrían atribuirse a simples
coincidencias. Por ejemplo, la
descripción de Samper de la celebración en las oficinas del diario Jornada
a raíz de la vistoria de Gaitán en las elecciones de 1946, aparece así en el
libro de Alape: “Yo me encerré y
publiqué un editorial que fue célebre entonces, que se llamaba ’Oda Civil a la
Victoria’, una exaltación del pueblo de todas las regiones del país [...]
[Gaitán] Mandó por una botella de brandy, porque él no tomaba casi nunca”
(141). En Vida feliz , Esteban
ofrece una versión muy similar:
“Entonces esa tarde el tío Darío escribió la ’Oda Civil a la Victoria’,
un texto que exaltaba el triunfo del pueblo a través de Gaitán [...] Tras leer
el texto, Gaitán mandó comprar una botella de brandy” (49). El recuento de otros episodios presenta
también fuertes semejanzas, como la reacción del liberalismo oficial ante la
victoria electoral de Gaitán: “Cuando
Gaitán conquistó la jefatura única del Partido Liberal, se fueron del país,
Carlos Lleras , Alfonso López no estaba aquí, ninguno de ellos quiso acompañar
a Gaitán, porque creyeron que Gaitán llevaba al desastre al Partido Liberal”
(Alape 131); “Carlos Lleras ya se había ido, lo mismo que Alfonso López. Todos se fueron de Colombia convencidos de
que Jorge Eliécer Gaitán llevaría al desastre al partido liberal” (Vida
feliz 47). Puesto que la
investigación de Alape está basada en entrevistas orales con los participantes
–y por lo tanto con respuestas espontáneas—y no en documentos escritos, la
fuente del relato de Esteban es, muy posiblemente, El bogotazo: memorias del olvido.