The South Carolina Modern Language Review |
Volume 4, Number 1 |
Imagen de la mujer en la obra poética de Fray Francisco del Castillo
The College of Charleston
El Virreinato del Perú desde sus inicios estuvo formado por una sociedad bastante estratificada sobre la base de la riqueza, el linaje y el color de la piel. La elite de esta sociedad, ya sea criolla o peninsular, disfrutaba de una vida relajada, rodeada de lujos y algo libidinosa. El tiempo libre, el ocio y el mecenazgo contribuyeron considerablemente al desarrollo de las letras en la clase aristocrática y se llevaban a cabo diversos certámenes en la corte virreinal y residencias particulares en donde se leían, representaban o simplemente circulaban en forma de manuscritos las creaciones de los concurrentes a dichos eventos.
Fray Francisco del Castillo, conocido como “El Ciego de la Merced” debido a su ceguera y a que fue lego de la Orden Mercedaria, frecuentó regularmente los círculos literarios de Lima durante la segunda mitad del siglo XVIII, contribuyendo en ellos con su creación poética y teatral. A diferencia de sus contemporáneos, quienes se dedicaban más que todo a imitar los cánones ya establecidos en aquella época, Castillo nos ofrece una innovadora alternativa poética al cultivar, además de la lírica, la sátira.
La temática de la obra poética de Castillo es diversa, la poesía lírica cubre diversos temas, como religiosos, circunstanciales, amorosos, mitológicos y filosóficos. Por otro lado, la sátira es la que se encarga de los temas como la corrupción, vicios y costumbres de la Lima colonial.
El objetivo de este estudio es explorar las manifestaciones de la imagen poética de la mujer en la poesía de Castillo, la cual es presentada desde dos perspectivas, la lírica y la satírica, demostrando de esta manera la importancia que la figura femenina tuvo en la obra del poeta. Es importante resaltar el tratamiento de la mujer en ambas formas, para así establecer un orden que nos permita interpretar una poesía satírica articulada y coherente, con profundidad y trascendencia, lejos de una simple consideración trivial del Ciego como una persona con resentimiento hacia el género femenino.
Dentro de la sociedad virreinal limeña, la diferencia de roles entre el hombre y la mujer con respecto al matrimonio y a los hijos era inculcada en las niñas desde una edad temprana, en donde adquirían conciencia de su responsabilidad de tener que ser virtuosas en el aspecto sexual para no mancillar el honor familiar. Con esta educación, la mujer sólo esperaba, por lo general, llegar a ser el objeto poseído por algún hombre de elevado rango social y poder económico que en muchos casos ella no elegía, sino que era de elección paterna que ella aceptaba sumisamente. Como ejemplo de estos casos se puede mencionar la influencia que los virreyes tenían en arreglar matrimonios que eran favorables a sus allegados o servidores que habían llegado a Lima formando parte de su corte virreinal.
Herencia del derecho romano, en donde la mujer pasaba de
la tutela del padre a la del marido y que la mujer adúltera era castigada con
la muerte, mientras que no había sanción alguna para el adulterio del hombre,
el honor familiar en el virreinato radicaba en las mujeres, quienes no debían
en ningún momento mostrar ningún tipo de interés sexual por el hombre, pero que
sí debían admitir el doble estándar en materia de virtud, considerando como
natural la posibilidad de tener que aceptar sumisamente en su matrimonio el
adulterio masculino. Al respecto
Petronella Bomli cita a Juan de Zabaleta, quien en su obra El día de fiesta
por la mañana y por la tarde publicada en 1654, consideraba que la postura
de la esposa ante un marido adúltero debía de ser de silencio y paciencia para
intentar cambiarlo, pero que nunca se podía justificar el adulterio femenino,
incluso si la mujer estaba siendo engañada por su marido (74).
Con
la educación que la mujer llegaba al matrimonio y la posible admisión de tener que aceptar calladamente el
adulterio masculino, era frecuente que hombres casados buscasen aventuras
sexuales en burdeles o con amantes estables o concubinas, en tanto que la
mujer, social y sexualmente oprimida, se debía recluir
en los espacios privados domésticos o conventuales, entregándose al fiel
cumplimiento de sus deberes familiares y religiosos, y teniendo limitada sus
posibilidades de acceso a la educación y al desarrollo personal permanecía
excluida, salvo contadas excepciones, de participar activamente en la esfera
pública y en el ámbito de la cultura letrada.
Luis Alberto Mansilla, en Las chilenas de la colonia, Virtud Sumisa,
Amor Rebelde, manifiesta que “las mujeres de las capas altas eran
cultivadas como rosas de invernadero para ser ofrecidas en matrimonio al mejor
postulante¨(10). Siendo de esta manera que el matrimonio era el mejor y casi
único destino que les esperaba, para convertirse a partir de ahí en
reproductoras de su especie sin incurrir jamás en el pecado del adulterio u
otras conductas que podían ser causales de penas del infierno y de segregación
social. Este prototipo femenino de “mujer buena” tenía una alternativa, su
contrario, la mujer a la cual le gustaba divertirse, coquetear con los hombres
y llevar una vida fuera de las limitaciones severas que imponía a la sociedad
el poder político-religioso. Esta imagen negativa de la “mujer mala” estaba
representada por la mujer de raza no blanca. De esta manera la
sociedad desarrolló en la práctica la dicotomía de la mujer
esposa/madre/compañera social y la mujer amante/concubina/paria. Para la mujer
de clase baja, el segundo grupo fue el único medio que tuvo para poder relacionarse
con hombres de la clase alta, debido a que por
su condición racial --
mulatas, mestizas, indias, negras --
no tenían posibilidad alguna de pertenecer al primer grupo.
Dentro de la sociedad limeña, el deseo y el
apetito sexual eran aceptados en los hombres como algo natural, y canalizados a
través del grupo de mujeres de la clase baja, las concubinas y prostitutas,
quienes eran aceptadas por miembros respetables de la sociedad a nivel
individual, pero rechazadas y vituperadas dentro del discurso dominante de esa
misma sociedad. Las inclinaciones sexuales resultaban
inaceptables en una mujer decente, por lo que el interés sexual femenino
quedaba relegado a nivel del discurso oficial para las prostitutas, amantes y
mujeres mal vistas por la sociedad de aquel tiempo. Sobre este tema, Luis
Martín manifiesta que: "[t]he wives were the mothers and the social
companions. The concubines were, to use an expression often repeated in
colonial documents, the 'women of love'" (151).
Castillo construye un discurso sobre la mujer que
no presenta una alternativa distinta al discurso ya existente, solamente reafirma una vez más la
existencia de una sociedad clasista y racista.
Por lo general, acepta y afianza aún más los valores femeninos ya establecidos por la sociedad
patriarcal de su tiempo, atacando y ridiculizando cualquier desviación que se
presenta en ellos.
Ideas que posiblemente las obtuvo en las reuniones a las que concurría; Manuel
de Mendiburu revela que el Ciego era muy querido y “no había en Lima fiesta,
banquete o regocijo al cual no fuese llamado: buscábanle también los jóvenes
cuyo ingenio se cebaba en la detracción y maledicencia, y entre ellos daba
rienda suelta a la burla y a la desvergüenza en poesías sarcásticas y obscenas
(323).
El
tema de la mujer en la literatura colonial peruana, al igual que en el resto de
los territorios dominados por la corona española, estuvo influenciado por
estereotipos de la literatura peninsular del periodo Medieval y del Siglo de
Oro. No sólo la personalidad, aspectos físicos y costumbres de la vida
cotidiana de la mujer fueron blanco de los satíricos coloniales, sino que la
raza también pasó a ser un importante tema para sus sátiras (Johnson 87).
La caracterización étnica en la poesía satírica del
Ciego esta representada por la mujer mestiza, india, mulata, zamba y negra
esclava y libre; en cambio la poesía lírica esta representada por la mujer de
raza blanca. De esta manera revela dos imágenes distintas de la mujer limeña, por un
lado se encuentra
un grupo de mujeres viciosas que estaban al margen de
los principios morales, el cual lo formaban mujeres vulgares, vividoras,
infieles, amantes, falsas vírgenes, prostitutas y beatas, quienes en todos los
casos eran mestizas, zambas, indias o negras. Castillo satiriza el
vicio asociado con la raza, la posición social, el físico y el oficio, según las distintas
circunstancias. Por el otro lado presenta la imagen de la
mujer pura, educada y virtuosa; grupo compuesto por mujeres blancas, bellas y de la alta sociedad.
La imagen de la mujer que
el poeta presenta a través del tono burlesco revela a un ser degradado e
inferior en comparación al de la mujer que es reconocida por la sociedad,
constituyendo de esta manera una imagen completamente opuesta a la imagen
literaria que se encuentra en su poesía lírica; en ésta la mujer es presentada
como un ser superior, puro e inalcanzable. La mujer blanca en ningún momento
forma parte de la poesía satírica, ya que el objetivo de su sátira es denunciar
los vicios y malas costumbres de la sociedad, y ella no sufre de estos males.
Se puede denotar que el
Ciego crea un discurso en donde la mujer de la poesía satírica es la antítesis
de la poesía lírica. El grupo de
mujeres de la poesía lírica son damas en el sentido elevado del término, de
alto rango social, moral y físico.
Mientras tanto que en la mujer de la poesía satírica el término de dama
tiene un sentido irónico, ya que toma un significado completamente opuesto al
de mujer noble o de calidad. El
siguiente cuadro nos dará una idea más clara de los elementos que Castillo
utiliza en cada grupo.
|
Poesía lírica Mujer blanca. Mujer asexual. Belleza física. Virtud moral y espiritual: buena compañera, esposa, madre. Educada. |
Poesía
satírica Mujer india, negra, mestiza, mulata,
zamba. Mujer sexual, cuerpo objeto de comercio sexual: amante,
prostituta, concubina. Cuerpos sucios y animalizados: sarnosas, puercas, sapos, serpientes, raposas,
monos, mulas, sabandijas. Amorales y faltas de espiritualidad: vulgar,
infiel, mentirosa, alcahueta, ambiciosa, vividora, virgen falsa, ridícula,
ladrona. Ignorante. |
En la poesía lírica del
fraile, la protagonista blanca es un ser asexual. En ningún momento se hace referencia a su sexualidad. El poeta se limita tan sólo a describir a la
mujer siguiendo las convenciones descriptivas tradicionales, de arriba hacia
abajo y sin llegar a más allá del cuello; o en un gesto de pudor, elude
representar el cuerpo y pasa a las manos y los pies. Por lo tanto, la imagen descrita es tan sólo de un rostro que se
ajusta a todas las convenciones de este tipo de poesía traída de Europa.
En oposición a la mujer
positiva, la de raza blanca, tenemos a la mujer negativa, racial y socialmente
discriminada, de quien si se hace mención sobre su sexualidad incontrolada y
del uso de su cuerpo como un objeto comercial.
En el romance titulado
“Conversación y disputa de Tío Juancho,” haciendo referencia a las mujeres de clase baja las describe diciendo lo siguiente:
y cuantas gentes del
bronce,
cholas, mulatas y chinas
se embarcan con algazara
con sus amigos y amigas.
Cada carretón parece,
si se ve con luna
limpia,
la parte inferior de
aquella
arca en que se contenían
sapos, serpientes,
culebras
raposas, monos y
harpías,
pues son los que van
adentro
racionales sabandijas. (Vargas Ugarte, Obras..., 83)
No son muy numerosos los
detalles de las mujeres en la poesía satírica de Castillo, pero cuando los señala estos están cargados de un estereotipo negativo en donde se representan a las mujeres de raza mixta como los animales
más repugnantes. Así mismo manifiesta
que son sucias, mentirosas, ladronas, prostitutas,
infieles, alcahuetas, vividoras, vírgenes falsas y madres de hijos ilegítimos.
La prostitución fue uno de los vicios que Fray Francisco mencionó numerosas veces en su poesía satírica.
Este vicio
fue bastante común en la ciudad de Lima, a tal punto que en el año de 1690, el
Virrey don Melchor Portocarrero, Conde de la Moncloa, ordenó la construcción de
una cárcel en La Casa de las Amparadas de La Concepción para así tratar de
erradicar de la vida pública a prostitutas y concubinas escandalosas (Martín,
165). Una de las causas que originó el
alto índice de prostitución en la Lima colonial fue que muchas mujeres se veían
forzadas a recurrir a este oficio como único medio de sustento económico, ya
que al haber sido abandonadas por sus esposos o amantes no tenían otro medio
para poder sobrevivir. El tema de la
prostitución en la Ciudad de los Reyes ha sido ampliamente mencionada a través
de la sátira colonial peruana por otros autores, entre los que se encuentran
Mateo Rosas de Oquendo durante el siglo XVI, Juan del Valle Caviedes en el XVII
y Esteban Terralla y Landa en el XVIII.
Las prostitutas se
convirtieron en objeto de la sátira de Castillo por la comercialización que
hacían de sus cuerpos y por la falsedad de sus actos que estaban en contra de
los principios morales. No existe a través de toda la poesía un reproche
directo que sea de tipo moral religioso, siendo que es más un rechazo de tipo
social hacia las prostitutas. La
denuncia es que estas mujeres son una lacra de la sociedad, la cual desde un
punto de vista oficial no aceptaba tal práctica dentro de sus principios. Sin
embargo, en la vida real dicha práctica era ejercida por algunas mujeres con
total conocimiento e indiferencia de las autoridades y con fines
mercantilistas. Los clientes que
compraban los favores de estas mujeres no sólo pertenecían a los estratos
sociales más bajos, sino que entre ellos también se encontraban miembros de la
clase alta. A través de la burla y la
ridiculización Castillo advierte y pone en manifiesto, tanto a hombres como a
mujeres, sobre las destructivas consecuencias para la salud que acarreaba la
práctica de este oficio debido a las enfermedades venéreas.
El ataque de Castillo a la prostitución se centra en la mujer y no en el hombre quien hace uso de los servicios de la dama, por lo cual se desprende que existía una diferencia de vicio y culpa en cuanto al género biológico. Para el hombre la prostitución era un mal necesario, del cual no es culpable el que la practica. Hay una ausencia total de crítica hacia el hombre, por el contrario, en algunos casos es presentado como la víctima de la prostitución debido a que ella es la causante de que contraiga enfermedades venéreas. Esta dualidad de juicio moral a la hora de tratarse la prostitución es coherente en todo el discurso del Ciego, y no deja lugar a dudas sobre la postura del poeta ante un tema social importante de su época. En el romance “Conversación de unas negras en la calle de los borricos” manifiesta su postura sobre las prostitutas que ejercían su oficio en los portales de la Plaza Mayor de Lima.
Allí es donde a todas
horas
a Venus se sacrifica,
por medio de sus infames
inmundas sacerdotisas.
Estas son
aquellas furias,
más que las
Parcas malditas,
portaleras,
que por tales
de todos son
conocidas. (Vargas Ugarte, Obras...,
37-8)
En la Lima colonial las
enfermedades venéreas fueron un problema bastante común entre las mujeres que
se dedicaban a la prostitución. Castillo a través de sus poemas satíricos
relata el sufrimiento que padecían las víctimas de estas enfermedades, el
tratamiento que era utilizado para combatirlas y los hospitales que tenían a su
cargo el cuidado de estos males:
las
idólatras de Venus,
por quien
están en la extrema
muchos males
padeciendo,
las fieles
adoradoras
de aquel
Dios de los Mineros
que para
bubas y cancros
Mercurio
dulce es remedio (Vargas Ugarte, Obras...,
15)
La belleza física
constituyó un elemento importante en el discurso de Castillo. El valor magnificado de la belleza responde
a varios motivos: por un lado, a la misma naturaleza de la sátira, que tiende a
recrearse en la deformidad física; y el de establecer una tensión entre el
plano lírico y el satírico. Para el Ciego, el modelo de belleza lo constituye
en la poesía la mujer joven de pelo rubio, piel, dientes, cuello y manos
blancas, pies pequeños y talle fino, características que encontramos en el
poema inédito "Una pintura a una dama":
Tus cabellos su origen
tienen de Febo,
y esto por ver tan claro
lo verá un ciego.
Por mí lo creo
pues él ha dicho en oro
lo que yo en verso
.......
Si yo quisiera
con hablar de tus
dientes
echara perlas.
Música de los ojos
tu bella cara
donde hacen armonía
la nieve y grana.
..........
De marfil tu garganta
bella es columna
donde se halla gravado
el non plus ultra.
........
De la nieve
he sabido
un caso raro
y ha sido
que contigo
se fue a las
manos
…….
A tus pies
mis pinceles
es bien se
rindan
que un punto
indivisible
no admite
líneas
Como todas
veras
sabe que mi
dictamen
en pie se
queda (MS. de Chile, folios 57-58)
En la poesía satírica
también encontramos mención de la belleza femenina de la mujer no blanca, pero
cuando ésta ya se ha perdido. En el romance “Al Señor Doctor Don Juan José
Vidal,” el poeta no describe la belleza física marchitada, sino que ataca con
crueldad el recuerdo de la belleza perdida:
Aquélla que
con sus cuartos
feriaba sin
limitar
hoy ni una
cuarta de cuarto
se le
presente en su edad.
Aquélla que
supo a muchas
cofradías
arrastrar,
hoy, sola,
sin tener otra
que la de su
soledad. (MS. de Chile, folio 31)
Las virtudes morales y
espirituales de la mujer fueron otro de los temas que el Ciego tomó muy en
cuenta para sus poemas, tanto en la poesía lírica como en la satírica. La mujer
no blanca es presentada como un ser amoral, escasa de espiritualidad y colmada
de defectos. Por otro lado, la mujer
blanca es representada como la compañera, esposa y madre ideal; la perfila como
un ser colmado de virtudes morales, espirituales y digna de ser parte de la
sociedad colonial. En el romance
dedicado a su mecenas y en donde hace referencia a la esposa de este dice lo
siguiente:
Este el
verdadero origen
de las que
llaman familias,
centro
cierto de la paz
y toda buena
armonía.
De este bien
inacabable
y de esta
noble alegría
gozas,
hermosa Mariene
por influjo
de tu dicha.
.............
Y dichosa tu
Mariene
que tan bien
prole crías
y cual otra
mujer fuerte
te desvelas
por sus dichas, (Vargas Ugarte, Obras...,
101-102)
La infidelidad es otro de los vicios que el Ciego ataca duramente
a través de su poesía satírica, y otra vez es la mujer no blanca la responsable
de cometer este vicio. El hombre es la víctima de la infidelidad femenina y en
ningún momento considera al hombre como el posible responsable de la
infidelidad en la pareja. Incluso presenta el caso en donde el hombre es
engañado al aceptar como hijos suyos niños concebidos en relaciones que la
mujer tuvo con otros hombres, le hacen creer que el niño es prematuro, siendo
la realidad que cuando inicio sus relaciones con la mujer, ésta ya estaba
embarazada.
Cuál dice
que a fulanita
de un todo
está manteniendo
sino el
señor Dn. Sutano
juzgando
suyo el terreno.
Pero que si
este supiera
cuantos
salen y entran dentro
afectando
relaciones
para suponer
derecho.
La echaría a
noramala
y fuera
dictamen cuerdo
porque no es
razón que cueste
el ser
cornudo dinero.
.....
Guay, niña,
qué estás creyendo
la farándula
no sabes
que tiene
adelantamiento.
Mira al Señor
D. Fulano
sin ser
Saturno, lo han hecho
tragar hijo
que no tiene
ocho meses
de concepto. (Vargas Ugarte, Obras...,
18)
En la
poesía satírica el amor se convierte en un sinónimo de sexo, considerado como
un vicio por la Iglesia al no ser practicado dentro de la ideología católica
del matrimonio y como función reproductora. El amor al que se refiere Castillo
al satirizar a las mujeres, nada tiene que ver con el que menciona en su poesía
lírica, aquí se le presenta como un simple acto sexual, lleno de bajas pasiones
y cuyos protagonistas representan los vicios de la sociedad.
A través de la poesía colonial peruana se aprecia que la percepción y representación de la mujer se concentró en dos polos aparentemente opuestos: la idealización de la figura femenina en la poesía lírica y su degradación en el discurso satírico. Castillo cultivó ambas tendencias en su obra poética, creando un discurso unitario y coherente, los cuales se complementaron y formaron parte de un mismo programa poético en donde expuso su visión de la mujer ante la sociedad que vivía, y creó un discurso que justificaba el ataque a la mujer dentro de los paradigmas creados por el poeta.
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