The South Carolina Modern Language Review |
Volume 4, Number 1 |
La Odisea del Doctor Knox
by Reyes E. Flores
A
las seis de la mañana en punto empezó a sonar la campanilla escandalosamente.
Por debajo del cerro de cobijas que se levantaba sobre la cama del Dr. Knox,
éste deslizó su pequeña y fina mano, estiró el brazo hasta el buró sobre el que
se encontraba el reloj y oprimió el botón silenciador. Pero luego volvió a
meterlo bajo el bulto, y ahí permaneció todavía algunos minutos más, pues su
cuerpo le pesaba toneladas y sentíase muy débil, tan débil como si hubiera
recibido un duro golpe en la mandíbula.
En
condiciones semejantes recupera la conciencia todas las mañanas el Dr. Knox,
porque su sueño es negro y profundo como el abismo, y porque, de no haber sido
inventado el reloj despertador, él dormiría lo mismo una hora que un siglo. No
está de más agregar aquí que, aunque en el sueño el doctor jamás conoció
lugares paradisíacos, ni criaturas fantásticas, ni peligros ni amores que
dieran un sentido de aventura a su existencia, solía afirmar –-y decíalo
entrecerrando sus ojitos insignificantes, como quien saborea un exquisito
placer--, que lo que más le gustaba en esta vida, era dormir... detalle en
verdad curioso en un individuo asiduo a la exploración del universo y al
análisis de las fuerzas que determinan al movimiento de los astros...
En
fin, luego de hacer a un lado el cerro de cobijas que lo cubría, nuestro hombre
de ciencia se despereza estirando los brazos al aire y bostezando ampliamente,
para después sentarse en la orilla del colchón y apagar la lámpara pequeñita
que empotrada en la cabecera de su cama vela noche tras noche su sosegado
sueño, ¡cándida precaución que desde niño toma el doctor ante la posibilidad de
un súbito despertar a media noche!
Repentinamente
se ha disgustado al recordar que hoy tendrá que caminar poco más de cinco
cuadras para llegar al Instituto, pues el día de ayer, de forma sorpresiva y
por demás traicionera para el señor científico, su automóvil no quiso
funcionar, no obstante la reiterada orden y el desesperado puntapié a que se
hizo merecedor: el caso es que la obstinada máquina aún se encuentra en el
taller, y ahí será retenido, según lo anticipó el mecánico, por lo menos hasta
la semana próxima, "será una larga caminata... maldito mecánico... ¡vaya
un tipo inútil!..." --murmura entre dientes.
Todo
el tiempo que el doctor Knox emplea en bañarse, vestirse, peinarse y prepararse
un desayuno que invariablemente es simbólico (esto último debido al desdén que
siente hacia los placeres de la mesa, el cual tiene su origen en la convicción
de que el arte culinario es cosa superflua por no tener parentesco alguno con
la ciencia de la cosmografía), su mente ha estado ocupada en un proyecto que se
le ha ocurrido a raíz del desperfecto que sufrió su automóvil: se propone idear
un vehículo de transporte que tenga la particularidad inaudita de funcionar,
pese a cualquier descompostura y sin necesidad de maniobra alguna, bajo la
exclusiva voluntad del hombre; es decir, que deberá bastar ordenarle a la
máquina con el pensamiento “llévame acá, llévame allá”, para que ella así lo
haga.
Y
no abandona tan audaz idea hasta que, al salir de su casa, los campanazos de la
iglesia de La Trinidad llaman a misa a los cofrades, y las ondas sonoras --pues
no son otra cosa lo que oye el entusiasta científico-- agitan el aire matutino
y lo distraen de sus pruebas de hipótesis. Entonces se queda quieto y estira el
cuello para atrapar las ondas con el oído, a la manera de los receptores de
microondas. Luego, hace un ademán de enfado y entre dientes murmura, a la vez
que se alisa el bigotillo de medio punto con el índice de su mano izquierda:
"¡bah!, no saben ni una décima de acústica... y creen que la Verdad está
escrita en un libro sagrado... gente rara..."
Es
un hermoso día de primavera; ríe la mañana a la luz de un sol esplendoroso; el
cielo ha pulido su mejor azul y multitud de flores salpican las plazuelas y los
parques. Al cruzar por la Alameda camino del colegio, los jóvenes enamorados
han arrojado los libros al césped y se han sentado en una banca a contemplar
abrazados el temblor susurrante de los álamos y lanzar un que otro suspirillo
al viento. Pero la figura breve y singular del doctor les rompe el encanto,
pues aparece repentinamente por la calzada resonando los duros taconcillos de
sus zapatos y escudriñando a través de sus lentes --casi dos lupas-- el cielo
entre las copas de los árboles, los cuales se le representan como nubarrones
que en montón se avecinan presagiando tormenta inminente: "maldita sea,
debí haber traído mi paraguas..." --murmura entre dientes el doctor. Y así
lo ven pasar frente a ellos, e imaginan los novios que se ha de tratar de algún
extraviado que busca su camino por los cielos, y lo siguen con mirada atenta,
pues el rítmico balanceo de la figurilla que se aleja les simpatiza y los hace
sonreír.
El
doctor Knox ya ha cruzado la Alameda y ahora se le ve llegar a una de las
incontables esquinas de la moderna ciudad en que vive. Frente a él corren
veloces por la Avenida Revolución cientos de automóviles y camiones que se
alcanzan y rebasan unos a otros haciendo ruido ensordecedor. Se detiene, voltea
nerviosamente a un lado y a otro, se balancea indeciso hacia adelante y hacia
atrás, y, acto seguido, se lanza a cruzar la calle corriendo desaforado como un
perseguido: ¡doctor! ¡espere! ¡espere! ¡el semáforo aún no da el pase a los
peatones! ¡cuidado!, el doctor es un bailarín extravagante que danza en medio
de la transitada avenida; nunca se hubiera sospechado que aspecto tan
quebradizo escondiera tan prodigiosa elasticidad; ¡y mire usted como hace su
acalorado berrinche y gesticulando manda al diablo a ese destartalado camión!,
"maldita chatarra..." Doctor, escúcheme con atención y atienda mi
consejo: milagrosamente ha alcanzado usted la otra orilla sin perjuicio de su
persona (aunque es de suponer que sus ilíacos no se encuentran muy bien
articulados), pero en adelante debería ir más alerta con lo que acontece a su
alrededor, pues, si vuelve a exponerse a algún otro peligro por imprudencia,
quizá la caprichosa Fortuna no quiera favorecerlo otra vez... Pero ¿qué hace
ahora? ¡ah, agita el puño en alto a los pajarillos que trinan posados en el
hilo telefónico!: es que el concentrado científico se ha sentido ofendido por
las risas, ¡ah! esos pájaros deberían saber quién es el doctor Knox y no ser
tan irreverentes, porque ¿qué tal si encuentra el guijarro que ahora busca con
ansia y se lo arrima con la fuerza y puntería que le infunde la antipatía que
desde niño siente por las aves? Afortunadamente para ellos no hay piedra por
los alrededores y él continúa su camino calle abajo murmurando un largo y
rapidísimo catálogo de adjetivos poco decentes dirigidos a todos los plumíferos
del mundo.
Como
el doctor no sabe guardar rencores y su ánimo es muy propicio al cambio, pronto
olvida el mal rato que ha pasado y se concentra de nuevo en el artefacto
prodigioso que se ha propuesto inventar. Camina pausadamente; lleva las manos
cogidas en la espalda; la mirada puesta en la punta de sus ajados zapatos de
charol, y la cabeza, grande como la de todos los pensadores, saturada de
fórmulas y ecuaciones algebraicas. Y lo ven pasar, sin que él ni siquiera se
percate de su presencia, un mendigo trémulo que le extiende su mano sucia; un
borracho renegrido que llora recargado en una esquina y la rosa que se marchita
en el jardín.
Insisto,
doctor: sería bueno que fuera un poco más avizor con el mundo en que vive,
porque, si bien sus cálculos y razonamientos pretenden dar un importante avance
a la Ciencia, y por ende aportar beneficios invaluables a la Humanidad, quizá
no sean nada ventajosos para su seguridad personal... esto porque nunca debe
descartarse una posible traición fraguada por la pérfida Fortuna... a la vuelta
de la esquina... ¡eah! ¡ahí está! ¡atención doctor! ¡todo ojos! ¡todo oídos!,
porque no en balde ha de estar ese letrero en el cerco que lo previene de la
ira perenne de ese bull-dog que no quiere que nadie pase por la banqueta de su
casa...¡vaya un salto! ¡por poco lo prende entre el cerco! ¿Vieron qué
agilidad? Indudablemente el doctor tiene mérito: sus facultades físicas son tan
admirables como las de su intelecto... vamos, doctor, no pierda otra vez la
compostura y ya deje de tirar patadas al perro, que el animal no sería capaz de
saltar tan elevado cerco! ¡déjelo, déjelo! "maldito cuadrúpedo...
estúpido, ni siquiera sabe leer..." --murmuró el doctor entre dientes.
¡Ignórelo,
doctor¡ ¡olvide al perro!, pero no pierda de vista a esos chiquillos que han
arrojado sus cuadernos a la banqueta para ponerse a jugar al fútbol en media
calle, porque es de suponer que no suspenderán las acciones en aras del
vehículo maravilloso que su inteligencia ha de crear; ¡mejor aléjese! ¡aléjese
pronto del lugar!, que ese pequeño calavera de camiseta rayada ya se dispone a
tirar a gol... ¡agáchese, agáchese!, ¡el disparo lleva lumbre! ¡alerta!
Consecuencia de la acción: el futuro estrella del deporte corre a todo lo que
da con los brazos abiertos en alto gritando "¡goooool!¡gooool!", y
sus compañeros de equipo, haciendo gran algarabía, lo persiguen y alcanzan para
felicitarlo efusivamente, mientras el hilo de los razonamientos del doctor ha
sido cortado dolorosamente por un seco balonazo en el cerebro que lo ha hecho
trastabillar aparatosamente:"malditos críos..., el vulgo no puede comprender
nuestra elevada misión" --murmura entre dientes el doctor.
Al
fin, y de forma repentina e inesperada, el tenaz científico ya se encuentra a
dos pasos del Instituto. Instantáneamente, los percances que ha sufrido en el
camino han quedado en el completo olvido, al grado que podría decirse que para
él jamás sucedió cosa alguna que lo molestara.
Ha llegado a su puerto y siente en su pecho una alegría análoga a la del
bienaventurado que llega a las puertas del paraíso. Al entrar al Templo de la
Ciencia, tomará con ambas manos la antorcha del Progreso y la portará en alto,
con el pecho expandido, y erguido como faro que alumbrara el mar de tinieblas
en que navega el género humano.
Si
el doctor subiera al séptimo piso del Instituto de Ciencias Físicas y Cosmográficas,
que es donde se localiza su cubículo y los de sus colegas, por las escaleras,
haría un gran favor a los músculos de sus frágiles piernas, pero está fatigado
por la larga caminata que ha hecho; así que siguiendo su ya inveterada
costumbre de ahorrar tiempo y esfuerzo, ha entrado al edificio y acaba de
oprimir el botón del ascensor. Y espera, satisfecho y orgulloso de las
facilidades de vida que sus congéneres han sido capaces de aportar a la
Humanidad, a que llegue la cápsula metálica y le abra sus puertas para,
gustoso, introducirse en ella.
Como el doctor, mientras llegaba el elevador había vuelto a entregarse a sus imaginaciones y raciocinios sobre la máquina que lo inmortalizará, y llenado en un dos por tres su cabeza de leyes físicas, de cálculos matemáticos y una que otra idea relativa al hipnotismo, se ha distraído tanto que no ha podido maliciar que al abordar el ascensor podría exponerse a grave peligro (razón por la cual algunos niños nunca se subirían a un aparato de esos a no ser en compañía de su padre o su madre). Es hasta que ya está dentro de la caja y ha oprimido el botón que tiene dibujado el número siete en el tablero, cuando el ascensor ya ha cerrado sus puertas y nadie más que él está encerrado ahí; cuando escucha, o cree escuchar, vagamente, el chirrido que producen los cables y las poleas que no sabe adónde lo llevarán; es hasta entonces que al doctor lo asalta la sensación de haberse metido en las fauces de un monstruo que no tardará en devorarlo. Le da un vuelco el corazón y le sube un escalofrío por todo el cuerpo; entonces se apresura a oprimir el botón que haría regresar al artefacto y abrir las fauces del monstruo, pero la máquina no obedeció la voluntad del científico, y al doctor ahora no le queda más que esperar a que los botones que corresponden a los pisos dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete, se vayan encendiendo uno a uno a medida que la cápsula metálica vaya subiendo sin contratiempo alguno. Y observa con ojos desorbitados que, muy lentamente, tardando cada vez más, como si un ente malévolo quisiera atormentarlo, uno a uno los botones de los pisos tercero, cuarto, quinto y sexto se han ido encendiendo, sin que por ello disminuya en un ápice la ansiedad que lo enmudece y le endurece el cuerpo. Ahora la máquina se ha detenido, antes de llegar al séptimo piso, y el doctor poco a poco se ha ido encogiendo hasta quedar hecho un ovillo en una esquina del reducido recinto. El foco que iluminaba el elevador se ha apagado y, casi simultáneamente, los focos del tablero han hecho lo mismo para completar la oscuridad. El ascensor ha empezado un veloz e interminable subir y bajar, sin llegar del todo a la planta baja ni al último piso del edificio y nuestro doctor está ahora con la cara escondida entre las manos, suplicando a intervalos con su vocecilla quebrada: "sáquenme de aquí... por favor, sáquenme de aquí..."
FIN