The South Carolina Modern Language Review |
Volume 5, Number 1 |
Manuela Sáenz
en la literatura hispanoamericana contemporánea
by Consuelo Navarro
Virginia State University
Manuela Sáenz es un personaje que está
presente no sólo en la historia del Ecuador, sino en la de toda Hispanoamérica.
Su nombre ha sido recogido por la historia como “La Libertadora del
Libertador”, Simón Bolívar, pues le salvó la vida en varias ocasiones.
Particularmente notoria fue la noche del 25 de septiembre de 1828, en que
—luego de ayudarlo a escapar— enfrentó sola a sus enemigos, quienes penetraron
a la fuerza en su habitación para asesinarlo. Sin embargo, Manuela Sáenz tiene
su propia historia. Su vida está rodeada de ambigüedad, desde su nacimiento
hasta su muerte, por lo que se presta a la fabulación. Episodios de la vida de
Manuela han constituido material para escritores y poetas de Ecuador, Colombia,
Perú, Chile, Cuba, Venezuela, Argentina, México y los Estados Unidos. Sobre
ella existe una extensa bibliografía en la cual figuran seis biografías, ocho
novelas, dos obras de teatro, dos guiones de cine, cerca de una docena de
poemas, tres estudios de su correspondencia, dos largometrajes
cinematográficos, una serie televisiva, y un número muy significativo de
artículos periodísticos y ensayos de carácter histórico.
Manuela Sáenz nació en Quito a principios
de 1797, según su más conocido biógrafo, Alfonso Rumazo González. De acuerdo a
Galo René Pérez habría nacido en diciembre de 1795. Galo René Pérez asegura que
no hay rastros de fe bautismal ni de ningún otro documento en los archivos de
la familia ni en las iglesias de Quito o de los pueblos circunvecinos (42). Y,
según anota Carlos Alvarez Sáa en su intento de recrear a Manuela, 1795 sería
también el año de su nacimiento.
Manuela fue hija ilegítima de don Simón
Sáenz de Vergara, español y Regidor del Cabildo de Quito y Doña Joaquina
Aizpurru, dama criolla. Vino al mundo fruto de una unión ilícita, pues don
Simón era casado con la dama payanesa, doña Juana María Campo Larrahondo y
Valencia. En condición de bastarda pasó del monasterio de la Concepción al de
Santa Catalina, para ser educada por las monjas. Allí aprendió las primeras
letras, y también a coser, bordar y preparar dulces, habilidades que, acabados
sus días de gloria, la ayudarían a asegurar su diario sustento.
La figura de su madre tampoco está exenta
de contradicciones, de acuerdo a las biografías existentes. Según Rumazo
González, Doña Joaquina Aizpurru muere en 1820, esto es tres años después del
matrimonio de Manuela con el comerciante inglés James Thorne. Según Carlos Alvarez
Sáa, su fallecimiento ocurre en 1796, y a raíz de este hecho Don Simón habría
llevado a su hija a vivir con su familia luego de que la niña permaneciera cuatro años en el Monasterio de
Santa Catalina. En tales circunstancias mantuvo contacto con sus medio hermanos
y llegó a establecer una buena relación afectiva con uno de ellos, José María.
Años más tarde lo persuadirá para que se una, junto con el batallón realista
“Numancia”, a la causa de la independencia americana.
Todas las referencias a Manuela destacan
que se trataba de una experta amazona. Adquirió su habilidad con el caballo en
Catahuango, la hacienda de su madre, situada cerca de Quito, donde pasaba el
tiempo en compañía de sus fieles esclavas Jonatás y Nathán. El papel de Jonatás
como confidente, amiga y guía de Manuela ha sido recreado en Jonatás y Manuela, novela de la escritora ecuatoriana Argentina
Chiriboga, publicada en 1994.
Durante su vida adulta Manuela cambia
muchas veces de residencia. Vive en Quito hasta el año de 1817 en que parte
hacia Lima para casarse con James Thorne, luego de haberse comprometido con él
en Panamá en 1816. El matrimonio, con este hombre que le aventajaba en edad,
fue concertado por Don Simón Sáenz para salvar el honor de su hija, quien se
había escapado del Monasterio de Santa Catalina con el oficial realista Fausto
D’Elhuyar.
Durante su primera permanencia en Lima,
de 1817 a 1822, Manuela traba amistad
con la guayaquileña Rosita Campusano y ambas colaboran con la causa de
la independencia americana en calidad de espías. En 1822, Manuela retorna a
Quito con su padre a fin de reclamar su herencia materna. Este viaje coincide
con la batalla del Pichincha que sella la independencia del Ecuador el 24 de
mayo de 1822, y también con la llegada de Simón Bolívar a Quito el 16 de junio
del mismo año. Bolívar y Manuela se conocerán en el baile de la victoria y, a
partir de ese momento, se mantendrán unidos salvando enormes dificultades. Esta
unión durará hasta la muerte de Bolívar en 1830.
Manuela vuelve a Lima en 1823, no sin
antes sofocar un levantamiento contra Bolívar en Quito, en el mes de
septiembre. Por primera vez se viste con uniforme militar y maneja la espada y
la pistola. En adelante, usará bigote postizo, se perfumará con agua de verbena
y fumará cachimbo incluso delante de Bolívar, quien no permitía que nadie
fumara en su presencia. A su regreso a Lima, se ha incorporado al ejército con
el grado de húsar y es la encargada del Archivo Secreto del Libertador.
Separada de su marido, permanence en esta ciudad hasta 1827. Participa junto a
Bolívar en la batalla de Junín, el 6 de agosto de 1824, y es ascendida a
capitán de húsares. Tiene, asimismo, una actuación destacada junto a Sucre, en
la batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824, a raíz de la cual obtiene el
grado de coronel del ejército colombiano.
A finales de 1825, y atendiendo al
llamado de Bolívar, viaja a Chuquisaca (hoy Sucre) para conmemorar junto a él
el nacimiento de la nueva república de Bolivia. Vuelve a Lima y es expulsada
del Perú luego de fracasar en su intento de sofocar un levantamiento contra
Bolívar en 1827. Bolívar, mientras tanto, había partido a combatir la rebelión
liderada por José Antonio Páez en Venezuela.
A principios de 1828 Manuela llega a
Bogotá. Reside en la Quinta de Bolívar, en el Palacio de San Carlos y
posteriormente en su propia casa. A partir de 1828, la atmósfera política se
torna aún más conflictiva. Entre el 9 de abril y el 10 de junio del mismo año
se celebra la Convención de Ocaña, la convención nacional en la cual se buscaba
reorientar el destino de la Gran Colombia hacia nuevos rumbos político
administrativos. Asisten representantes de Venezuela, Cundinamarca, Ecuador y
Panamá. Los representantes presentan dos proyectos de reforma a la constitución
de Cúcuta (1821): el de los federalistas y el de los centralistas. El grupo
bolivariano defiende la reforma constitucional, de tendencia centralista, la
cual sostenía la necesidad de un Ejecutivo poderoso para la defensa de la
unidad nacional. Los bolivarianos proponen un gran poder político para el
presidente de la república, quien sería elegido para un período de ocho años,
tendría derechos para ser colegislador y podría hacer uso de facultades
extraordinarias en tiempo de guerra y en las reuniones anuales de las asambleas
departamentales. No es sorprendente que en su seno surjan los enfrentamientos
entre los partidos políticos y los grupos personalistas. En el Acta del 10 de
junio de 1828 se protocoliza la disolución de la Convención de Ocaña. El grupo
bolivariano se retira, expresando esta acción como un deber para “salvar a la
patria”. Los diputados partidarios de Santander protestan contra la resolución
de los bolivarianos, considerada como contraria a los intereses de la nación
colombiana. Así fracasó la Convención y se abrió el camino para la dictadura,
la crisis y la desintegración de la Gran Colombia, ese gran estado nacional que
se había convertido en el sueño político de Bolívar.
La vida y la seguridad del Libertador
están, cada vez, en situación más frágil. La ya referida noche del 25 de
septiembre en que Manuela le salvó la vida, viene seguida del perdón que
Bolívar le otorgó a Santander al conmutarle la pena de muerte por la de
destierro, a pesar de haber sido él el instigador del intento de asesinato.
Manuela no había sido tan generosa cuando, tiempo atrás, en una fiesta en la
“Quinta de Bolívar”, ella y varios amigos hicieron un muñeco de trapo al que
pusieron un letrero que decía, “Francisco de Paula Santander muere por
traidor”. Lo colocaron contra una de las paredes de la quinta dando la espalda
a la concurrencia, le prestaron los debidos auxilios espirituales y, enseguida,
un pelotón del batallón “Granaderos” procedió a fusilarlo, disparando sus
rifles en medio de los aplausos de los invitados (Rumazo González 183).
Santander nunca perdonó la ofensa y, llegado el momento, ejercería su venganza.
Cuando en 1830 Bolívar parte al exilio,
Manuela permanece en Bogotá trabajando por su causa. En 1834, desterrada por
Santander, se dirige a Jamaica. Santander la había acusado de participar en una
conspiración que debía estallar la noche del 23 de julio de 1833. El 1º de
enero de 1834 se le extendió un pasaporte y se le dieron trece días para
abandonar Colombia.
Desde Jamaica, Manuela solicita al
general Juan José Flores, primer presidente del Ecuador, un salvoconducto para
volver a Quito. En posesión de este documento, intenta el regreso en 1835 para
ser nuevamente desterrada por Vicente Rocafuerte, quien sucedió a Flores en la
presidencia. Rocafuerte teme que el regreso de Manuela a Quito sea para vengar
la muerte de su hermano José María, acaecida en 1834 mientras combatía contra
el gobierno. Manuela obedece la orden de Rocafuerte de regresar a Guayaquil. Se
dirige entonces al puerto ballenero de Paita, en Perú. Allí vivirá hasta su
muerte en 1856. En 1837 recibe permiso para regresar a Ecuador, pero para ese
entonces ha decidido no retornar a su país.
En Paita vive en la pobreza. Elabora
dulces y bordados y vende tabaco. Se rodea de los animales que siempre
estuvieron entre sus predilectos: los perros, a los cuales bautiza con los
nombres de sus enemigos: Santander, Páez, Padilla, Lamar, etcétera. Depende de
las gestiones de sus amigos, a quienes solicita ayuda para recuperar su parte
de la herencia de su madre. Le resulta igualmente infructuoso conseguir la
devolución de los ocho mil pesos de su dote, después de la muerte de su marido.
Una caída la deja paralítica y confinada
a un sillón. De vez en cuando recibe visitas de hombre ilustres. Continúa
correspondiéndose con el General Juan José Flores informándolo de los
movimientos de sus enemigos en Paita y pidiendo constantemente noticias del
Ecuador. La muerte la sorprende el 23 de noviembre de 1856, luego de que un
barco ballenero atracara en Paita llevando consigo a un marino enfermo de
difteria. La epidemia se expande matando a una de sus esclavas y finalmente a
la propia Manuela. Para evitar la expansión de la epidemia, el gobierno ordena
que sus pertenencias sean incineradas y su cuerpo enterrado en una fosa común.
Gracias a la intervención del General Antonio de la Guerra, se logró salvar el
cofre que contenía su correspondencia con Bolívar y otros papeles, los
cuales fueron entregados más tarde al
gobierno de Colombia. Parte de ellos reposa en museos, centros de investigación
histórica, bibliotecas y colecciones privadas. Los demás han desaparecido, como
despareció el cementerio donde reposaban sus huesos.
Así, sin residencia en la tierra, nos la
entrega Pablo Neruda en su poema “La insepulta de Paita” (1961), en cuyos
tiernos versos expresa su desilusión por la búsqueda inútil de sus restos:
Así,
tal vez desnuda, paseas con el viento
que
sigue siendo ahora tu tempestuoso amante.
así
existes ahora como entonces: materia,
verdad,
vida imposible de traducir a muerte
¿quién
está besándola ahora?
no
es ella. No es él. No son ellos.
es
el viento con la bandera.
Tú
fuiste la libertad,
Libertadora
enamorada.
Gabriel García Márquez también retoma la
figura de Manuela enamorada. En El
general en su laberinto (1989), ella es:
La aguerrida quiteña que lo amaba [a
Bolívar], pero que no iba a seguirlo hasta la muerte (13), que se impuso con
una determinación incontenible y sin los estorbos de la dignidad, pero cuanto
más trataba de someterlo más ansioso parecía el general por librarse de sus
cadenas (155). Así que cuando volvió al Perú persiguiendo al amor de su vida no
tuvo que aprender nada de nadie para sentar sus reales en medio del escándalo
(156). Además, era quien le refería la letra menuda de la política, las perfidias
de salón, los augurios de los mentideros, y él tenía que escucharlos con las
tripas torcidas, aunque le fueran adversos, pues ella era la única persona a
quien le permitía la verdad (31).
Otras referencias a Manuela incluyen el
atentado contra Bolívar la noche del 25 de septiembre, así como varios pasajes
que hablan de la dignidad con la que encara a la adversidad una vez muerto el
Libertador. Todo esto no impide que reciba el juicio masculino sobre su
conducta sexual: “Manuela se impuso a
Bolívar sin los estorbos de la dignidad”. Este juicio no escapó a María
Mogollón y Ximena Narváez, a cuyo decir, la actuación política de Manuela en El general en su laberinto, queda
reducida a guardiana de los archivos y confidente del Libertador (115).
La caracterización de Manuela por García
Márquez es indudablemente de un calibre ético más alto que la del venezolano
Denzil Romero, quien publicó La Esposa
del Dr. Thorne en 1988. Romero transforma al personaje en una mercancía de
fácil consumo (Mogollón y Narváez 157). La caracteriza como ninfómana,
incestuosa, lesbiana, aficionada a la bebida y hasta propensa al bestialismo.
Muestra su amistad con Rosita Campuzano como una relación lésbica en la cual
Rosita hacía de Ella-Ella y Manuela de Ella-El. Sus relaciones con hombres
incluyen no sólo a D’Elhuyar, Bolívar y Thorne, sino al paje de éste, a varios
subalternos de Bolívar e, inclusive, a la tropa del general.
Esta obra tuvo cuatro ediciones en apenas
dos años. Sin embargo, cabe recordar que suscitó grandes debates a nivel
internacional, pues fue criticada desde varios ángulos: histórico, literario,
médico y ético. En el mismo año, el entonces Embajador de Venezuela en Ecuador,
Dr. Arturo Valero Martínez, junto con el periodista ecuatoriano Carlos Calderón
Chico, editaron una colección de artículos titulada Defensa de Manuela Sáenz, la Libertadora del Libertador.
En 1989, el ecuatoriano Humberto Vinueza
publica “Bolívar y Manuela”, recogido en su libro Poeta, tu palabra. Vinueza escribe un poema épico, que es un canto
a dos voces. Parafraseando a Bolívar en una de sus cartas a Manuela “sólo el
orgullo de habernos vencido será nuestro consuelo”, yo diría que el texto de
Vinueza plantea que sólo el orgullo de haberse conocido será el consuelo de
ambos.
Amo
tu desnudez,
tu
atuendo fálico de fiesta,
tu
estatura sucinta.
Amo
nuestro placer en tu lucidez,
nuestra
inocencia en tu fantasía,
nuestra
dignidad en tus rodillas.
Son
las palabras de Manuela. La respuesta de Bolívar no es menos sincera:
Yo
creo para ti
palabras
que serán imitadas
por
los poetas de mañana:
sólo
el amor a la gloria deja rastro.
Esta
es tu belleza, Manuela.
Durante los noventa y a principios del
2000, nuevas voces se suman a la revisitación de Manuela dentro del marco
literario del post-boom. Para esta época, muchos de los escritores del “boom”
han retomado el relato, es decir se preocupan menos por la experimentación.
También surgen nuevos escritores y nuevas tendencias; las mujeres incursionan
más abiertamente en la literatura y, con ello, el tratamiento de los personajes
femeninos adquiere mayor relevancia tanto en la pluma de los escritores cuanto
frente a la crítica. La novela histórica abre nuevos caminos en el uso de la
técnica literaria y el diálogo con la historiografía en obras con El arpa y la sombra (1979) de Alejo
Carpentier, La guerra del fin del mundo
(1981) de Mario Vargas Llosa y El general
en su laberinto (1989) de Gabriel García Márquez, para sólo citar unas
cuantas. La nueva novela histórica latinoamericana está lejos de los postulados
positivistas del siglo XIX; por el contrario, participa en una discussion sobre
la función de la ciencia histórica, cuestiona la posibilidad del conocimiento
histórico objetivo y contribuye a redefinir los objetivos, metodología y
lenguaje de la historiografía (Grinberg Pla 2).
Resumiendo: el interés de los escritores
en hurgar en la historia latinoamericana, el surgimiento de nuevas voces
narrativas femeninas, el cuestionamiento del papel tradicional de la mujer
desde la década de los ochentas mediante los movimientos de mujeres en América
Latina, la incorporación de las técnicas cinematográficas en la novela así como
el uso de elementos de la cultura ‘pop’ y la celebración del bicentenario del
nacimiento de Manuela Sáenz (para algunos en 1995, para otros en 1997),
alimentan el marco socio histórico en el cual surgirán las novelas que
comentaré a continuación.
Antes de entrar a los textos, quisiera
destacar que sus autores se han apoyado, cada uno en diverso grado, en las
fuentes biográficas más conocidas sobre Manuela, esto es Manuela Sáenz La Libertadora
del Libertador, de Alfonso Rumazo González, cuya primera edición data de
1944; Las cuatro estaciones de Manuela.
Los amores de Manuela Sáenz y Simón Bolívar, de Víctor von Haguen,
publicada en Boston en 1952, cuya primera versión en español es de 1967, y Manuela. Sus diarios perdidos y otros
papeles. Esta última es una compilación realizada en 1995 por Carlos
Alvarez Sáa y Rodrigo Villacís Molina. En enero de 1993 Editorial Diana de
México había publicado Patriota y amante de usted, compilación también
dirijida por Carlos Alvarez Sáa en la cual figuran dos diarios (uno de Quito y
otro de Paita), los cuales han sido considerados apócrifos por varios
historiadores a nivel internacional. Ello no ha obstado para que Silvia Miguens
los haya utilizado para escribir su novela La
gloria eres tú.
Entre los novelistas que han escrito
sobre Manuela Sáenz en los últimos quince años figuran el ecuatoriano Luis
Zúñiga, la mexicana María Eugenia Leefmans y la argentina Silvia Miguens. Las
tres novelas representan a Manuela desde el exilio en Paita, ya despojada de su
gloria.
En Ecuador, Manuela, de Luis Zúñiga, Premio Nacional Joaquín Gallegos Lara
1991, es el segundo intento novelesco por abarcar la figura de Manuela Sáenz.
El primero fue La Caballeresa del Sol,
de Demetrio Aguilera Malta, publicada en 1964. Según María Mogollón y Ximena
Narváez, la Manuela de Aguilera Malta es una amante-mártir que sufre por la
ausencia de Bolívar. Lo comprende y lo alienta en sus partidas, no protesta, ni
reclama. Y, muy por el contrario, se mantiene a la espectativa de su retorno
(112).
Manuela tiene una estructura tradicional de
narración lineal. Los capítulos están organizados en forma de memorias en
cuatro volúmenes. Estos son rescatados del fuego por La Morito, una esclava de
Manuela, quien los entrega a la biblioteca del pueblo. No se distinguen mayores
innovaciones técnicas en la narración. Las etapas de la vida transcurren
normalmente: niñez, adolescencia, juventud, edad madura y vejez. Asimismo
transcurren los episodios de su vida: el convento, Fausto D’Elhuyar, el
abandono después de la seducción, el viaje a Panamá, James Thorne, la boda, la
vida en Lima, Rosita Campusano, San Martín, la vinculación con el movimiento
independentista, el batallón Numancia, la Orden del Sol, las desavenencias con
su marido, la visita de su padre, el regreso a Quito, Simón Bolívar y así por
el estilo. Cada capítulo comienza con un encabezamiento en el cual se detalla
el propósito de la entrada. En el primero, Manuela justifica su escritura como
quehacer en medio de la soledad. Dice que escribe para distraerse y que lo hace
con sinceridad pues escribe para sí misma. Su deseo es que los manuscritos sean
incinerados a la hora de su muerte.
Manuela es un intento de mostrar
pormenorizadamente al personaje. La voz de Manuela Sáenz abre la narración con
un lamento: “A la vejez, ahora que me
siento tan sola, desgraciada, llena de privaciones y en una postración casi total,
simplemente me propongo escribir algo de mi vida” (5). Lo encomiable del
intento radica en la nota al lector, que figura al final del texto. Por ella
sabemos que Zúñiga se hizo la pregunta ¿cómo revivir un personaje considerando
la distancia temporal que media entre el autor y los hechos históricos del
pasado? (193). En respuesta, el escritor nos muestra que le preocupaba el
criterio de objetividad, que su intención era la de enfatizar la fortaleza y el
encanto del carácter de Manuela, así como la extenuante lucha ideólogica y
política que ella sostuvo en el transcurso de su vida. Su empeño en revivir “el
discurso de una mujer del pasado” lo llevó a visitar Catahuango, la hacienda
donde Manuela pasó sus primeros años, pues quería imbuirse de su espíritu. El
ventarrón que se desata durante su visita le provoca emociones que Zúñiga
cataloga como “poco explicables en términos racionales” (194). Asocia estas
sensaciones con la presencia de Manuela, quien ahora lo estimula en su
quehacer. Continúa hurgando en escrituras, manuscritos y documentos, hasta
concluir su trabajo.
El siglo XXI abre con la publicación de La gloria eres tú. Manuela Sáenz
rigurosamente confidencial, de la argentina Silvia Miguens, que sale a la
luz en una primera edición en Buenos Aires, por Editorial Planeta en el año
2000. El título de esta novela ha sido retomado de la famosa canción del grupo
uruguayo “Los Iracundos”, muy en boga en los años 70. La novela obtiene dos
ediciones más en el corto lapso de un año, esta vez por Ediciones Aurora de
Bogotá. En su tercera edición, la editorial colombiana promueve La gloria eres tú como “un cuadro vivo
de la perpetua rebeldía de la mujer latinoamericana, que sigue batallando por
siglos, contra las infinitas trampas del olvido”.
El texto se inicia con un epígrafe de
Dulce María Loynaz, en cual aparece sintetizado el proceso de creación de un
personaje femenino. La narración de la historia empieza cuando el ballenero
Acushnet se aproxima a Paita. Los marineros se han amotinado y Herman Melville
ordena que se dirijan a tierra. Melville es huésped de Manuela, quien actúa
como mediadora en el conflicto. Cuando el barco parte, Manuela vuelve a quedar
sin un acompañante con quien departir hasta que recibe las visitas de Garibaldi
y Simón Rodríguez. Con la partida de sus visitantes, se siente consumida por el
aburrimiento y la modorra. Teme ser olvidada. La muerte la acecha. Comienza a
sufrir de delirio y acepta la muerte con la naturalidad que se acepta a sí
misma como una mujer que vivió para amar.
A nivel formal, la técnica usada es el
flashback. La narración de la trama es a dos voces: una a cargo de un narrador
omnisciente, y otra, de aire íntimo, recreada mediante el uso del diario de
Manuela. Fragmentos íntegros del “Diario de Quito” y del “Diario de Paita”, han sido intercalados
en el texto. Miguens también intercala la carta que Manuela dirigió a James
Thorne, exceptuando el hecho de que —en la novela— la carta no tiene fecha. Hay
otras transcripciones de las cartas de Bolívar a Manuela, como también de las “Últimas Confesiones del Libertador” a
Perú De Lacroix. Al contrario de Zúñiga que se ciñe estrechamente a los hechos
históricos conocidos, Miguens se toma grandes libertades con ellos. Estas
libertades no son sólo de carácter ficcional, como dotar a Manuela de una nana
india llamada Dulce María, o caracterizar a Sor Teresa Salas como una
institutriz feminista que tiene a su cargo la educación de los cuatro hijos de
don Simón Sáenz. Es difícil adjudicarle a Miguens una intención específica
cuando descontextualiza la religiosidad andina en Ecuador. Lo que sí es
importante subrayar es que incurre en un grave error geográfico cuando dice que
el país profesa una gran devoción a la Virgen de Guadalupe. Asimismo comete
errores lexicales al transponer el habla de los indígenas guatemaltecos al Ecuador:
Dulce María le habla a Manuela de la relación de los seres humanos con su
nahual (40). Del mismo modo, Miguens ignora las relaciones de producción
esclavistas en Ecuador al referirse a Nathán y Jonatás como dos negritas que
habían sido contratadas como chaperonas de Manuela (56).
Es posible que la autora haya querido
llamar la atención hacia los conflictos religiosos de la época, aunque
nuevamente equivocando el léxico: Dulce María viste a Sor Teresa con un huipil
(46) y las dos difieren enormemente en cuanto a la práctica tradicional de la
medicina indígena. La victoria, sin embargo, recae en Dulce María, quien acaba
curando a la monja en una ceremonia que culmina en hortigada.
Contrariamente a García Márquez y Zúñiga,
quienes al usar la intertextualidad logran una simbiosis entre el discurso de
Manuela y Bolívar y el discurso ficcional del narrador o de los personajes,
Miguens se queda corta en su propósito. Los discursos se muestran inconexos.
Para el lector informado, queda claro que se trata de una mera transposición.
El lector poco familiarizado con los hechos históricos puede ser fácilmente
atraído por la reseña de la contratapa, donde se lee: “Silvia Miguens (…)
retoma, en esta novela, rigurosamente intimista y plena de sutil erotismo, la
saga de las mujeres de la gesta emancipadora. Manuela se subleva contra el
soberano con la misma pasión con la que le escribe al Libertador: “Le guardo la primavera de mis senos,
Bolívar, y el envolvente terciopelo de mi cuerpo, que son suyos…”
La novela de Miguens ha tenido éxito
comercial por su utilización del erotismo femenino. La vida sexual de Manuela
Sáenz es narrada en diferentes planos con diferentes hombres, incluidos o no en
las páginas de la Historia. En tal oposición se hallan Fausto D’Elhuyar y Xavier
Malo, cuyas aventuras eróticas con ellos Manuela refiere en detalle a Simón
Rodríguez. Para Bolívar, Miguens reserva pasajes especiales. En una
caracterización feminista y postmoderna, el Libertador prepara la comida entre
lances amorosos que Manuela recordará en su soledad. Al evocar su memoria, le
dice a Melville: “los muertos no abandonan, sólo se van. Interrumpen esa
costumbre de dejarse tocar y toquetear, ver y fisgonear, oler y escudriñar;
abdican de las caricias hasta mejor ocasión, saben que el devenir es eterno,
inagotable” (29).
La Manuela de Zúñiga y la de Miguens
comparten una característica común: no quieren ser olvidadas. La de Miguens
quiere ser recordada esencialmente como amante, mientras que la de Zúñiga
intenta ser “un formidable carácter”. La novela de María Eugenia Leefmans, La dama de los perros (2001), aunque
comparte el tema del olvido, difiere de las anteriores por el manejo del
lenguaje. Recurre también a la intertextualidad y narra la historia desde Paita
con un lenguaje muy visual (casi cinematográfico) no exento de belleza poética.
Desde el primer párrafo se introduce la imagen de Manuela acompañada de sus
perros. Ella vuelve de recoger peces en el mar seguida por la fiel escolta de
un Páez, un Santander y un La Mar. Está vieja y cansada y también vive de sus
recuerdos. A esta Manuela, sin embargo, le interesa el porvenir. No el suyo,
sino el de la juventud latinoamericana. Ha mantenido su costumbre de fumar
tabaco para leer el futuro en la ceniza. Esto acentúa el aspecto de bruja que
dice haber adquirido con la vejez y provoca que los mozuelos se burlen de ella,
pero que al mismo tiempo la respeten. Mientras aspira el aroma del tabaco, las
ilusiones de los jóvenes se transforman en anhelos. Y al compartir esos sueños,
Manuela se siente rejuvenecida.
La
Dama de los Perros, que
ganó el Premio Nacional de Narrativa “Ignacio Manuel Altamirano” de México en
el año 2000, consta de 33 capítulos cortos. Se estructura como un relato
circular que se abre en los últimos años de Manuela Sáenz. La novela presenta
la batalla del Pichincha, el encuentro de Manuela y Bolívar y sus ocho años de
amores. Estos años están llenos de encuentros, distanciamientos, rencillas,
chismes, escándalos y envidias. También están representados los años difíciles,
de 1828 a 1830. Se muestran los reveses sufridos por Bolívar y el papel de
Manuela al salvarle la vida, así como la despedida antes de la partida de
Bolívar al destierro.
El crítico Gregory Zambrano destaca tres
atributos en esta novela. El primero es la ecuanimidad en el tratamiento de
Manuela Sáenz como personaje, que por su dimensión histórica crea el riesgo de
la desmesura. Zambrano puntualiza que hay un tratamiento cuidadoso de los
hechos sin espacios para grandes delirios del lenguaje. El segundo atributo es
el cuidado extraordinario en el uso del lenguaje donde cada palabra está en su
lugar y cada localismo se emplea con maestría, bien sea en el uso directo del
lenguaje por parte de los personajes como en la pertinencia de palabras
localistas de Venezuela, Ecuador o Perú. En el uso de estos vocablos están
asentadas las marcas de época, los registros geográficos, así como rasgos
culturales definitorios. En tercer lugar figura una documentación histórica
ponderada. No obstante la cuidadosa investigación que respalda la obra, ésta no
llega a ser manifiesto de la precisión del historiador, al grado de resultar
excesiva. Zambrano concluye diciendo que ésta es una novela de acción, que
fluye y sujeta sus rasgos estilísticos a intensidad y tensión (4-5).
El erotismo femenino en esta novela es
sensual y delicado. Manuela es una mujer que ama y se deja amar, y que se
desilusiona ante la actitud de su marido hacia la sexualidad. Pero su memoria
se regocija al recordar que sintió la pasión de un guerrero a quien el final de
una existencia fugaz colocó a su lado para reposo (inversión de Nietzche “la
mujer fue hecha para el reposo del guerrero”). Le agrada oir su descripción
erotizada por Bolívar: “Te imagino desnuda, como la famosa lady sajona, al
verte montar las yeguas a pelo y correr en contra del viento, con el cabello
suelto, ondeando como estandarte y tu rostro retando a un mundo, al cual el
amor que nos une doblega” (18).
El amor le da fuerza a Manuela. Al enterarse por el General
O’Leary de que Bolívar nunca la hubiera llevado con él a su destierro en Europa
porque la Santa Sede no lo hubiera aprobado, hace un último intento por
comunicarse con su amante. Consulta a la ceniza. Al no lograr establecer
contacto, llora porque siente que esta vez no conseguirá alcanzarlo. “¿Vendrá
algún día por mí?”, le pregunta a Jonatás.
Y entonces vuelve al mar en una noche
inquietadora en que las palmeras se saludan al doblarse por la fuerza del
viento. Contempla el cielo y habla con las estrellas. Percibe su reflejo y se
deja envolver por las olas hasta que no puede respirar. Emprende un viaje sin
rumbo sin importarle a dónde va sino a quién encontrará.
La
dama de los perros
cierra, momentáneamente, esta muestra de la extensa producción literaria sobre
Manuela. Los tres novelistas sobre los que acabo de comentar comparten la
posición de Jacques Legoff con respecto a “una escritura de la historia capaz
de articularse en términos de la gramática del sueño” (Grinberg Pla 3), aunque
la comparten en diversa medida y con distintos propósitos ideológicos. En Histoire et Mémoire, Legoff sostiene que
uno de los grandes desafíos de la historia es el de adaptarse a las exigencias
de los pueblos, las naciones y los estados, que esperan de ella que se
constituya en un elemento fundamental de la identidad individual y colectiva,
que cada país, lleno de incertidumbre, busca (Grinberg Pla 3). En ese contexto,
la Manuela de Zúñiga responde a las necesidades de los grupos feministas de la
clase media ecuatoriana y latinoamericana que cuestionan el papel tradicional
de la mujer dentro de la pareja y de la sociedad. En una entrevista a Paquita
Armas Fonseca, Luis Zúñiga explica:
Vi en Manuela, no solamente la figura que
representaba la lucha revolucionaria de la mujer de esa época, sino su proyección
hacia el futuro; es decir, como la premonición de un proceso político y
cultural que conlleva la reinvindicación de los derechos específicos de la
mujer contemporánea, junto con la lucha por los derechos de los pueblos en su
conjunto. Aunque Manuela fue un personaje del siglo XIX, definitivamente es de
nuestro mundo actual (1).
Mientras la Manuela de Zúñiga
todavía está dentro de los cánones del realismo literario (a ratos con un
fuerte contenido de discurso sociológico), la de Silvia Miguens se acerca más a
la producción orientada a la cultura de masas. Su extrema accesibilidad al
lector común, su prominente interés en la intriga amorosa y su ecléctica
combinación de lo maravilloso con lo social ofrece al lector una Manuela Sáenz
fabricada a gran escala, con técnicas y procedimientos en los cuales las ideas,
los sueños, las ilusiones, así como su vida privada están subordinadas a la
rentabilidad y a la tensión entre creatividad y estandarización. “Yo no soy
historiadora…ni lo quiero ser”, dice Silvia Miguens; y su entrevisitador
comenta: “por lo tanto cada vez que elige un personaje, para poner en marcha a
la par de la novela lo hace por curiosidad, por identificarse en algo con esa
mujer y emprende ella misma a la par del personaje un intinerario que más
tarde, y en el mejor de los casos, emprenderá el lector” (Entrevista 1). Su
novela La gloria eres tú también se adapta a las necesidades de los
pueblos, pero dentro de los postulados globalizantes de las exigencias del
mercado.
La novela de María Eugenia Leefmans,
La dama de los perros, muestra,
asimismo, un proceso de adaptación de la historia a las exigencias de las
mujeres modernas, por una parte; y de los pueblos latinoamericanos, por otra.
Leefmans configura la identidad de Manuela Sáenz en función de las treinta y
tres preguntas que constituyen los títulos de los capítulos de la obra. Uno de
los más sugestivos, “¿Mujer o varona?”, se refiere a la construcción de género
a partir de una relectura de la biblia en la cual Yahvé dice que la mujer será
llamada varona porque del varón ha sido tomada. El personaje de Manuela
presenta provocativamente la pregunta a James Thorne, “¿Qué soy yo, mujer o
varona?” Y la respuesta que obtiene es “A woman, a real woman”, esto es: una
mujer, una verdadera mujer.
En el nuevo milenio las mujeres
latinoamericanas van, poco a poco, eliminando los conflictos internos sobre su
quehacer en la sociedad y en la historia a partir de la aceptación de sus
múltiples papeles tanto en la esfera pública cuanto en la privada. Por medio de
este diálogo Leefmans recontextualiza a Manuela y, desde el principio de la
historia, conduce a sus lectores a aceptar al personaje a partir de una
definición que cuestiona la tradición ideológica latinoamericana.
En conclusión, la representación
literaria de Manuela Sáenz por los tres escritores examinados muestra que el
personaje histórico sigue fascinando a hombres y mujeres por igual. La
re-escritura de su historia también muestra que Manuela Sáenz está dejando de
ser la construcción exclusivamente masculina que fuera en el pasado, tanto en
el terreno biográfico cuanto en el literario. Al aproximarse el bicentenario de
su nacimiento el próximo 2007, dos nuevos libros están en circulación en
Ecuador: Manuela Sáenz, una historia
maldicha (novela) de Tania Roura; y Manuela
Sáenz, la gran verdad (ensayo biográfico) de la doctora Ketty Romo-Leroux.
A nivel de reconocimiento a su
valor, el 7 de marzo del 2006, en la ciudad de Caracas, se develó el primer
monumento a Manuelita Sáenz en el “Paseo de los Insignes”, ubicado en la
Avenida Bolívar, en el centro de la ciudad. El evento se realizó bajo el
patrocinio del Parlamento Andino y la Alcaldía de la ciudad. Se cumplen así las
palabras proféticas de Manuela: “la historia me reconocerá”. Debo anotar, sin
embargo, que Manuela Sáenz no ha dejado de ser una figura liminal, más aún
ahora que comienza a ser recuperada por la historia oficial.
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a Silvia Miguens”. http://www.geocites.com/
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