The South Carolina Modern Language Review |
Volume 6, Number 1 |
Una
poética de las ruinas:
melancolía
y luto por el indígena en José María Heredia
by
Jorge Camacho
University
of South Carolina-Columbia
¡Cuánto es sublime la voz de los sepulcros y las ruinas!
José
María Heredia
En su ensayo “Mourning and melancholia” [luto y melancolía] (1917), Freud
decía que “mourning is regularly the reaction to the loss of a loved person, or
to the loss of some abstraction which has taken the place of one, such as one’s
country, liberty, an ideal, and so on” [el luto es por lo general la reacción a
la pérdida de una persona amada o la pérdida de algo abstracto que ha tomado el
lugar de una, como por ejemplo un país, la libertad, un ideal, y algo por el
estilo] (243). En este comentario Freud
entrelaza, pues, la experiencia de la pérdida de un ser querido con la idea
abstracta de un país. Encuentra que tanto el melancólico como quien sufre por
la ausencia de una persona amada caen en un estado de retraimiento (hasta que
este no encuentra a alguien más para reemplazarlo). En ambos casos, sin
embargo, el sujeto se aferra a un objeto perdido, que en el melancólico tiene
un carácter ideal, y en el que está de luto es bien realista (Freud 245). Pero mientras que el luto es transitorio, la
pérdida en la imaginación del melancólico siempre puede permanecer viva,
prolongarse hasta el presente, lo cual hace posible su rememoración, y en
términos literarios, su constante reescritura. Walter Benjamín parte de esta
idea freudiana de la melancolía, pero a diferencia de Freud, dicha confrontación
es lo que le permite al sujeto captarla en toda su posibilidad expresiva, de
modo que "the past can be seized only as an image which flashes up at the
instant when it can be recognized and is never seen again" [el pasado
puede ser atrapado sólo como una imagen la cual centellea por un instante
cuando puede ser reconocida y nunca más puede verse] (681).
La literatura romántica de principios hasta mediados del siglo XIX abunda
en este proceso de rememoración y recuperación de pérdida. A esto contribuyó
seguramente el carácter inestable de un tipo de sujeto que no se encontraba a
gusto en las ciudades y cuyas fugas al campo o a los márgenes de la
“civilización” le permitía recrear un pasado perdido, ya solamente recuperable
a través de la memoria y la melancolía. En el caso de Cuba nadie mejor que José
María Heredia (1803-1839) ejemplificaría esta ansiedad. Heredia desde muy joven
tuvo que salir de Cuba por causas políticas, y desde que llega a los Estados
Unidos el poeta reflexiona melancólicamente sobre el pasado y lo que había
dejado en su isla. En lo que sigue me gustaría ahondar en los conceptos de luto
y melancolía en Heredia, tomando como punto de partida dos de sus poemas más
conocidos: “En el teocolli de Cholula” y “Los placeres de la melancolía.”
Heredia publica ambos poemas en
México y en ellos surgen por primera vez algunos elementos poéticos que más
tarde reaparecerán en la lírica cubana para hablar de los indígenas: el tono
melancólico, la indagación de la memoria y la reflexión política que surge de
esta evocación. En el primer poema, Heredia se sitúa físicamente en el templo
de Cholula, uno de los lugares sagrados de la cultura azteca y desde el
panorama de las ruinas que presencia invoca la visión de los antiguos
sacerdotes.
La primera estrofa de este poema es una descripción de la belleza física de
“la tierra que habitaba los aztecas” (191) mientras que el resto lo constituye
la descripción de los rituales, y los sacrificios, guiados por la “superstición
y la guerra” que dominaba, según afirma, a esta civilización (192). Al igual
que en su poema “El himno del desterrado,” Heredia le presenta al lector la
ironía de un mundo no armónico, en el cual los caracteres físicos de la tierra
no se corresponden con los caracteres morales de quienes viven allí. La ironía, según el sentimiento romántico,
es parte del sentimiento de nostalgia por un mundo pre-adámico, anterior a la
escisión y la caída. El poeta se pregunta: “¿Quién diría /que en estos bellos
campos reinaba alzada/ la bárbara opresión […]? (192). La subjetividad lírica
se encuadrada entonces en un presente problemático para reflexionar sobre el
pasado ―el anterior a la Conquista― signado por la muerte y el terror. Se detiene ante las ruinas para
sacar de ellas una “lección saludable” para el futuro y sus
contemporáneos. Para llegar a esta
reflexión, sin embargo, el poeta debe pasar por lo que equivale a un momento de
iniciación durante el sueño. Inmerso en el “sopor” y el “sueño” el poeta
contemplará las visiones que invoca:
Un largo sueño de
de glorias
engolfadas y perdidas
en la profunda noche
de los tiempos,
descendió sobre mi.
La agreste pompa
de los reyes aztecas
desplegóse
a mis ojos
atónitos. (194)
Según María Albin, al entrar en el mundo onírico, el poeta se entrega a la
revelación, al sueño como “experiencia imaginaria” (229). Siguiendo a Michael
Foucault argumenta que el sueño representa aquí una experiencia trascendente en
la medida que al igual que en los mitos clásicos, durante sueño el alma se
reconcilia con el mundo (229). Este es, por tanto, un momento privilegiado que
le permite al poeta ir más allá de la realidad y penetrar en las fibras íntimas
de la memoria histórica. Es la hendidura que le posibilita percibir otro mundo,
vedado a la vigilia y a la conciencia despierta. Valga decir entonces que el
poeta sólo puede mirar lo que sucede a su alrededor, como un testigo mudo e
impotente. Sólo con la palabra, con su don de amonestar, el poeta se enfrenta a
estas visiones y se convierte en vate.
En la literatura hispana y la literatura clásica abundan momentos de
epifanía como estos. En la Biblia, Jacob sube al cielo por una escala
durante el sueño y allí se encuentra con Dios y éste le revela su destino. Sor
Juana Inés de la Cruz (1651-1695) recurre igualmente a estas imágenes oníricas
en su poema “Primero sueño,” y años más tarde, lo harán Rodríguez Galván, en
“La profecía de Guatimoc”, y José Martí (1853-1895) en “Musa traviesa” y “Sueño
con claustros de mármol”. En todos los casos el sueño es una forma de tras-ascender
la realidad, ya sea de estar más cerca de Dios, o de alzarse sobre el resto de
los mortales para tener una visión privilegiada del mundo. El poeta lo hace ya
sea porque siente que es un ser elegido o porque moralmente se ve superior a
quienes describe. Pero sobre todo, tal visión en el romanticismo va a tener
como referente el gran escenario de la historia, la cual el poeta podrá ver,
reconstruir a partir de sus deshechos, y sacar de ella una sabiduría para el
futuro. En términos del discurso poético representa un performance de la voz lírica y el ser, que se ve unido o formando
parte del curso del tiempo.
En el primero de estos poemas, Heredia afirma que se encontraba “sentado en
la famosa / Choluteca pirámide” (192), y que desde allí contemplaba el paisaje
y los aparecidos. Ambos gestos: encontrar un promontorio donde alzarse y
contemplar desde él a los Otros, son típicos de la voz profética, ya que tanto
la pirámide triangular con su punta hacia el cielo, como la misma posición del
poeta encima de la pirámide, indican una comunión con lo divino y con Dios,
significan como las escalas, los montes o los faros, el lugar más alto y el
punto de mayor pureza y unión con lo divino. Sobre tal promontorio, el poeta
será una especie de bisagra entre el pasado y el presente, entre la tierra y el
cielo, y entre Dios y los hombres, dicotomías que reproducen dualismos
románticos. A Heredia, por otro lado, lo que le interesa es romantizar las
ruinas, pero al hacerlo no pierde ocasión en mostrar su desprecio, común en la
retórica del Iluminismo, por lo que llama “la superstición y la guerra” de los
indígenas, cosa que viene a emparentar la poética de Heredia con la crítica
generalizada entre los cronistas de Indias, a las prácticas religiosas de las
culturas precolombinas, y junto con esto argumenta que los caciques y los
sacerdotes se confabulaban para mantener bajo su poder y hechizo al pueblo.
Para Heredia al igual que para Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557) y
otros, la religión de los indígenas era pura “superstición”. La verdadera y
única religión era la cristiana. En unos versos de “En el teocolli de Cholula”
al contemplar el poeta la escena del sacrificio “con profundo estupor el pueblo
esclavo /las bajas frentes en el polvo hundía, / y ni mirar a su señor osaba, /
de cuyos ojos férvidos brotaba / la saña del poder” (195). Para Heredia, por
consiguiente, el terror que ejercían los señores sobre sus vasallos les impedía
rebelarse y la religión era un recurso instrumental para mantenerlos
sojuzgados. No hay duda entonces de por qué el poeta ve la pirámide como una
metáfora del cuerpo sacrificado, ya que su misma estructura “muda,’ “desierta,”
y “yerma” es como un fantasma de otro mundo, que le muestra al visitante “lo
ignominioso /de la demencia y del furor humano” (196).
Esta inmensa
estructura
vio a la
superstición más inhumana
en ella
entronizarse. Oyó los gritos
de agonizantes
víctimas, en tanto
que el sacerdote,
sin piedad ni espanto,
les arrancaba el
corazón sangriento; (195)
Las ruinas, por consiguiente, le permiten a Heredia levantar la voz, evocar
“sus sombras” pero solamente con el objetivo de mostrar lo cruel de su
civilización, criticar los gobiernos despóticos que la irguieron, y
re-construirla ante los ojos del espectador como un monumento a la memoria de
lo prohibido. Su constatación de la
magnitud simbólica de las ruinas, no sería por tanto una pérdida, en el sentido
freudiano de la palabra, al que el sujeto se siente atado, sino un
reconocimiento de lo que significaba para la historia, y en los términos en que
lo explica Walter Benjamín, el instante en que el sujeto logra captar un
conocimiento que no vuelve a aparecer. Benjamín
relaciona este instante con el peligro, "at a moment of danger", el
cual afectaría ambos: el contenido de la tradición y a quienes la habrían
recibido (681). Si el sujeto que entonces observaba las ruinas hubiera
sido incapaz de atrapar tales imágenes en aquel momento, la carga emblemática
habría desaparecido y se habría perdido irremediablemente para la memoria. Por
eso es tan importante para el poeta dejar establecida las ruinas como un
símbolo para la eternidad, como un signo del peligro, cosa que por otra parte,
sólo puede hacer a través de la palabra. Son las ruinas, por consiguiente, lo
que le permite a Heredia encontrar su voz de visionario, enfrentarse al cosmos
y la historia, poner a dialogar su alma con el universo y desde allí regalarle
al lector un ejemplo para el porvenir.
Concha Meléndez en La novela indianista en Hispanoamérica
(1832-1889) decía que este poema de Heredia habría que situarlo
dentro de la tradición de la “Canción a las ruinas de Itálica” del poeta e
historiador español Rodrigo Caro (1573-167). Pero la comparación sólo es válida
en la medida en que ambos reflexionan sobre el ocaso y la desaparición de una
civilización ya que lo que en uno es angustia al contemplar la pérdida de la
bella ciudad romana, la Itálica, en el otro es una reflexión apesadumbrada
sobre el pasado, y un alivio de haber dejado atrás la “barbarie.” En tal
sentido el gusto de Heredia es profundamente romántico. Las ruinas de Cholula
serán una vía para expresar lo misterioso y la finitud de la vida.
Que la voz lírica haya escogido subirse a la pirámide para desde allí
invocar y criticar la cultura azteca debe ser leído entonces como un gesto
simbólico, con el cual el poeta intenta reemplazar la visión de los Otros por
la suya, la religión de los aztecas por su doctrina cristiana. La historia y
los aztecas permanecerían como testigos mudos de su alegato, le servirían como
el magnífico escenario donde amonestarlos y sacar de su derrota un ejemplo. De
esta forma la presencia de las ruinas en el poema de Heredia representa un tipo
de pérdida del cual se desprende el sujeto. Las ruinas permanecen física y
espiritualmente, en el pasado, alejadas del presente del autor, y sólo como
“ejemplo” de ignominia a las civilizaciones futura. En este poema, por
consiguiente, no es tanto una recuperación del pasado a través de la
melancolía, como un extrañamiento de ese pasado.
Es importante aclarar, además, que Heredia escribe este poema en el
contexto de las guerras de Independencia en América y el surgimiento del
nacionalismo. Sin embargo, también coincide con la objetivación de la cultura
precolombina y la expansión del proyecto filológico y etnográfico de Europa
hacia el Nuevo Mundo, al que indiscutiblemente están ligados los intereses de
los poderes imperiales de Francia e Inglaterra. Seguramente Heredia conocía el
famoso discurso que había hecho Napoleón (1769-1821) junto a las pirámides de
Egipto en su campaña militar a este país en 1798. En el mismo libro, Heredia le
dedica un poema a Napoleón, donde dice que este expiraba abandonado en un
peñasco dando un “ejemplo a los déspotas terrible” (203). Y como se sabe la
campaña napoleónica sirvió de base para la ola de Orientalismo que poco después
sacudió Europa y en especial a Francia. Justo en este periodo de principios de
siglo XIX la fiebre exotista se extendió a América. El gobierno británico, los
comerciantes y el público en general descubrieron las ruinas mayas y aztecas, y
se publicaron libros de viajes y se organizaron exhibiciones de objetos
precolombinos en Europa.
Uno de estos viajeros interesados en las ruinas de México fue William
Bullock (1773-1849), una mezcla de empresario y coleccionista de antigüedades británico quien hizo varias
exposiciones en su país y en México. La exhibición del “México Antiguo”
(1824-1825) estaba dominada por los objetos y las imágenes que subrayaban
―dice Robert Aguirre― la “brutalidad” de las civilizaciones
precolombinas (6) “more monstruos and bloody than the Egyptian” [más
monstruosas y sangrientas que la egipcia], como aseguraba el catálogo de la
exhibición (cit. por Aguirre 6). Por consiguiente, vale señalar que a un mismo
tiempo que Europa re-descubría con asombro las pirámides y las ruinas de
México, en que la cultura antigua se re-codificaba como objeto de valor
―al igual que las piedras y los metales preciosos,― Heredia mira
con recelo hacia el pasado, y se distancia de él. Se entiende, por tanto, que
no sea el México “bárbaro” y “déspota” el que le atrae, sino el del paisaje
inhabitado, las ruinas abandonadas, el alivio de que fue una civilización
vencida por los europeos.
Por consiguiente, Heredia no sólo critica la “barbarie” que encarna literalmente
estos monumentos, sino que también se sirve de ellas como un símbolo de la vida
en su totalidad, como un ejemplo de las grandes civilizaciones que en un pasado
remoto habían fatigado “a la tierra con su gloria” y que hoy permanecían
olvidadas (194). Dice el poeta: “Todo perece / por ley universal. Aun este
mundo / tan bello y tan brillante que habitamos, / es el cadáver pálido y
deforme / de otro mundo que fue…” (194). Alfredo Lozana señalaba al explicar
este poema y el dedicado “Al Popocatepetl,” la imagen recurrente del tiempo
cristiano indefinido, la certeza de que la tierra ya había pasado por una época
anterior, y sugiere que “esta percepción del mundo como una ruina se apoya
finalmente en la consideración de las consecuencias bíblicas de la caída” el
resultado de la gran catástrofe diluvial por la que perdimos el paraíso (162).
La visión que sobrevive a este panorama devastado no puede ser otra que de la
nostalgia por lo perdido y la conciencia clásica de que vivimos en un mundo
finito. Por esto, la voz lírica de Heredia oscilará entre la certeza de la
finitud de la vida y la infinitud del tiempo cristiano. Lo que sobrevive sólo
son los fragmentos de una vida y un mundo anterior. Este sólo es el “cadáver
pálido” de otro mundo. Como sucede en tantos poetas románticos, el trauma de la
caída da paso a la desintegración y la ironía. La totalidad está en otra parte
a la cual se encamina el poeta, cosa que logra solamente si se une a la
naturaleza. No es extraño entonces que varios de los poemas de Heredia,
incluyendo este, hayan aparecido como “fragmentos” de un texto más amplio que
el poeta no llega a terminar.
“En el teocolli de Cholula” se publicó originalmente en 1825 con el título
“fragmentos descriptivos de un poema mejicano” (196), mientras que “Los
placeres de la melancolía” apareció en la misma edición con esta nota: “publico
estos fragmentos, porque el poema ya no ha de acabarse” (217). Thomas McFarland
en su libro clásico Romanticism and the
Forms of Ruin da una explicación
existencial a esto, argumentando que la fenomenología de la fragmentación
reflejaba la “phenomenology of human awareness” (3). McFarland
parte de la concepción heideggeriana del Geworfenheit
(“the sense of being hurled into reality, broken off”) y Verfallen (“the sense within life of its cotinuing ruin”), para
demostrar que en la existencia hay un sentido permanente de angustia por la
falta de totalidad (5). Wordsworth, Coleridge, Shelley y otros
románticos, manifestaron este sentimiento a través de su nostalgia por otro mundo
u otro país, trataron de dar la impresión de haber sido arrancados de su
verdadero hogar o de ser ellos mismos las ruinas o los templos de un pasado
esplendoroso.
Sin embargo, la reflexión de Heredia sobre las ruinas de Cholula, y lo que
significó para él la historia no terminan con este poema, ya que si bien en
este Heredia rechaza la antigua cultura azteca, en el otro, “placeres de la
melancolía”, se lamenta de que la raza de las Antillas, haya desaparecido. La
diferencia entre unos y otros podía estar, lógicamente, en que Heredia percibe
a los indígenas antillanos como menos agresivos que los mexicanos, como
víctimas injustas del poder español, y al apoyarse en su “desaparición” tiene
un motivo para criticar a la metrópolis indirectamente por su propio exilio y
el derecho de Cuba a ser libre. A diferencia de los aztecas, Heredia llama a
esta raza “pura” y “candorosa”. Si los sacerdotes de los primeros eran
“horribles, salpicados / con sangre humana,” dice Heredia, los segundos eran
mansos (194). Pero ha de notarse que la actitud del hablante lírico en este
poema hacia los aztecas es diferente a la del primero, ya que si en aquel
Heredia los fustigaba por sus ritos de sacrificio, ahora los recuerda con
nostalgia, los llama “infelices” y hasta se compadece de sus sombras. Afirma el
cubano:
Las infelices
sombras
De los reyes aztecas
olvidados
A evocar me atreví
sobre sus tumbas,
Y del polvo a mi voz
se levantaron
Y su inmenso dolor
me revelaron. (213)
En esta oportunidad, por tanto, lo que celebra Heredia es el acto de haberlos recordado, “me atreví” “a evocar” y de rescatar su memoria “olvidada” para las generaciones presentes. Heredia está muy consciente de que tal percepción de los aztecas es una “revelación” en el sentido bíblico del término, el descubrir algo que antes estaba oculto. No es de extrañar entonces que en este mismo poema, el poeta cubano de rienda suelta a su tristeza por otro mundo, y otros seres que lo abandonaron, y que tal recuerdo le haga pensar en Cuba, en su familia, y que en medio del poema, evoque nuevamente la figura de los indígenas. Heredia se pregunta:
Dó fue la raza candorosa y pura
que
las Antillas habitó?. . .
la
hiere del vencedor el hierro furibundo:
tiembla, gime, perece,
y
como niebla al sol, desaparece (213)
Poco después, la voz lírica termina justificando su melancolía, argumentando que ésta era algo fundamental en nuestras vidas, dado a que siempre hallábamos placer en recordar los momentos felices, y los familiares que habíamos perdido. Desde luego, Heredia nunca encuentra un sustituto para estas pérdidas, por lo cual solo puede contentarse con rememorarlas y recrearlas ya sea en sus sueños o sus escritos. A juzgar por la pregunta que se hace Heredia, éste piensa que los indígenas en Cuba ya habían desaparecido o estaban en vías de desaparecer. Sólo su pérdida ―al igual que las otras que menciona― autoriza el tono melancólico del poema, sólo lo que se perdió evoca “placer.” Pero, de nuevo, la contradicción surge aquí ya que si bien la pregunta esta formulada en el pasado, a “dó fue,” la reflexión que sigue está en el presente: “la hiere,” “tiembla, gime, perece” (213). De esta forma, Heredia interioriza la pérdida, la da por dada, y reconstruye a través de la melancolía tanto la historia pasada como la presente. La melancolía conjuga aquí la idea abstracta del país que se perdió, y la raza original de las islas. Conjuga la tristeza por la lejanía de los familiares y el luto por ellos. De esta forma, Heredia convierte en algo “sublime” sus muertes y las reconstruye a través del arte, gesto romántico que pasara al modernismo con su culto a la muerte y la invalidez. Su soledad es la del ser echado en el mundo, roto por las circunstancias de la vida, y desgajado de un tronco común que representa su país, la historia, la familia y estos seres originarios. Si el gobierno de España le impedía regresar a Cuba, tampoco era posible saber “dónde” habían ido a parar los otros, con los que se identifica el poeta.
Así termina Heredia entonces, su única reflexión sobre los aborígenes de
Cuba, pero pocos años después, estos versos servirían de ejemplo a otros poetas
y narradores quienes invocarán el mundo perdido de su civilización para crear
una nueva alianza. Gabriel de la Concepción Valdés, más conocido por el nombre
de Plácido, fue uno de ellos. En su
poema “A el Pan” de Matanzas, le canta a los antiguos nativos de Cuba en una
forma muy similar a como lo hizo el poeta del Niágara: los fantasmas de los
indígenas aparecen en las lomas de Matanza en forma de “hadas”, salen por las
noches y se ocultan a sol. Por esta razón, al poeta solo le es posible escuchar
sus voces: “sólo se oyen sus ecos / Que repiten “Cuba!. . . ¡Cuba!. . .” (246).
Dice Plácido:
Triscaban
en tu espesura
Hoy
salen como las hadas,
Al
esplendor de la luna,
Entre
las esbeltas palmas,
A
recordar lo que fueron
Sus
simples sombras se agrupan (Poesías 246)
Basándose, entonces, en las
imágenes fantasmagóricas que crea Heredia en ambos poemas, Plácido le canta al Pan de Matanzas y critica indirectamente al
gobierno de la isla. Sigue aquí la tradición taina de los muertos que salen por
las noches a vagar por los campos. Estas son sus “sombras” que se “agrupan”, y
que rememoran “lo que fueron”. En tal sentido, su deuda es con las reflexiones
de Heredia, de quien fue un gran admirador, pero Plácido logra ir más allá al devolverles a los indígenas ya por
muertos su espacio vital, y verlos como seres tristes y vagabundos en la noche.
Es un luto del que no se puede desprender. Sombras que a todos acechan con sus
gritos.
Según los biógrafos de Plácido cuando Heredia visitó la ciudad
de Matanzas en 1834, Plácido le
entregó un pliego cerrado con la condición de que no rompiese el sello hasta
llegar a alta mar, lejos de Cuba y ya de regreso a México. Según los editores
de las Poesías de Plácido, tal
composición se perdió dado las circunstancias de terror que impuso el gobierno
despótico del Miguel Tacón. No obstante, sí se conserva la dedicatoria que le
hizo Plácido a Heredia aquella vez, a
quien llama en el primer verso de este poema: “Hijo de Hatuey” (Poesías 187).
De nuevo, Heredia y Plácido crean una continuidad en la
historia y un rechazo de la metrópolis a través de la rememoración y el luto
del indígena antillano. Los criollos se ven a sí mismo como sus herederos de
los primeros caciques, son sus mimesis
en el tiempo, y a partir de ello van a exaltarlos. No es casual entonces que
pocos años después Gertrudis Gómez de Avellaneda, Joaquín Lorenzo Luaces, José
Fornaris y otros retomen este tema, y que incluso
cuando Martí organiza la última guerra de Independencia en Cuba, eche mano a
este mismo discurso para llamar a todos los cubanos a luchar contra España. En
una semblanza de su amigo Fermín Valdés Domínguez, Martí se refiere a él con
estas palabras: “el explorador enérgico en lo más
hondo y viejo de nuestro país, que con ojos de hermano compasivo descubrió en
las cuevas elocuentes, como si hablasen desde sus cuencas desdentadas, los
cráneos de nuestra raza primitiva, que revive en sus restos leales y hermosos,
y será fuerza y poesía de la patria venidera” (OC IV, 430).
Para
concluir, las ruinas y los destrozos de otra civilización son el componente del
que se sirve Heredia, Plácido,
Fornaris, y Martí para hablar de la patria, de la identidad de los criollos y
de la historia. Crean con esto un pasado, una genealogía que los autoriza a
hablar, y en términos prácticos, a demandarle al gobierno de España el espacio
vital que alguna vez les fue arrebatado a los indígenas. Desde el punto de
vista del discurso nacionalista son la continuación, la historia vista en una
especie de desplazamiento natural donde los antiguos aborígenes renacen y
cobran belleza en sus huesos. Son, desde entonces, los espectros que vagan por
los campos de Cuba, las ‘sombras”, las “hadas” o las ánimas solas que reclaman
venganza, gritan su nombre y quienes más tarde, según Martí, van a servir de
levadura y poesía de la patria. En Heredia, tal luto y melancolía por el
indígena se corresponde con su propia condición de exiliado. Quien se ve como
una parte del todo del que fue una vez echado, un fragmento de un país y de una
historia. Sus poemas fragmentados serán un reflejo de su vida, y de las ruinas
que retrata en el poema. Por ello su melancolía y su luto son reflexivos.
Llegan a producir un discurso sobre el indígena, sin el indígena, una
continuidad en la historia y es el inicio del nacionalismo cubano.
Obras citadas:
Albin, María C. Género, poesía y
esfera pública. Gertrudis Gómez de Avellaneda y la tradición romántica. Madrid:
Editorial Trotta, 2002.
Aguirre. Robert D. Informal Empire.
México and Central America in Victorian Culture. Minneapolis: University
of Minnesota Press, 2004.
Benjamin, Walter.
"Theses on the Philosophy of History." Critical Theory Since 1965.
Eds. Hazard Adams and Leroy Searle. Tallahassee: Florida State UP, 1986.
680-85.
Freud, Sigmund.
“Mourning and Melancholia.” The Standard
Edition of the Complete Psychological Works of Sigmund Freud. Vol 14.
Trans. & Ed. James Strachey. London: Hogarth Press, 1957. 243-258.
Heredia,
José María de. Poesías Completas. Selección, estudio y notas de Ángel Aparicio
Laurencio. Miami: Ediciones Universal, 1970.
Lozada, Alfredo. “El catastrofismo y el tiempo
indefinido: Ecos del debate geológico en la poesía de Heredia.” La Chispa ’83. Selected Proceedings. The Fourth Louisiana
Conference on Hispanic Languages and Literatures. Editor Gilbert Paolini,
1983. 159-169.
Martí, José. Obras Completas.
28 vols. La Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1963-75.
McFarland, Thomas. Romanticism and the Forms of Ruin.
Wordsworth, Coleridge, and Modalities of fragmentation. New Jersey: Princeton University Press, 1981.
Meléndez, Concha. La
novela indianista en Hispanoamérica (1832-1889). Río
Piedras: Ediciones de la Universidad de Puerto Rico, 1961.
Valdés, Gabriel de la
Concepción (Plácido). Poesías de
Plácido. París: Librería de la Vda de Ch. Bouret, 1904.